jueves, 31 de mayo de 2012

El asesino del tricornio. La interminable represión fascista en Extremadura.



El capitán de la Guardia Civil Manuel Gómez Cantos, el exterminador. Foto tomada de la web Protagonistas de la II República y de la Guerra Civil en Cáceres.


«Eres más malo que Gómez Cantos»

Dicho popular extremeño.
Nombrar al que en 1936 era el sanguinario capitán de la Guardia Civil en Villanueva de la Serena (Badajoz), es aún hoy, 73 años después, sinónimo de muerte y miedo. Dejó una huella indeleble no sólo en los republicanos, a los que fusiló y masacró inmisericordemente, a veces incluso por diversión, sino también en el propio cuerpo de la Guardia Civil y en la Falange, pues fusiló a algunos de sus propios subordinados y miembros de esa organización paramilitar especializada en la represión.

Antes de llevar tricornio, Manuel Gómez Cantos hizo carrera en el Ejército. Dejó de joven su ciudad natal gaditana de San Fernando para estudiar en la Academia de Infantería de Toledo. Tras ocho años, en 1920 obtuvo el pase a la Guardia Civil como primer teniente. Al estallar la guerra, ya tenía una hoja de servicios llena de tachas disciplinarias: borracheras en acto de servicio, palizas a la población civil, escándalos en prostíbulos, deudas...


Villanueva de la Serena, 1915. Foto tomada de "Rincones Extremeños", página web de la Diputación de Cáceres, Archivo y Biblioteca.
Al frente de la Guardia Civil en Villanueva de la Serena, el día en que Franco se sublevó contra la República, se negó a acatar las órdenes de las autoridades militares de Badajoz que le conminaban a permanecer fiel a la legalidad. .Enseguida se sumó, con las tropas a su mando, al levantamiento militar, se dirigió al Ayuntamiento y apresó al alcalde y a todos los concejales de izquierda que gobernaban el Consistorio y que habían conseguido sus puestos en unas elecciones democráticas celebradas en febrero. Era la mañana del 19 de julio del 36.

Durante los 10 días siguientes, hasta que huyó al cercano pueblo de Miajadas, mató a un concejal, hirió al alcalde y mandó a 60 personas a la cárcel. Poco después, cercado por varias columnas de milicianos, mandó colocar una bandera blanca en un torreón. Creyendo que se rendía, los milicianos fueron hacia donde estaba Gómez Cantos, quien entonces ordenó de repente a los tiradores de dos ametralladoras que dispararan a quemarropa:
230 milicianos fueron abatidos. La fechoría, que ha pasado a la historia con el nombre de la emboscada de Villamesías y que revela su carácter taimado, a los ojos de sus superiores, fue vitoreada como una hazaña.


Campesinos republicanos de Miajadas, presos y custodiados por la Guardia civil.Foto de la galería de Jaume d'Urgell, del periódico www.lademocracia.es.

Los historiadores también le sitúan en la entrada de las tropas franquistas en Badajoz y las posteriores matanzas en la plaza de toros. Se sabe también que estuvo al frente de la represión de jornaleros y pescadores en Marbella (Málaga), donde murieron 100 personas desde que cayó la ciudad, en menos de un mes.


Badajoz, 1929. Foto tomada de "Rincones Extremeños", página web de la Diputación de Cáceres, Archivo y Biblioteca.
Dos años más tarde de estos “trabajos” volvió a Villanueva de la Serena, cuando toda la comarca estaba ya bajo control de los “nacionales”. Vino para hacerse cargo de la delegación de Orden Público en Badajoz. Una vez en esta ciudad, se dirigió a la cárcel para recoger al grupo de 60 vecinos que detuvo en Villanueva de la Serena en el 36. Quedaban 33 entre rejas, y se los llevó con él para hacer una entrada triunfal en Villanueva.

Allí, el 8 de septiembre de 1938, Gómez Cantos organizó en la plaza del pueblo un "juicio popular", en realidad una farsa, que terminó con la condena de ejecución sumaria para todos. Un camión salió de Villanueva con los 33 detenidos, dejando atrás los vítores de los más exaltados del pueblo y las lágrimas silenciosas de los familiares.
Una escena tristemente repetida en la carrera de Gómez Cantos. Imagen tomada de La aventura de la Historia
Tras 14 kilómetros, en las proximidades de Medellín, el camión se detuvo y los detenidos fueron conducidos a una loma cercana. Allí fueron fusilados, ante la atenta mirada de algunos vecinos de Medellín y un reducido grupo de falangistas de Villanueva.

Allí siguen hoy enterrados, en una fosa común pendiente de excavar, en algún lugar del Cerro de las Fuentes. Sus familiares aún están buscándoles.



