miércoles, 26 de agosto de 2015


ITINERARIOS MEMORIALISTAS POR CARTAGENA (3)
 
Espartaco, Plaza de la Serreta y La Caridad
 



Referente cultural de la izquierda durante la Transición ha sido ESPARTACO, librería fundada por la HOAC, y que fue objetivo de atentados ultras,  sufriendo todo tipo de ataques fascistas (rotura de cristales, pintadas, cócteles molotov, e incluso recibir, desde el cercano Parque de Artillería, el disparo de un cetme, hecho del que durante años quedó como testigo el impacto de la bala en una de las paredes). Espartaco ocupa un lugar muy importante en la memoria de cualquier persona luchadora de la época.

 

 

Hoy, derrumbado el edificio en cuyo bajo se albergó la librería, en su lugar sólo quedan fragmentos de cascotes y  de ladrillos.

Siguiendo calle abajo, hacia el puerto, nos encontramos con la Plaza de La Serreta, que antaño era conocida como Fuente de la Serreta, cambiando su nombre en 1921 por la del General Cabanellas, en honor al militar cartagenero Miguel Cabanellas Ferrer, para finalmente denominarse Plaza de la Serreta.

 
Actual Plaza de la Serreta

Marruecos fue el destino que lanzó el prestigio militar de Cabanellas y donde tuvo a sus órdenes al que, posteriormente, dirigió –desgraciadamente- los destinos de este país, Francisco Franco.

 

Los posicionamientos políticos  de Cabanellas no pudieron ser más  controvertidos. Siendo gobernador de Menorca fue depuesto en 1926, y pasado a la reserva, por oponerse a la dictadura militar de Primo de Rivera. Republicano, masón y liberal, con la llegada de la República fue rehabilitado militarmente, llegando a ser diputado, por el Partido Radical de Lerroux, durante el Bienio negro. Tuvo varios cargos de relevancia durante la República (Presidente de la Comisión de Guerra, Inspección General de Carabineros, Inspector General de la Guardia Civil,..) siendo el último, antes de las elecciones decisivas de febrero de 1936, la de Jefe de la V División Orgánica en Zaragoza.

 
General Cabanellas con el dictador.

A partir de aquí, Cabanellas cambia su actitud, al considerar que la República había evolucionado hacia una anarquía que destruiría el país, tomando una posición favorable a la sublevación militar del 18 de julio, en la suposición de que ésta  no derivaría en una dictadura militar. Pero su posición anterior favorable a la República, su condición masónica,  el conocimiento sobre la personalidad de Franco y su oposición a que éste fuera designado como jefe del estado del bando sublevado, aunque fuese nombrado Presidente de la Junta de Defensa Nacional, como militar más antiguo de los rebeldes, hicieron que  pronto fuera relegado y apartado de todo poder.

 


El odio del dictador hacia Cabanellas  se extendió hasta después de su muerte (1938), hasta el extremo de ordenar a las autoridades locales de Cartagena cambiar el nombre a la plaza, que volvió a ser denominada como Plaza de la Serreta.
Pasada la Plaza, y siempre en dirección al puerto, se encuentra la iglesia de La Caridad, donde se produjo también un hecho notable durante los primeros sucesos de la guerra civil española. El 25 de julio de 1936  una multitud, exaltada por los efectos de los bombardeos fascistas, asaltó  edificios religiosos, prendiendo fuego a las imágenes, afectando a  templos como los de Santa María de Gracia y de Santo Domingo. En lo que respecta a La Caridad, acaeció todo de diferente manera, gracias, sobre todo, a la intervención de algunos notables personajes de izquierdas,  y a la presencia de varias prostitutas del Molinete (el barrio de los prostíbulos) dirigidas por Caridad la Negra. En la memoria colectiva, sin embargo, ha quedado grabada la acción de las prostitutas, olvidándose la decisiva intervención de los miembros del Frente Popular.
Iglesia de la Caridad.
 

