Más de 400 mujeres españolas padecieron la tortura inimaginable de
Ravensbrück, el campo de concentración más perverso de la II Guerra
Mundial
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| Prisioneras en el campo de Ravensbrück |
Diario de León, 08/10/2012
Más de 400 mujeres españolas padecieron la tortura inimaginable de
Ravensbrück, el campo de concentración más perverso de la II Guerra
Mundial. Hubo dos leonesas; de Adrienne Calderón, originaria de Lugán,
no queda ni rastro desde 1945; de Ángela Cabeza, nacida en la Cepeda, ha
trascendido una escalofriante historia, que su hija relata hoy desde
una pequeña comuna francesa.
La puerta se abría directamente hacia la plaza del campo, donde
seguía la avenida desde la que se hacían las llamadas. En un gran
edificio estaban las duchas, la cocina, los despachos del jefe de
seguridad y los vigilantes, los calabozos y, bien visible, la chimenea
de un gigantesco horno crematorio. En un estrecho pasillo con las
paredes salpicadas de sangre se construyó más tarde la cámara de gas.
Así era Ravensbrück, el campo de exterminio más grande de Alemania
levantado especialmente para mujeres. Se encontraba a unos90
kilómetrosde Berlín, en un lugar pantanoso. Allí se hicieron
experimentos médicos, se prostituyó a miles de mujeres y también miles
de ellas fueron fusiladas, ahorcadas, gaseadas o tuvieron que trabajar
hasta la muerte.
Se calcula que entre 1939 y 1945 pasaron por Ravensbrück y sus campos
satélites más de 132.000 prisioneros, entre mujeres, hombres y niños de
40 nacionalidades diferentes. 40.000 de ellas sobrevivieron a aquel
infierno, pero el impacto físico y psicológico que padecieron durante
años provocó una actitud de mutismo y omisión. «Ella nunca nos contó
mucho acerca de su deportación. Sabemos que con sus camaradas fue
inefable; las mujeres debían soportar la vida, una vida que les habían
arrebatado, pero que vencieron con empeño, fraternidad y solidaridad. Y
aunque fue duro, muy duro, estas mujeres resistieron», relata
Marie-France Cabeza-Marnet, hija de Ángela Cabeza Rodríguez, leonesa que
salió con vida de aquel sufrimiento inimaginable. Originaria de Magaz
de Cepeda, sobrevivió al holocausto, pero jamás contó nada a los suyos y
les prohibió visitar el campo, recuerda la mayor de sus tres hijos. El
segundo nombre de mujer leonesa registrado en los archivos de
Ravensbrück —este impronunciable nombre significa en alemán ‘puente de
los cuervos’— es el de Adrienne Calderón, según los datos del censo
lanzado recientemente por el Ministerio de Justicia, nacida en Lugán el
10 de julio de 1913. De ella no existe ni rastro. En los papeles de la
resistencia francesa a los que ha tenido acceso este periódico, el
nacimiento de Adrienne —en el exilio era habitual afrancesar el nombre o
cambiarlo para evitar represalias a los familiares en España— figura en
Perpignan, por lo que su caso abre muchas incógnitas. De Adrienne, que
actualmente tendría 99 años, sólo se sabe que entró en el campo de
concentración en 1945 y después fue deportada a Helmbrechts, comando
principalmente de mujeres, situado en Baviera, que trabajaba para la
planta de tejidos Josef Witt, para después ser trasladada a Holleischen,
donde las mujeres detenidas trabajaban para la firma de municiones
Skoda.