Fosa común excavada en la zona controlada por Gómez Cantos. En alguna de ellas están los restos de un campesino tiroteado por Gómez Cantos, "casi de broma, por una apuesta" en palabras del coordinador del Proyecto de Memoria Histórica de Extremadura, Cayetano Ibarra. La foto está tomada del blog de la Siberia Extremeña.
Acabada oficialmente la guerra, Gómez Cantos fue nombrado comandante y gobernador civil de Pontevedra, provincia en cuyas cunetas dejó también, como no podía ser menos, a muchos republicanos a los que “paseaban” de noche.

Pero volvió a regresar a Extremadura, esta vez con los galones de teniente coronel, para protagonizar sus dos más sonadas matanzas. Al frente de la Comandancia de Cáceres, en 1942 fue nombrado responsable de las fuerzas encargadas de la persecución de los huidos, el maquis. Todo lo que hizo no fue sino reafirmar su fama de sanguinario. Él decidía y su lugarteniente, el capitán Emiliano Planchuelo, mandaba el pelotón de ejecución.

Prisioneros republicanos extremeños amarrados en cuerda de presos. Foto tomada de la web Todos los Rostros.
El 28 de agosto de 1942 en Alía (Cáceres), hizo una lista con 30 nombres elegidos al azar y los convocó en el cuartelillo «para arreglar papeles». Pretendía, en realidad, aterrorizar a la región, que nadie diera apoyo al maquis. Todo el pueblo, vigilado por un cordón de guardias, vio la masacre. Entre los asesinados hubo mujeres. Su delito, al decir de Gómez Cantos: «Algo tenían que saber».



Campesino extremeño custodiado por la Guardia civil. Foto tomada de la misma web que la anterior.
No satisfecho, ese mismo verano quiso repetir el brutal escarmiento en Castilblanco, a 22 kilómetros de Alía. La lista esta vez era de 90 nombres. Sólo la presencia en el pueblo de un cura navarro que había hecho la guerra con los requetés y llegó a comandante castrense, torció sus planes.

En Mesas de Ibor (Cáceres), en abril del 45, no hubo cura que se le interpusiera. Un grupo de maquis había tomado el pueblo varias horas y desarmado a los cuatro guardias civiles. Gómez Cantos, encolerizado, acusó a sus subordinados de ser unos cobardes y decidió fusilarlos inmediatamente.
Plaza de Mesas de Ibor. Foto tomada de la web oficial de esta localidad cacereña.
Al ser colocados frente al paredón, él personalmente les arrancó las botonaduras de las guerreras, les quitó los uniformes, que mandó quemar, y les colocó los grilletes. Pero cometió el error de negarles la confesión antes de ser ajusticiados.

Al negarles los auxilios espirituales antes de que cayeran desplomados tras la ráfaga de sus propios compañeros, Gómez Cantos no podía ni imaginar que aquélla sería su última matanza.
Zona del sur de la provincia de Cáceres afectada por la ofensiva republicana de inicios de agosto del 36. La imagen es de elaboración propia de Julián Chaves, de cuya página web está tomada.
A la Iglesia de entonces, la misma que había hecho la "cruzada" del lado de Franco, aquello le pareció imperdonable. La presión de las autoridades eclesiásticas, en especial el obispo de Cáceres y el Cardenal Primado de España Pla i Deniel, logró procesar a Gómez Cantos, quien fue expulsado del cuerpo y condenado a prisión.Tras el consejo de guerra al que sería sometido en 1945, en el que para nada se habló de las masacres de republicanos que había cometido, ni siquiera llegó a cumplir entero el año de prisión a que fue condenado por «abuso de autoridad».Lo cierto, como demuestra su foto de anciano, es que fue oficial de la Guardia Civil hasta el final de sus días.

En su última fotografía conocida, Gómez Cantos parecía un anciano bonachón. No refleja al verdadero personaje, el sanguinario exterminador. Foto tomada de la página web de Mesas de Ibor.
Su capítulo en la historia lo recordará siempre como un sanguinario exterminador, sembrando la muerte y el miedo por donde pasaba. Fue un criminal que gozó siempre de la impunidad que le conferían sus galones.

Pero murió de viejo, como Franco, y en su cama.

Dicen que en sus
últimas borracheras desvariaba. Se creía un héroe.



Para realizar esta entrada me he basado en la página web La emboscada de Villamesías
También en el artículo de Ildefonso Olmedo, Un criminal con tricornio. El guardia civil más sanguinario, escrito en la edición digital del diario El Mundo. Y por último en el artículo de Julián Chaves, Guerra civil en Cáceres. La batalla de Villamesías.

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