De Caridad la Negra (afamada “madame” de Cartagena, que ofrecía los servicios sexuales a lo más granado de la burguesía cartagenera) se dice que, en 1947, puso un ramo de rosas negras a los pies de la patrona como desagravio por las ofensas recibidas, viniendo de allí la costumbre de los portapasos de La Piedad de llevar a cabo este acto cada lunes santo.
La salvación de la iglesia de la quema no responde sólo a la actitud de las prostitutas, que si bien fue un hecho añadido, no constituyó el principal motivo de que el edificio religioso escapase a la profanación. Más bien se debió a la acción decidida de personas como José López Gallego (fundador de Izquierda Republicana en Cartagena y concejal del Ayuntamiento desde agosto de 1936)  y Manolo Martínez Norte (concejal anarquista en el mismo Ayuntamiento y posterior delegado de Orden Público en el Municipio de Cartagena), entre otros activos del Frente Popular, con la implicación posterior de marinos y guardias de asalto.
 Era lógico el empeño en defender la iglesia, no sólo por tratarse de un edificio religioso, sino por su proximidad al Hospital de la Caridad, contiguo a la basílica, que habría resultado afectado por el  posible incendio con que amenazaban. Un nuevo hospital  se había construido en terrenos de la barriada de Los Barreros  (el hoy  conocido como  Hospital de los Pinos) que respondía a las mayores necesidades de población y de camas, pero aún no se había comenzado  a trasladar a los enfermos al nuevo hospital, y el edificio contiguo a la basílica continuó funcionando hasta 1938.
En este punto quisiéramos apuntillar dos cuestiones: el porqué de esa ira popular y la actitud de las Instituciones Republicanas. Para ello hacemos uso de uno de los historiadores que más ha estudiado el posicionamiento de la Iglesia durante la República, Julián Casanova, extrayendo y dando forma a algunos de sus párrafos.
Pese a las revoluciones liberales del siglo XIX, en España el estado confesional había permanecido intacto, siendo el catolicismo la única religión existente que, además, estaba perfectamente identificada con el conservadurismo político y con el orden social. Tras la Restauración borbónica en 1875, la monarquía abre a la Iglesia nuevos caminos de poder social e influencia,  siendo la aristocracia terrateniente y las buenas familias burguesas las que dieron  nuevos impulsos al renacer católico con numerosas donaciones de edificios y rentas a las congregaciones religiosas.
El anticlericalismo, presente ya en el siglo XIX entró con fuerza en el siglo XX, dispuesto a reducir la influencia clerical y a eliminar a la Iglesia como rama de gobierno, como poder público. Pero la jerarquía eclesiástica, convencida de que era la única fuente de verdad absoluta y de que su función básica e irrenunciable era la preservación del orden social, había hecho durante la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera un generoso uso de su monopolio de la enseñanza y de su control de la vida de los ciudadanos, a los que predicaba unas doctrinas conectadas con la cultura más conservadora (obediencia sumisa a la autoridad, redención a través del sufrimiento y confianza en la recompensa en el cielo).
Crucifijos en las escuelas. Hoy todavía quedan.
 

Se echó la culpa a la República de perseguir obsesivamente a la Iglesia y a los católicos cuando, en realidad, el conflicto era de largo alcance y hundía sus raíces en décadas anteriores.
La violencia anticlerical que se desató desde el primer momento donde el golpe fracasó corrió paralela al fervor y entusiasmo que mostraron los clérigos allá donde triunfó. No se trataba de arrebatos de ira insólitos o inexplicables. Fue el golpe de Estado el que enterró las soluciones políticas y dejó paso a los procedimientos armados, sintiéndose la Iglesia encantada de que fueran las armas las que aseguraran el orden material (el representante de los obispos, el integrista Isidro Gomá, calificó a la sublevación como “providencial”; y a Franco, cuando la Junta de Defensa Nacional le hizo entrega de todo el poder, con el título de “caudillo”, la jerarquía eclesiástica lo calificó como un santo, salvador de España y de la cristiandad).
 

Es indudable que el clero y las cosas sagradas fueron el primer objetivo de las iras populares. ¿Cómo se puede explicar esto (nunca justificar)? Creemos que las líneas  anteriores dan una idea, pero el antropólogo británico Gerald Brenan lo definía como la expresión de un pueblo intensamente religioso (es decir, con necesidad de referentes morales) que se sentía engañado y abandonado, que acusaba al clero de haber traicionado al Evangelio y que había hecho dejación de los rasgos originarios de fraternidad y pobreza. Maurici Serrahima, abogado y miembro de Unió Democrática, que brindo refugio a once capuchinos y ayudó a sacar del país al cardenal Vidal i Barraquer (el que ya no se atrevería a volver por su posición crítica al régimen franquista), dijo sobre la furia popular que en el fondo se trataba de un acto de fe, un acto de protesta porque la Iglesia, a ojos del pueblo, no era lo que debía ser, se trataba de  una protesta contra la sumisión de la Iglesia a las clases acomodadas, en lugar de la idea evangélica de estar al lado de los pobres.
El conflicto lo resolvieron las armas a partir de una sublevación militar,  la misma que bendijo la Iglesia desde el primer instante. Escudarse en ésta manifiesta el fracaso de la Iglesia de atraerse a las capas rurales y urbanas más pobres, que la identificaron con el sistema imperante de relaciones de clase y de propiedad.

