jueves, 1 de abril de 2021

CARTAGENA, SEMANA SANTA 1939

 Por Pepa Martínez



En esta Semana Santa atípica, por las condiciones impuestas por la pandemia, y en la que podemos ver en las redes tantas referencias a la celebración de ésta en años anteriores, he echado un vistazo a las páginas del capítulo 28 de mi libro “EL HIJO DEL HERRERO”, capítulo en el que, entre otras cosas, hablé de los sucesos de otra Semana Santa diferente en Cartagena: La de 1939.





Fue consultando la hemeroteca para la documentación de este libro, cuando me enteré de algo que hasta entonces no había conocido: la coincidencia de esas fechas con la de los primeros días de la victoria franquista. Hasta entonces, cuando había leído o escuchado las palabras del último parte franquista, el de “Cautivo y desarmado el ejército rojo…” no había tenido conciencia de que ese primero de abril había tenido lugar la víspera del Domingo de Ramos, esa fecha que de niña identificaba con el día de “la procesión de la burrica”, cuando mis padres nos llevaban a sentarnos en la primera fila de las sillas de las Puertas de Murcia, y recogíamos los caramelos que nos daban nuestros amiguitos vestidos de hebreos, desfilando con la palma en la mano.

En 1939, el martes anterior a esas fechas que, para mí, en los años sesenta, no eran más que unos días de vacaciones, de fiesta y colorido, ese 28 de abril, los hasta entonces prisioneros en Fuente Álamo, náufragos del Castillo de Olite, tomaron la ciudad al tiempo en que huían al exilio los últimos republicanos que tuvieron ocasión de hacerlo, y ese mismo día, a las ocho y media de la tarde, el Almirante Jefe del Estado Mayor de la Armada dirigió un mensaje al Comandante General de la Escuadra diciendo que el comandante de Infantería López Canti había ocupado la ciudad, nombrando Comandante Militar de la Plaza al capitán de Asalto Antonio Millán Moreno. La guerra había concluido en Cartagena.



Al día siguiente, todos los marinos y militares que habían quedado en sus puestos de trabajo, hicieron su presentación ante las nuevas autoridades.

Enseguida comenzó la nueva etapa del periódico “Cartagena Nueva” convertido ahora en el órgano oficial de Falange en la ciudad, que sale de nuevo a la calle el jueves, 30 de marzo, con sólo dos páginas, unas letras enormes: ¡FRANCO, FRANCO, FRANCO! en la portada, y un bando de López Canti ordenando que antes de las 12 horas de ese día se entregue toda clase de armas y municiones que posean los particulares en el Parque de Artillería y que a las 9 horas se abran todos los comercios, sin excepción, para dar sensación de absoluta normalidad.

 

Salvador Moreno

El Viernes de Dolores, el día grande de Cartagena, al llegar el grueso de las tropas, cuenta el Almirante Moreno que localizaron un barco mercante, anclado en el puerto, cargado de sacos de harina que, con los precipitados acontecimientos de los últimos días, las autoridades republicanas no habían tenido tiempo de distribuir, con lo que los franquistas los utilizaron para  elaborar panecillos de pan blanco y, durante varios días, circularon camiones repartiéndolos; la gente corría detrás de ellos, con el brazo en alto, gritando “¡Franco, Franco, Franco!”  Y los chiquillos cantaban “Viva Franco que da pan blanco, abajo Negrín que da pan de serrín”. Unos días después se acabó la remesa, y se volvió de nuevo al pan de maíz.

Terminó la guerra el uno de abril, sábado, con el tan conocido último parte, y al día siguiente, Domingo de Ramos, no salió la prensa, pero sí que lo hizo el lunes, día tres, con la siguiente orden de la Comandancia Militar:

 A partir del 3 de Abril de 1939, y con objeto de establecer con debida disciplina costumbres, se previene que a partir de las 12 de la noche y hasta el amanecer, queda prohibido el tránsito por las calles de esta ciudad, salvo casos de extrema urgencia, que serán revisados o sancionados en los no justificados por la Policía Militar o agentes de la autoridad.

Las oficinas de la Policía Militar de vanguardia quedan instaladas en la Calle Tomás Maestre 84 y 86”.

El martes se abrieron los comedores de Auxilio Social en la Misericordia y repartieron sopa, arroz con garbanzos y bocadillos de atún o de sardinas. Los hambrientos cartageneros hicieron cola pacientemente, sin intentar colarse ni empujar a nadie.