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| Prisioneras en el campo de Ravensbrück |
Este periódico ha localizado a los descendientes de la leonesa Ángela
Cabeza Rodríguez en una pequeña comuna francesa situada en la región
denominada Isla de Francia, departamento de Essonne, a23 kilómetrosde
París. Ángela llegó a esta pequeña villa en los primeros años 30 de la
mano de su abuela Marcela Carro; sólo llevaba consigo eso y una
adolescencia vivida en la adusta Cepeda leonesa. Su padre era Florencio
Cabeza (1883, Revilla, Cantabria), «un hombre que viajó extensamente
movido por contratos en el Canal de Panamá, Cuba, Los Ángeles,
Argentina… Eso le permitió alimentar a su gran familia de ocho hijos,
dos de los cuales nacieron en Francia», recuerda la biografía que
Marie-France ha ido recabando con el paso de los años. Como en muchos
otros casos, pese a que su madre sobrevivió a la tortura nazi, nunca
habló a sus hijos del pasado. La madre de Ángela era Feliberta Rodríguez
(nacida en 1895), natural de Magaz de Cepeda. De allí partieron hacia
Francia años antes de que empezara la Guerra Civil española sin saber
que, finalizada ésta, la Segunda Guerra Mundial iba a abrir una herida
permanente en esta familia.
Ángela, desde muy joven, se adhirió a los movimientos de jóvenes
antifascistas (Rouge Union des Jeunes Filles de France) y participó a
partir de 1940 en la resistencia contra la ocupación nazi en el seno de
esta organización juvenil, algo que hicieron otras muchas españolas que
se encontraban en Francia. Tuvo que dejar la escuela para ayudar en la
economía familiar y compaginó su lucha clandestina contra el fascismo
con un trabajo en el salón de vinos Bercy, donde su principal tarea
consistía en lavar botellas. Más tarde trabajó en la chocolatería
Jacquin. Allí empezó su vínculo con los movimientos obreros hasta
convertirse en la responsable de la organización del resistente Front
National (Frente Nacional), con el grado de sargento. «Tras la derrota
del ejército francés y la ocupación alemana en Francia es natural que
participara en las acciones contra los nazis», recuerda su hija a través
de varios email intercambiados durante los últimos días, en los que
cuenta detalles tan emotivos como que uno de los pocos recuerdos que su
madre mantuvo cuidadosamente conservado durante toda su vida fue un
colgante que ella misma bordó en sus primeros años de cautiverio.
Cuando el ejército de Hitler empezaba a tomar el territorio francés,
Ángela participaba en reuniones clandestinas, principalmente en una casa
cerca de la estación d’Epinay sur Orge, y distribuía octavillas por
todo el departamento, participando en acciones prohibidas en el entorno
de París.
La policía francesa le tendió una trampa el 23 de marzo de 1941. Fue
detenida y encarcelada en Corbeil, antes de ser transferida a Fresnes.
Los tribunales franceses y alemanes la condenaron por infracción del
decreto del 26 de septiembre de 1939, por la publicación, circulación,
distribución y difusión de todo tipo de material clandestino. Cumplió
condena, pero no fue liberada. El 13 de mayo de 1944, el convoy 1212 la
trasladó a un infierno que duraría prácticamente un año. Llegó a
Ravensbrück cinco días después de salir de Francia. En ese mismo convoy
iban otras muchas mujeres, entre ellas la activista francesa Tillion
Germaine. «Se convierte en una pieza que lleva el número 39144, el cual
debe aprender de memoria en alemán para evitar riesgos durante las
llamadas. Ahí supo lo que era la humillación, la deshumanización, el
miedo, pero también la solidaridad, la dignidad dentro de la
indignidad».
Cuando Ángela entró en Ravensbrück, la fama de este campo ya era
brutal. A la monstruosidad que se podía vivir en cualquier campo
concentracionario de hombres, en éste había que sumar los horrores
propios que padecieron las mujeres por su simple condición femenina,
caso de los experimentos médicos para probar sustancias químicas contra
infecciones, esterilizaciones, métodos para el transplante que incluían
mutilaciones, violaciones, prostitución, etcétera. «Jamás nos habló de
Ravensbrück y además nos prohibió ir», narra uno de los escritos de
Marie-France.