 

La Iglesia sufrió una tremenda persecución por la ira popular y no por las Instituciones Republicanas, las cuales intentaron ponerle freno y reprimir los desmanes provocados por la sublevación militar (en gran parte conseguido tras los dos primeros meses de contienda), porque la violencia no estaba institucionalizada en el lado republicano. Los hechos acaecidos el 25 de Julio en La Caridad lo demuestran. No fue así en el lado rebelde, donde los bandos, las misivas, las proclamas, iban dirigidas a la limpieza ideológica absoluta. La iglesia supo pagar con creces su persecución y la mitología montada en torno a los mártires de la Iglesia anuló cualquier atisbo de sensibilidad hacia los vencidos y atizó las pasiones vengativas del clero, que no cesaron durante largos años.
Después de la guerra, las iglesias y la geografía española se llenaron de memoria de los vencedores, de placas conmemorativas de los “caídos por dios y por la patria”, mientras se pasaba un tupido velo por la limpieza que en nombre de Dios habían emprendido y seguían llevando a cabo gentes piadosas y de bien. Los otros muertos, los miles y miles de  rojos e infieles asesinados, no existen, porque no se les registraba o se falseaba la causa de su muerte, asunto en que obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima.
Hoy son las  asociaciones memorialistas las  principales encargadas de homenajear la memoria de los que defendieron la República y los ideales de libertad y democracia. Exigimos, por tanto, de las Instituciones Públicas de cualquier ámbito, que sean ellas las que lideren el respeto a  nuestra Memoria y la honra para todos nuestros mártires.
 
Monolito en el cementerio de Los Remedios
en Santa Lucía (Cartagena).

miércoles, 19 de agosto de 2015


Itinerarios Memorialistas por Cartagena (2)

El Parque de Artillería

 

La ocupación franquista de Cartagena se ve precedida por unos días de absoluto descontrol. El día 5 de marzo de 1939 en Madrid se produjo una sublevación,  el denominado golpe de Casado, que se extendería hasta Cartagena, tras la que se inauguró una desesperada y costosa lucha fratricida, pretendiendo una paz negociada con los sublevados, con la ingenua pretensión de acabar con el innecesario baño de sangre. Pero lejos de esto último, lo que se consiguió fue una rendición sin condiciones, que era lo que Franco, los militares sublevados, las autoridades civiles franquistas y la Iglesia católica, habían anunciado insistentemente, es decir, el aniquilamiento del régimen republicano y de sus partidarios. Los sublevados en Cartagena, conscientes de sus pocas e inseguras fuerzas, lo fiaron todo a una rápida llegada de ayuda exterior, poniéndose en contacto, para ello, con el Cuartel General de Franco, pero antes de que los franquistas pudieran socorrerles entró en Cartagena la 206 Brigada Mixta del ejército republicano, reforzada con otras tropas.

Previamente, durante la noche del 4 al 5 de marzo, los sublevados, tanto artilleros como militares de otras armas, así como policías, paisanos armados, guardias, marineros y carabineros se concentraron en el interior del parque, al que condujeron grupos de detenidos, que amontonaron en distintas dependencias; detenidos de los que algunos lo habían sido bajo la consigna de “Por España y por la paz” que gritaban los sublevados de ideología republicana, mientras que otros lo fueron por los franquistas que gritaban “Arriba España, viva Franco”.

En medio de esa confusión de intencionalidades, se había puesto en libertad a más de 2.000 presos políticos, de los que algunos corrieron a ocultarse en sus casas o a intentar huir de Cartagena, mientras que los demás comenzaron el asalto de los puntos estratégicos, haciendo correr la sangre y ayudando en la detención de varios cientos de republicanos.

Como en el caso del coronel Armentia, republicano convencido, creían algunos sublevados estar dirigiendo un movimiento encaminado a firmar la paz con los fascistas,  mientras que otros, como en el caso del teniente coronel Espá, eran pro-franquistas, sin reservas, y dirigían un golpe destinado a entregar la ciudad al general Franco.
Patio del Parque de Artillería.


 

El Parque de Artillería fue el lugar de Cartagena en que  la confusión fue más notable, un recinto en que no se habían establecido siquiera las jerarquías, hasta que Barrionuevo,  general de Infantería de Marina retirado, hizo patente su presencia en el parque por la mañana, asumiendo el mando, ordenando arriar la bandera republicana y alzar la bicolor, deteniendo a Armentia,  y nombrando a  un nuevo jefe de su Estado Mayor y a otro jefe del Arsenal. Se concentró en conseguir la salida de la flota del puerto, lo que consiguió bajo la amenaza de su bombardeo por las baterías de costa, logrando que la escuadra abandonara Cartagena.
Placa del Parque de Artillería.
 

Pero a medida que  puntos claves de la plaza fueron volviendo a manos republicanas y la brigada 206 presionara con su avance sobre la ciudad, la desesperanza se apoderó de las fuerzas ocupantes del parque, desde el cual los falangistas se entregaron con ardor a su defensa, en contraste con los oficiales de Infantería de Marina y del Ejército, que no demostraban apenas entusiasmo.

Se liberó a algunos de los oficiales republicanos detenidos por Barrionuevo, entre los que se encontraba Armentia, para que colaboraran en la defensa del sitio, que poco a poco fue debilitando su resistencia.