Salió una nota del Banco de España en el periódico, con la relación de los billetes que se consideraban legítimos a efectos del canje. Pero la publicación en prensa más notable fue, quizás, la de los principios del Nacionalsindicalismo, de cuyos puntos los más destacados son, sin duda, los referentes a Estado, Individuo, Libertad, y del que me detengo en la siguiente frase: ”Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria”

Bajo el título “En Cartagena comienza a amanecer” apareció en la misma publicación el comunicado de que el Viernes Santo saldría en procesión el paso de La Piedad. En ese mismo número se comunicaba a los civiles que habían permanecido refugiados en Cartagena, la salida de trenes para que pudieran regresar a sus localidades de origen y se alertaba sobre la prohibición de uso de prendas o enseres utilizados por miembros del vencido ejército rojo.   

En el número del día siguiente, 5 de abril, se podía leer: Nuestro saludo se hace con el brazo derecho extendido a la altura del hombro, formando un ángulo de 45 grados. Todos los que pertenezcan a la Falange están obligados a saludar brazo en alto. Es un deber de todo español saludar brazo en alto. Brazo en alto saluda el Caudillo. Brazo en alto debemos saludar todos”.

Y el día 6, Jueves Santo, se anunció: VIERNES SANTO: En La Caridad, A las 10: Oficios. A las 12: Ejercicios de las 7 palabras.

Se anunció, igualmente, la salida de la procesión:

“Hoy, con el amanecer de la Patria, apenas incorporada Cartagena a la única España, la ciudad, en la solemnidad del Viernes Santo será de nuevo recorrida por una procesión que no tendrá la riqueza de entonces pero que llevará el amor de todos los corazones”

Las tropas saliendo de la iglesia de La Caridad


Y en la misma página, comunicado dirigido a los dueños de los comercios:

“Se pide a los comerciantes que con su labor de ocultamiento prestaron un gran servicio a España que continúen este servicio normalizando la vida de la ciudad, abriendo los escaparates que deben contener los artículos que tan bien supieron negar a los que querían borrar el nombre de España”.

Prestando un gran servicio a España… ¿Cómo se podía haber hecho un gran servicio a España ocultando los artículos de primera necesidad a los cartageneros?… Con la cantidad de chiquillos y viejos que habían enfermado o muerto por el hambre o el frío… Ahora, muchos sacarían a la venta los garbanzos o las mantas, o… sí, ahora que habían llegado los suyos…, todos aquellos que, impasibles, se habían negado a vender o lo habían hecho a precios abusivos, aprovechándose del estado de aislamiento en que se encontraba Cartagena.

Si el Viernes Santo procesionó la Virgen de la Piedad, el Domingo de Resurrección se celebró en el muelle una misa de campaña ante la Patrona, que se trasladó en procesión hasta allí, desde la iglesia, “después de su cautiverio” según se lee en la prensa. En la misa habían estado presentes las cofradías y la representación del Hospital de Caridad, y la explanada estaba llena de pancartas con los lemas de “Gloria a la Patria” “Una, grande y libre” “Viva el ejército español” “Viva Franco” “Arriba España”. Dos batallones y la columna de desembarco de la escuadra, formada. La banda de la escuadra, y los fieles, llorando por la emoción.



El Lunes de Pascua, 10 de abril, llegó a Cartagena el cónsul de Alemania, aunque hubo otra serie de acontecimientos que a la población cartagenera le tocó más de cerca:

En los primeros días tras la conquista de la ciudad se establecieron cinco puestos de control para la entrada y salida de viajeros a Cartagena. En los periódicos se publicaron avisos prohibiendo la formación de grupos y diciendo que no se permitían más colas que las de los comedores de Auxilio Social para la obtención de víveres, las de los bancos para canje de billetes, o las del Negociado de Orden Público para obtención de salvoconductos. Se estableció la fecha del jueves, día trece, para que los miembros de los cuerpos auxiliares de la Armada recogieran los impresos de declaraciones juradas que debían entregar en Capitanía, requisito para que se autorizase su inclusión en las nóminas.