En este campo, Ángela realizó trabajos forzados. Todas las internas
eran obligadas a trabajar, principalmente en las explotaciones agrícolas
y la industria local. Fueron muchísimas las empleadas para construir
piezas de los cohetes V-2, dentro de la factoría de Siemens AG.
Aprovechando la mano de obra barata, fueron construidas varias factorías
cerca del campo de exterminio, principalmente para producir componentes
textiles y eléctricos. A partir de 1944, Ravensbrück se había
convertido en el centro administrativo de un sistema de más de 40
subcampos, con alrededor de 70.000 trabajadores forzosos,
mayoritariamente mujeres.
Ángela fue asignada a transportar piedras para construir carreteras.
Su hija Marie-France envía una fotografía de la gigantesca rueda de
piedra que aún se conserva entre las ruinas del campo, con la que molían
el balasto sobre el que se levantaron las autopistas alemanas. «Pero
Ravensbrück fue sólo un paso. Mi madre fue trasladada al campo de
concentración de Flossenbürg, en Checoslovaquia. Eran campos de muerte
lenta. Trabajó para Siemens, que utilizaba a los deportados para
producir al menor coste posible: los trabajos abusivos y las escasas
raciones de comida estaban hechas para eliminar en unos meses a la
mayoría de los deportados». Ángela fue penalizada en varias ocasiones
por sabotear la maquinaria y los componentes y provocar retrasos en la
producción. Esta parte de la vida de la resistente cepedana se ha
conocido gracias a un documento que una de sus amigas, Fourel Claudine,
compañera de mesa en la planta de Siemens, entregó a sus hijos después
de años.
Ángela Cabeza fue liberada por el ejército ruso el 8 de mayo de 1945.
Poco antes de concluir la II Guerra Mundial, la Cruz Roja
Internacional, con la colaboración de Suecia y Suiza, intercedió ante
las autoridades nazis para salvar a cuantas presas de Ravensbrück
pudieran. Consiguieron evacuar a estos países a unas 7.500 prisioneras
cuyo destino era una muerte segura. Otras 20.000 mujeres, las que
físicamente tenían fuerzas para caminar, fueron dirigidas por las SS
hacia el norte de Meckenburg en lo que se conoce como Marcha de la
Muerte. El ejército ruso liberaría a esta columna humana horas después
y, cuando llegaron a Ravensbrück, quedaban alrededor de 3.500 mujeres y
300 hombres desnutridos, enfermos. Se sabe que Ángela fue enviada a la
región francesa de Longuyon y la recibieron en Lutetia, el 19 de mayo de
1945.
Las secuelas quedaron para ella. Con la ayuda de la Federación
Nacional de Deportados, Ángela fue ingresada en un hospital para
reponerse y reintegrarse socialmente. A partir de entonces, esta
organización la empleó como trabajadora social en una clínica parisina.
Su paso por la barbarie del fascismo, lejos de aterrorizarla, le dio
fuerzas para continuar la lucha política en defensa de sus ideales. Se
unió al Partido Comunista con la comunidad española, que era muy activa
en la clandestinidad en Morsang sur Orge. Allí organizaban reuniones
periódicas y recibían a familias exiliadas.
Tres años después, en 1948, Ángela se une al Centro Jean Moulin,
propiedad de la federación de deportados. Allí conoció al ex guerrillero
republicano Francisco Martín Prieto —Enrique Martín Sierra, en
realidad—, que trabajaba como jardinero en el castillo propiedad de la
federación. Hasta 1953 vivieron en este palacete, donde tuvieron tres
hijos: Marie-France (1948), Enrique (1950) y Aline Daniele (1953).
Ángela Cabeza Rodríguez falleció en una clínica de Fleury Mérogis el 21
de diciembre de 1992, «día de invierno que le horrorizaba».
http://www.diariodeleon.es/noticias/afondo/leonesas-en-infierno-nazi_732099.html