Ya ante la entrada de los soldados de la brigada 206, el coronel Armentia, defensor de la República, que había participado del golpe en el firme convencimiento de estar contribuyendo con él a la consecución de la negociación de una rendición honrosa y se había visto envuelto, dentro de la vorágine de la confusa sublevación, en el seno de un alzamiento franquista, no vio ninguna alternativa honrosa a la situación en que se encontraba, que el suicidio, lo que acometió haciendo estallar junto a su cuerpo una granada.


Sin embargo, la versión de historiadores franquistas era de que había muerto en el tiroteo entre los miembros de la 206 y los defensores del parque, y así se ha plasmado en el texto de la placa  colocada en el descansillo de la escalera que conduce hoy al Museo Militar, museo que hoy ocupa parte del recinto del antiguo parque.
Placa alusiva a la muerte del coronel Armentia.
 

Tras la finalización de la guerra civil, los consejos de guerra apenas se demoraron en su actuación. Los delitos que se juzgaban eran: adhesión y auxilio a la rebelión (la gran paradoja: los adeptos al régimen legalmente establecido eran juzgados de rebelión por los sublevados contra el régimen republicano), actos contra personas de derechas, militancia en organizaciones marxistas o anarquistas, propaganda contra la España nacional, incautación de fincas, irreverencia para con las imágenes sagradas, entre otras. Los consejos de guerra fueron divididos en función de la profesión de los procesados. A los militares se les emplazaba en la biblioteca del Arsenal Militar, a los marinos en la Sala de Justicia de la Penitenciaria Naval y a los civiles en el salón de actos del ayuntamiento. Por lo tanto, estamos ante un edificio de gran importancia en la represión franquista.

El hoy reducido Parque de Artillería se ha dividido en dos espacios, uno destinado a Archivo Municipal y otro a Museo Militar, un museo que conserva ciertas connotaciones  franquistas. No hay más que asomarse  a la escalera de acceso a la planta principal donde, junto a la placa que conmemora la muerte de Armentia, podemos encontrar una lápida conmemorativa en honor a los “muertos por Dios y por la patria”. No existe sin embargo, ninguna referencia al importante papel que para el ejército represor constituyó  este lugar.
Placa en honor a los caídos por Dios y por la Patria.
 

Para nosotros se hace imprescindible,  preservar  los lugares de nuestra historia que jugaron  un papel importante en la represión, pero haciendo constar,   en cada uno de esos edificios donde fueron sojuzgados, humillados, procesados, encarcelados o ejecutados los fieles defensores de la República, textos alusivos a esa represión para que  la historia de nuestra ciudad no sea olvidada y sea conocida por las actuales y las futuras generaciones.

 

Reivindicamos la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas y que sus nombres no sean borrados de nuestra historia, pero también  la memoria de los espacios en la que tuvieron lugar los hechos.

 

 

 

jueves, 13 de agosto de 2015

 
 
ITINERARIOS MEMORIALISTAS POR CARTAGENA
 
Por su interés, máxime ahora cuando se va a crear la comisión municipal para el cumplimiento de  la Ley de la Memoria Histórica 2007, en lo referente a la retirada de monumentos, bustos, nombres de calles y plazas, y honores de elementos y miembros franquistas, reproducimos íntegramente   el artículo, publicado en su blog, de nuestra compañera Pepa Martínez. 






DE LA PUERTA DE LA SERRETA A LAS PUERTAS DE SAN JOSÉ


 
1ª etapa: La Puerta de la Serreta:


Durante los siglos XVI y XVII, Cartagena era una ciudad amurallada a la que se accedía a través de cinco puertas, a las que se añadían dos portillos, o brechas en los muros, llamadas puerta de la Serreta y puerta del Ángel, para facilitar la entrada a los vecinos, sin tener que dar grandes rodeos.
Estas puertas se mantuvieron hasta que, ante la desaparición de los antiguos peligros y la extensión cada vez mayor de la ciudad, las murallas pasaron a convertirse en un estorbo, comenzando a derruirse a partir de 1902.
Desde entonces, el pequeño valle ubicado entre el Cerro del Molinete y el Monte Sacro, que desde el siglo XVII se conocía como Paraje de la Serreta, fue cambiando su fisonomía merced a la construcción de casas en que se produjo el asentamiento de clases bajas,  y la zona pasó a denominarse Arrabal de la Serreta, y en el lugar donde estuvo la antigua puerta, se construyó, entre 1777 y 1786 el Parque de Artillería, y la plaza que se encontraba delante de él, antes llamada Huerto de los Carmelitas, pasó a llamarse Plaza del Parque.
Plaza de López Pinto antes de la remodelación de 2008

Pero el nombre con que actualmente se conoce a dicha plaza, no es ninguno de los que ostentó en la antigüedad. No sobrevivieron las denominaciones de Puerta de San José, Huerto de las Carmelitas o Plaza del Parque. Ni siquiera se le llama por algún apelativo que haga referencia al corralón de comedias que existió en sus proximidades o a la plaza de abastos que provisionalmente se estableció allí, hasta ser trasladada al Mercado de Santa Florentina. El lugar se llama Plaza de López Pinto, el nombre del general cuyo busto se encuentra ante la fachada del antiguo cuartel, hoy sede del Archivo Municipal y del Museo Histórico Militar.
El busto del general, antes de la remodelación de la plaza
Busto del general, en
la actualidad

¿Quién era este general? ¿Cuáles sus méritos para que el Ayuntamiento de Cartagena le dedique un monumento y dé su nombre a una plaza importante, situada en el centro de la ciudad?

Según el Ayuntamiento se trata de un importante personaje histórico de Cartagena, que fue hermano mayor de la Cofradía Marraja; según los historiadores memorialistas se trata de un general fascista acusado de crímenes contra la Humanidad.

Este general de Artillería, nacido en Cartagena (11 de marzo de 1876), tomó parte, en 1902, en los trabajos de alumbrado eléctrico de las baterías de Cartagena y tras una larga carrera militar, que había comenzado con su incorporación, en 1890, a la Academia General Militar, fue nombrado en 1934 gobernador militar de Cartagena, cargo que ostentó hasta que el 28 de febrero de 1936, el Ayuntamiento cartagenero solicitó su relevo, tras la multitudinaria manifestación de más de 15.000 ciudadanos y ciudadanas, la mayor registrada en la ciudad hasta entonces, que acompañó hasta el Ayuntamiento a los concejales depuestos para reponerlos en sus cargos. Al término de dicha manifestación, la corporación pidió al gobierno democrático de la República la libertad de los presos políticos y sociales y la separación de sus cargos del contraalmirante Cervera, Jefe de la Base Naval, y del general López Pinto, por considerarlos enemigos de la Democracia.

General López-Pinto y Berizo
¿Por qué el gobierno republicano trasladó a Cádiz a este militar “enemigo de la democracia” en lugar de someterlo a un proceso de investigación? Uno de tantos errores que contribuyeron a favorecer las circunstancias origen del golpe de Estado.

El 18 de julio, López Pinto, un militar que había jurado lealtad al gobierno y a la bandera republicana, traicionando su juramento, se unió al golpe de estado, y siguiendo las instrucciones de Queipo de Llano, declaró el estado de guerra en la provincia de Cádiz y se apoderó del Gobierno Civil, reprimiendo brutalmente la resistencia de los marinos leales del Arsenal de la Carraca.
Liberó de su reclusión en el castillo de Santa Catalina a José Enrique Varela Iglesias, que cumplía arresto militar a causa de sus reiteradas conspiraciones contra la República, poniéndolo al mando de las tropas sublevadas hasta hacerse con el control de la ciudad.

 Tras esto, López Pinto extendió la violenta ocupación a los pueblos de la provincia de Cádiz y parte de la de Málaga, ordenando la muerte de niños, ancianos, mujeres y enfermos. Los sediciosos bajo sus órdenes comenzaron una sistemática destrucción de todo lo que oliera a República, incluyendo el exterminio, el expolio y la depuración. La resistencia popular fue más bien escasa, por lo que en la provincia de Cádiz, y sobre todo, en San Fernando, no llegó a haber guerra: simplemente represión. En San Fernando se aprehendió en primer lugar a los líderes de los sindicatos y partidos de izquierdas, así como a buen número de militares que se mantuvieron fieles al gobierno legítimo, a algunas personas acusadas de ser masones y al pastor protestante Miguel Blanco Ferrer, y se les asesinó. Todo bajo las órdenes del “artillero y marrajo” López Pinto.
13.500 gaditanos juzgados por “rebelión militar”, de los que, 3071, fueron fusilados y hechos desaparecer en fosas comunes por orden suya.
Restos humanos en una fosa común en El marrufo
Fue responsable del bombardeo de Cartagena en octubre de 1936.

Continuó ordenando la represión en la provincia Cádiz, por medio de las tropas legionarias que corrieron por toda ella en busca de botín y de mujeres guapas, hasta diciembre de 1976, en que pasó a Burgos, para, siguiendo órdenes del general Franco, encargarse de la dirección de las operaciones que presidieron y desencadenaron la rotura del Cinturón de Hierro destinado a la defensa de Bilbao, entrando en esta plaza el 9 de junio de 1937 y extendiendo a ella el terror y haciendo lo mismo en Santander, que conquistó el 27 de agosto de ese mismo año.
Entrada de los franquistas en Bilbao


En 2009, la ASOCIACIÓN MEMORIA HISTÓRICA DE CARTAGENA, organizó una concentración ante el busto del general golpista, pidiendo su retirada, amparándose en la Ley de Memoria Histórica.
Concentración en diciembre de 2009

Con anterioridad, la concejala socialista Caridad Rives, había recordado al Ayuntamiento, con motivo de la reciente remodelación de la plaza, la citada Ley de la Memoria Histórica, diciendo que era éste el momento idóneo para retirar el busto de la recién remodelada plaza, así como la placa que le daba el nombre del general, pero la corporación del partido Popular se negó a ello.
Plaza de López Pinto durante la remodelación

El cuartel convertido en museo, y la plaza renovada

Concentración en diciembre de 2009


Tras la manifestación organizada por la asociación memorialista, el teniente de alcalde y viceportavoz del Gobierno Municipal José Vicente Albaladejo, manifestó “No sé si López Pinto era franquista, pero desde luego, su busto está ahí desde no sé cuándo y no vamos a quitarlo porque lo pidan cuatro señores con una bandera republicana”
Fuera nombres y símbolos franquistas de nuestras calles

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martes, 11 de agosto de 2015

La tumba de un pantano franquista



Publicado por Nerea Castro



El pantano del Cenajo en 2015 / VP

Víctor Peñalver eligió el pantano del Cenajo como objeto de la Tesina de Licenciatura que ha presentado en la Universidad de Murcia, y que le ha valido una calificación de Matrícula de Honor. Uno de los motivos por los que este joven investigador nacido en Cehegín se fijó en la gran obra hidráulica de los años 50, es el hecho de que el Noroeste murciano sea la única zona de la Región en la que no existe un monográfico dedicado a la represión franquista.

“El arranque de la investigación consistió en recabar testimonios orales, que son los que conservan la memoria colectiva de los hechos históricos, pero al mismo tiempo comencé a recopilar documentación de diferentes archivos”, cuenta Peñalver. Pronto constató que “las resonancias que el Cenajo había dejado en el recuerdo de los habitantes del lugar y los hechos que relataban estas personas, no casaban con lo que plasman los documentos oficialistas”. Mientras se encoge de hombros, reconoce que es algo “normal”: “Fueron las mismas autoridades del Régimen las que generaron esos documentos, así que…”.

También se dio cuenta de la impronta que había dejado una fecha en el recuerdo de los murcianos: el 6 de junio de 1963. Aquel día Francisco Franco pasó rutilante por la Región de Murcia con su enorme séquito y sus fuertes medidas de seguridad para inaugurar el pantano del Cenajo. También acudieron las cámaras del NO-DO, que grabaron a las muchas autoridades civiles, militares y religiosas, y a los lugareños venidos de diferentes partes de la provincia con pancartas de apoyo y agradecimiento al Caudillo.

Hubo nervios, explica Peñalver, pero mucho más serios que los propios de un gran evento: los nervios de los técnicos responsables del pantano, porque era la primera vez que se accionaba la maquinaria de la presa. Ni siquiera se habían hecho pruebas de funcionamiento. Fieles al simbolismo y al ceremonial de la dictadura –hasta tal punto insensata-, debía ser el mismo Franco el que pulsara el botón por primera vez. Por fortuna todo salió bien y el Generalísimo pudo subirse de nuevo en su coche y marcharse entre vítores.

Cenajo: obra hidráulica y ‘experimento social’

Tanto en aquellos que lo vivieron como en los que lo han estudiado después, es conocida la política de grandes obras hidráulicas del Régimen y la figura de Franco inaugurando pantanos. Y de entre todos los que se construyeron en la época, el del Cenajo es especialmente importante: “Lo es por la magnitud de la obra y por la cantidad de personas que trabajaron en su construcción; fue la presa más grande de la época”, cuenta el historiador. “Lo que no se menciona tanto son los trabajos forzados”, añade.

El historiador destaca dos años: 1938 y 1944. En 1938 se creó el Patronato de Redención de Penas por Trabajo a iniciativa de un jesuita, lo que según Peñalver, supuso “la legalización de la esclavitud”. “Por un lado se trataba de un proyecto económico para rehabilitar la España destruida en guerra, y por otro era un experimento social como parte de un plan para implantar el ‘chip’ del movimiento”, analiza, e insiste en subrayar el concepto de “ingeniería social”, del que formaba parte capital la iglesia que se construía junto a los pabellones de los reclusos obreros. Del ‘tajo’ a la misa hasta cumplir la condena, o en el peor de los casos, hasta morir en la obra.

En cuanto a 1944, ese año fue cuando se revocó la condición de ‘condenado político’, de modo que todos los reclusos pasaron a ser considerados ‘presos comunes’. No se trataba a todos por igual, remarca Víctor, pero unos y otros podían integrar los llamados Destacamentos Penales al objeto de cambiar días de condena por días de trabajo: “Entre 1952 y 1957, por cada dos días de trabajo se restaban tres días de condena”, relata el investigador, “aunque al final la decisión dependía del director de la prisión”.

Por otro lado, se les pagaba un salario, aunque es necesario matizar: “En los documentos de 1957 consta que el sueldo era de siete pesetas, pero no lo recibían íntegro; se les descontaba la ropa, la alimentación, la sanidad que llamaban ‘socorro’ y ‘auxilio’…”. Para ponernos en situación, Peñalver cita el trabajo de la catedrática de la UMU Encarna Nicolás en el que se recoge que el sueldo de un trabajador del campo en torno a 1941, era de entre nueve y 14 pesetas.

Víctor Peñalver explica que apenas hay documentación de la primera parte del proyecto del Cenajo: “Hablamos de los años comprendidos entre 1943 y 1952, cuando se preparó el terreno y se construyó el pabellón obrero con la cárcel, el cuartel de la Guardia Civil y la iglesia; de todo eso ya no queda nada en pie, sólo tenemos las fotos de los archivos de la Confederación Hidrográfica del Segura”. En aquel tiempo, hasta 350 presos de distintos Destacamentos Penales y cárceles cercanas trabajaron en el lugar -y se infectaron de paludismo-, algunos de ellos desplazados de la Prisión Provincial de Hellín o del destacamento del Coto Minero de la pedanía hellinera de Las Minas, por ejemplo.

Rastrear a los presos políticos ha sido una tarea compleja, reconoce el historiador, básicamente por la ocultación de datos en la época y porque a efectos legales, cuando la obra entró en su fase más intensa, ya se había igualado la condición de preso político y de preso común. Eso sí, revisando los archivos se demuestra la magnitud de la obra del Cenajo: “En mayo de 1953, el 17,47% de todos los presos que integraban los quince Destacamentos Penales franquistas se encontraban trabajando en el pantano: 123 de 704”. “La presencia de reclusos en el Cenajo es siempre superior a la media nacional, año a año, más incluso que en el Valle de los Caídos durante los años cincuenta”, afirma Víctor mientras enseña unos gráficos que ha elaborado él mismo.

En la década de los 50, además, el Régimen trataba de lavar su imagen y de borrar sus conexiones con el bando perdedor de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo primordial de integrarse de un modo suave en los organismos internacionales surgidos tras el conflicto. De hecho, España superó los controles de la Comisión Internacional contra el Régimen Concentracionario: “Vino un grupo de estadounidenses en 1952 y dieron su visto bueno, aunque no sabemos si fue porque lo que realmente les interesaba era la base de Rota…”, añade escéptico.

“La Tumba siempre estaba abierta”

Peñalver explica que su intento de identificar a todos los presos y de conocer sus historias particulares ha sido imposible a pesar de haber buscado y cotejado muchos documentos. Sin embargo, sí que ha podido recoger dos casos concretos cuyos hechos y palabras ayudan a entender lo que significó el Cenajo; “una obra peligrosa, sin medidas de seguridad, donde se usaba dinamita y donde las tareas más difíciles y arriesgadas se reservaban a los presos, y en especial, a los anarquistas”, profundiza.

“Francisco de la Rosa nació en Calasparra. Era sindicalista de la CNT y preso político. Fue condenado a muerte y posteriormente se le conmutó la pena a treinta años y un día. No era obrero libre. Lo llevaron de un sitio a otro recorriendo penales de toda España, hasta que finalmente lo destinaron a trabajar en el Cenajo. Fue torturado y mutilado y se le condenó a destierro, de manera que no podía acercarse a menos de 20 kilómetros de su pueblo. En 1948 se suicidó. No soportó su condición de preso ni los trabajos forzados en el Cenajo. Seis años después de muerto, lo indultaron”, narra Víctor de corrido, para interpretar que “de ese modo es como el Régimen aumentaba su cifra de indultos y lavaba su imagen”. Durante el proceso de investigación tuvo la oportunidad de hablar con algunos de sus familiares y contarles lo que había encontrado en los archivos sobre Francisco.

El investigador pudo identificar a otro preso con mejor suerte: se trata de José Vicente Ortuño, que tras trabajar nueve meses en el Cenajo, en el año 1954, de cumplir condena y de conseguir pasar a Francia, publicó en el país vecino un valioso libro titulado ‘Raíces amargas’, en el que dedicó un capítulo entero a relatar su estancia en las obras del pantano.

Según explica Peñalver, cuando Ortuño llegó al Cenajo, el procedimiento ya estaba establecido. El mismo exrecluso lo relató de este modo: “Por la mañana, en la plaza, los cadáveres mutilados por las balas y las dentelladas de los perros que usaba la Guardia Civil le dieron la razón a mi compañero. Todos los prisioneros tuvieron que desfilar ante los cuerpos, sobre los que ya empezaban a revolotear unas moscas verdes. Por la tarde, un equipo los tiró a la caja de un tractor y los llevó al muro. La tumba estaba siempre abierta”.