En estas declaraciones debían hacer constar los servicios que habían desempeñado durante la guerra, a través de qué organismo habían cobrado sus haberes, si habían estado afiliados a alguna organización política o sindical, si habían colaborado de algún modo a la Causa Nacional, si habían hecho o no intentos de pasarse al bando Nacional, personas de derechas que pudiesen avalarles y personas adictas a la causa Republicana de quienes pudieran informar. La mayoría había entregado las declaraciones juradas en Capitanía, con la relación de sus destinos, y el apartado referente a “servicios prestados en la época roja” lo había cumplimentado con la siguiente frase: “Los propios de mi profesión”. Después volvieron a sus casas, a esperar los acontecimientos. Volvieron tranquilos, pues sabían que no habían hecho nada malo ¿Qué les iba a suceder?

En poco tiempo comprobarían lo erróneo de su convicción.

Cartagena revestía todas las características de una ciudad ocupada. Los comercios que habían estado cerrados, reabrieron sus puertas, pero apenas disponían de género en sus estanterías. Por las calles deambulaban mujeres, niños, algunos ancianos… apenas se veía algún que otro hombre joven, a menos que fuese vestido de uniforme… en las terrazas de los bares se sentaban, ufanos, los portadores de camisa azul.



Esa primera Semana Santa de la dictadura comenzó con el terror, el hambre, la prisión, la incertidumbre… Esa Semana Santa del año 39 fue el prólogo de una larga etapa de silencios y temores, de familias desestructuradas por el exilio, la prisión o la muerte de alguno o varios de sus miembros. Una época que no podemos añorar, que no queremos que vuelva, bajo ningún concepto, y que no podemos olvidar… días de silencio y de dolor que recordamos hoy porque nadie debe ignorar su pasado, nadie que quiera construir un futuro mejor puede ni debe olvidar.

Por eso seguimos reivindicando la Verdad, la Justicia, la Reparación y las Garantías de No Repetición.

 


domingo, 28 de marzo de 2021

DE LA MISERIA Y LA EXPLOTACIÓN DE LA MINA A LA POÉTICA DEL TROVO

 




En el mundo de la creación poética de carácter popular adquiere un papel preeminente en nuestro país el verso repentizado, el repentismo, que en la Región de Murcia se conoce con el nombre de TROVO, una creación, que a pesar de su carácter popular se encuentra incluída en la Historia de la Literatura de la Región Murciana.

El TROVO anida en la misión poética del lenguaje y nos habla de un pasado donde el verso repentizado, como elemento cultural y social distintivo simbolizaba un don al alcance de unos pocos y sobrevive en el presente, porque el trovo nace del pueblo para venir a morir en el propio pueblo.

El gran trovero utiliza el verso como arma comunicativa y arrojadiza contra su contrario; éste es el caso de los tres mayores troveros de nuestra historia: José Rodríguez Castillo, José María Federico Marín Martínez y Manuel García Tortosa, conocido a principios del siglo XX como “El Valenciano”, aunque pasó a la Historia como “El Minero”; los tres puntales del trovo cartagenero.



El movimiento trovero surge en una etapa de convulsión económica en las que fábricas de Cartagena, como la de loza o la de cristal, y minas de Almería, La Unión, Mazarrón o Águilas contribuyen enormemente al boom económico. La actividad minera, que había permanecido siglos en el olvido, se reanudó a mediados del siglo XIX superando el antiguo esplendor romano, localizándose, sobre todo, en la Sierra Minera de La Unión, con explotaciones de plomo, zinc y hierro, Este boom económico propicia el boom demográfico, y el pueblo, sometido a horarios abusivos, reclama zonas de ocio.

La vida del minero, desde que se levantaba de la cama hasta que volvía de la mina, estaba enfocada solamente al trabajo. La actividad minera se centra en la sobreexplotación del minero, por la escasa reinversión de los beneficios en la mejora de las condiciones de trabajo.



La vida del minero era una vida de sufrimientos, soledades y peligros.

Los hombres y los muchachos, a quienes el patrón no facilitaba ninguna vestimenta, trabajaban, debido al calor de las galerías, en pantalones cortos, calzoncillos o taparrabos y cubrían su cabeza con una boina o pañuelo anudado en las esquinas, mientras calzaban esparteñas o abarcas para evitar que se les estropeara el calzado. El escaso alimento que llevaban desde su casa consistía en algo de pan con salado (bacalao o sardinas), tomates, fruta del tiempo y algo de tocino. A esta escasa alimentación se unía la lacra de las malas condiciones de seguridad en el interior de la mina y las pésimas condiciones higiénicas de las viviendas que habitaban.