“La Tumba, como llamaban a la presa, funcionó como enterramiento colectivo similar a las fosas comunes, dentro del modus operandi represivo franquista de ocultar la principal prueba del delito, el cadáver, y claro, de todo esto no hay documento probatorio porque las fuentes oficiales nunca lo reflejan”, añade Víctor Peñalver. “Había diferencias de trato entre presos políticos y comunes, y también se diferenciaba entre obreros reclusos y obreros libres”, prosigue. El historiador muestra una escueta noticia del diario ABC del año 1954, en la que se informaba del fallecimiento de tres obreros en el Cenajo: “De las muertes de los obreros reclusos no se daba publicidad”.

“El arte de construir presas”

En la investigación, Peñalver se tropezó con importantes empresas constructoras, algunas de las cuales siguen operando en la actualidad tras pasar por fusiones, compras y ventas: “Si los organismos oficiales ocultan esta historia, las empresas también”, proclama, remitiendo a trabajos como los de Antonio Maestre e Isaías La Fuente,  ‘Franquismo S.A.’ y ‘Esclavos por la patria’. “Hay que destacar el papel de estas grandes empresas que se aprovecharon de la situación y usaron mano de obra reclusa”, enfatiza Víctor Peñalver, para luego citar algunos ejemplos.

“En el Cenajo participó COVILES, Construcciones Civiles, que luego se convirtió en OBRASCON y más tarde pasó a formar parte del grupo OHL, también formada por la empresa Huarte y Laín, encargada de la construcción del Valle de los Caídos”, relata el historiador: “Contacté con ellos y les pregunté sobre este asunto, pero no colaboraron”. “En el Cenajo hubo otras empresas, como Destajista San Román, Obras y Servicios Públicos… Tapan su historia porque esa es la herencia del franquismo”, insiste. Después, muestra el lema de la empresa COVILES: “ El arte de construir presas… Ya ves, calificar estos procesos de construcción con la palabra ‘arte’”, lamenta el historiador.


Lápida conmemorativa de la inauguración del Cenajo / VP

Lugares de memoria

Hace pocas semanas se reinauguró el hotel Cenajo, un edificio de estética noble y enclavado en un paraje de singular belleza en las inmediaciones del pantano. “Allí es donde residió el equipo de arquitectos durante los 20 años que duró la obra”, explica Víctor Peñalver. “Mientras, los obreros reclusos vivían en su pabellón, y al igual que sucedió en el Valle de los Caídos, los familiares de los presos que recibían permiso para visitarles, podían alojarse durante unos días en unas casas-cueva con aspecto de chabolas que se construían en un lugar próximo, y de las que sólo quedan las ruinas”, relata.

En la reapertura del hotel, Víctor Peñalver ha echado en falta una mención o recuerdo a lo que sucedió durante la construcción del pantano, lo que le hace volver sobre las dificultades de encontrar documentos en los archivos –durante el último año ha visitado el Archivo Histórico Provincial de Murcia, el Archivo General de Alcalá de Henares y los archivos de los ministerios de Justicia y de Interior-: “En ellos sí se refleja la presencia de reclusos y la instalación de un destacamento penal en el Cenajo. Sin embargo, en los escritos oficiales de la Confederación Hidrográfica sobre el Cenajo, no se reconocen los trabajos forzados, tan sólo en uno de ellos se dice que puede ser que los hubiera, pero nada más”, afirma Peñalver.

“Los efectos de la propaganda franquista siguen en vigor con palabras que se usan mucho hoy, como sensatez, estabilidad, orden… Las ganas de obtener democracia a cambio de impunidad siguen vigentes”, reflexiona. A su juicio, “no es por ignorancia mantener la confusión sobre los trabajos forzados en el Cenajo, no existen las casualidades ni el azar en este asunto. Y por aquí han pasado también alcaldes socialistas y no se ha hecho nada”. “Contra el franquismo también hace falta terapia de choque”, afirma en referencia a la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, aunque luego reconoce que “simplemente con quitar placas, sin divulgación, no se soluciona nada”.

“Para nosotros el Cenajo ha sido siempre un sitio de referencia del ocio y de la naturaleza, pero cuando íbamos, no sabíamos qué había pasado porque nadie nos lo contaba, y allí sigue la placa de la inauguración del pantano. Sin embargo, no sirve de nada que la quiten si no dicen qué fue lo que pasó realmente”, admite este investigador, para quien una buena opción sería mantener la placa de la dictadura y añadir otra al lado “que cuente la historia de verdad, la historia con mayúsculas, y que denuncie la propaganda”.

“Es necesario crear ‘Lugares de Memoria’ en estos espacios para combatir la impunidad y para acabar con las teorías negacionistas”, insiste el historiador. Antes de acabar, Víctor Peñalver pone más ejemplos de obras en las que se hizo uso del trabajo de los presos en la propia Región de Murcia: “La rehabilitación del convento de Adoratrices de Cartagena, y las explotaciones mineras del Llano del Beal y de La Unión. Estos enclaves de trabajo no han sido investigados en profundidad hasta la fecha”.

Fuente:  http://www.eldiario.es/murcia/reportajes/Cenajo-herida-abierta-pantano_0_417508781.html