Las diferencias económicas eran enormes; se establecieron dos bloques sociales con enormes contrastes: de un lado, los empresarios que amasaban enormes fortunas; de otro lado, el bloque integrado por la inmigración masiva que venía de las provincias vecinas y por los miembros de las clases más bajas, que percibían salarios miserables.



 La sociedad cartagenera y unionense de principios del siglo XX está integrada por una mezcla de precariedad y esplendor: una clase alta que ha atesorado enormes fortunas, que hace alarde de sus lujos, y que se relacionan exclusivamente entre sí, sin tener contacto con los mineros y los trabajadores de las fábricas; grandes mansiones modernistas que se simultaneaban con las chabolas donde se hacinaban los mineros, con la deficiencia en infraestructuras, como agua potable, alcantarillado, electricidad y dispensarios médicos u hospitales; burgueses que gastaban en lujos, manjares y viajes, mientras que las familias trabajadoras cobraban en vales canjeables en los comercios de los propios patronos, y vivían en la incertidumbre de si morirían en la mina o a consecuencia de las pésimas condiciones higiénicas en que se desenvolvían.

Es en estos momentos cuando la presión sobre los escasos salarios de los mineros y la creciente situación de paro, incrementa la conflictividad social y las reivindicaciones obreras. Los mineros luchan por mejorar sus condiciones de trabajo, jornadas devastadoras, trabajo de día y de noche, días laborables todo el año, incluyendo domingos, salvo Carnaval, Semana Santa, Ferias y Navidad.



Las duras condiciones a que estaba sometidos los trabajadores de la sierra minera llegaron incluso a traspasar la costra de insensibilidad de ciertos responsables políticos:

«Un gobernador civil de esta Provincia, que abominaba del anarquismo, fue invitado a visitar los trabajos subterráneos de una mina y las condiciones en la que vivían estos mineros, por curiosidad aceptó. Examinó las galerías y vio a los obreros ocupados en sus trabajos, visitó sus hogares y a sus familias, comprobó en que ocupaban el poco tiempo libre que les dejaba el trabajo. Su asombro fue grande, pero no dijo nada. Una vez en su despacho y a la pregunta de su secretario de cómo le había ido la visita, respirando, exclamó conmovido:

- Ahora me explico el anarquismo...»



En este ambiente surge, como lugar para las escasas ocasiones de ocio, el conocido habitáculo café-cantante, que prolifera a principios del siglo XX, y triunfan tres tipos de festejos: los boleros, el pre-flamenco, y el repentismo poético que tiene lugar en ventorrillos, cantinas y bares, y se conoce como trovo. El trovo aparece en los carteles junto a los cantaores flamencos, cantaores de coplas, cantantes de boleros y bailes.

Y en uno de estos locales es donde, en 1913, se organizó una velada trovera con el fin de recaudar fondos para la caja de resistencia del sindicato minero y para la equipación de la Casa del Pueblo.

Se trata de la llamada “Velada Social” de Portmán, entre los troveros José María Marín y Manuel García Tortosa “El Minero”, correspondiéndoles, al asignar los papeles, al primero el papel de defensor del patrón y al segundo el del defensor del minero.

Esta velada, de la que tanto se ha hablado, pero muy poca gente conoce, debía ser dada a conocer al público, y ningún lugar mejor para ello que el Centro Cultural Ramón Alonso Luzzy, donde la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, dentro del festival de Poesía Deslinde, llevó a escena la versión ligeramente reducida de esta controversia trovera, gracias a la colaboración de la Asociación Trovera José María Marín.

Para hacer más ágil el desarrollo de la velada, los papeles de cada uno de los troveros fueron asumidos por dos personas en diferentes momentos y se alternó el trovo cantado y recitado.



REPARTO:

Trovero Marín: José Martínez, "El Taxista" y Juan Diego Cebrián.

Trovero "El Minero": Juan Santos Contreras, "El Baranda" y Miguel Ángel Cervantes.

Cantaores; Alfonso Conesa, El Levantino" - Juan Ramón Molina - Juan Bernal, "El Pulga" - Juan Santos Contreras, "El Baranda".

Guitarristas: Ángel Herrero - Juan Martínez, "El Mergo" - Juan Ros.

Tabernero: Andrés Flores.

Tabernera: María Andreu.



Esta recreación será emitida a través del canal de YouTube de la Asociación Memoria Histórica de Cartagena el martes, 31 de marzo de 2021, a las 19:00 horas.

Para acceder al visionado, pinchar en: