martes, 13 de septiembre de 2011

Mujeres comunes en la lucha contra el franquismo

Un documental valoriza el papel de las ‘mujeres comunes’ contra el franquismo con el objetivo de ‘impedir que caigan en el olvido’

Niños de la escuela de Monelos. | Proyecto Nomes e Voces
Niños de la escuela de Monelos. | Proyecto Nomes e Voces


El Mundo,es 09/09/2011

Su director dice que es ‘necesario evitar que la historia caiga en el olvido’
Laura Seara recuerda la obligación de visibilizar la represión de la dictadura
La presentación del documental ‘Republicanas en Galicia’, dirigido por Jorge Gil, congregó en Ourense a una representación de la izquierda social y política en lo que constituye un acto más de la reivindicación de la memoria histórica. Laura Seara, secretaria de estado de Igualdad, fue la encargada de explicitar esa intención al concretar en 600 el número de actos que el Gobierno de España ha promovido desde el 2006 para “reparar la injusticia histórica de la guerra y la defensa de los valores democráticos de la España de 1931″.
El documental es un eslabón más en la reivindicación de las historias personales que necesitan de “un reconocimiento público” de los ciudadanos de la España de hoy y “sobre todo impedir que caigan en el olvido”, según manifestó el director Jorge Gil.
Las protagonistas del trabajo de Gil son personas normales, heroínas de la cotidianidad, que han demostrado “con su ejemplo de vida un compromiso con la democracia y la libertad”. Esta visibilización de lo común es, a juicio de la secretaria de estado, una obligación y constituye a la vez el reconocimiento a las mujeres “doblemente discriminadas por su condición femenina y por su militancia en la izquierda”. Laura Seara dejó claro que en ningún caso se trata de una aportación aislada, y aprovechó para recordar las iniciativas puestas en marcha desde su departamento “como el homenaje a las maestras en el que participaron los sindicatos mayoritarios del Estado Español”.
El proyecto presentado en Ourense consta de un documental y una página web en las que se ofrece el testimonio de varias mujeres gallegas cuyas vidas quedaron marcadas por la represión sufrida en sus familias durante la Guerra Civil y el franquismo. En palabras del director, Jorge Gil, con la creación de “este espacio web se pretende dar máxima difusión a estos testimonios y acercarlos también a los más jóvenes”.
Los asistentes a la presentación en Ourense pudieron ver trozos del trabajo de Gil. Presentado como una sucesión de testimonios, se seleccionaron tanto los que tenían una vertiente más política, como los más sentimentales. Una de las señoras recordaba “las canciones que le cantábamos a la bandera tricolor cuando éramos niños en el colegio”. También había espacio para los recuerdos sobre las distintas manifestaciones culturales de la época e incluso para las milicianas que combatieron contra el ejército golpista liderado por el general Franco.
Precisamente este punto llamó la atención de la viceministra gallega, que advirtió que “en el caso de las combatientes republicanas fueron doblemente heroicas porque lucharon contra la desconfianza que generaron entre los hombres por su condición femenina”. La secretaria de estado de Igualdad incidió en que “este acto no debe verse como un elemento de división y enfrentamiento sino de todo lo contrario: como un instrumento de aprendizaje y unión colectivos”.
El acto tuvo algo de romántico y nostálgico. Entre los invitados figuraban viejos dirigentes del Partido Comunista de Galicia, como Manuel Peña, y militantes de base que lucían en la solapa de su chaqueta la bandera tricolor. Este carácter reivindicativo e histórico también fue subrayado en su intervención por el alcalde de Ourense, Francisco Rodríguez, quien se mostró satisfecho de que la ciudad acogiese la presentación. Al finalizar, estampitas laicas con la caratula del vídeo, intercambios de direcciones y preguntas sobre cuándo y cómo se podrá ver el documental.
http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/09/galicia/1315598002.html

viernes, 9 de septiembre de 2011

Verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición


Nos volveremos a reunir el 17 de septiembre en el Boulevard donostiarra para seguir reclamando verdad, justicia y reparación
Ahaztuak 1936-1977

MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN VÍCTIMAS DEL GENOCIDIO. DONOSTIA, POR MIKEL AINGERU PASKUAL MAIZA Y GOTZON ETXARRI AIZKORRETA

Martes, 6 de Septiembre de 2011

Desde hace 75 años el Estado español ha intentado ocultar sistemáticamente uno de los peores genocidios del siglo XX
Se habla de la Guerra Civil como si se hubiera dado un enfrentamiento entre hermanos, cuando en realidad se trató de un alzamiento militar (golpe de estado violento) contra un gobierno legítimo y, posteriormente, una planificación fría y premeditada para la eliminación de amplios sectores de la sociedad, que eran los que defendían la libertad y la democracia y se oponían a la dictadura franquista, considerados por esta como un virus que había que exterminar.
Hace 75 años tuvo lugar un alzamiento militar ilegal, un golpe fascista, que desencadenó la guerra criminal franquista del 36 y el posterior exterminio de cientos de miles de seres humanos .
En Euskal Herria quedan por esclarecer las circunstancias y las responsabilidades penales por más de 8.000 muertes por arma de fuego (crímenes de lesa humanidad). Se calcula que solo en los primeros días del golpe, unas 3.000 personas fueron ejecutadas en Nafarroa.
Quedan también por establecer la verdad, la justicia y la reparación para los miles de ciudadanos vascos muertos o heridos en bombardeos sobre población civil, para los más de 80.000 encarcelados e internados en batallones de castigo; para los más de 150.000 exiliados, para los 35.000 niños que tuvieron que ser evacuados, y un largo etcétera.
El próximo 13 de septiembre se cumplirán 75 años de la entrada fascista en Donostia. En la capital de Gipuzkoa se han podido contabilizar, hasta la fecha, gracias a la labor de investigación de diferentes colectivos, entre los que se encuentra la Asociación Víctimas del Genocidio, casi 400 civiles fusilados, además de cientos de encarcelados y exiliados. (Frankismoa Donostian. El Genocidio franquista en Donostia. Iñaki Egaña-Asociación Víctimas del Genocidio).
Desde hace décadas somos muchas las asociaciones de víctimas del franquismo, memoria histórica, familiares, etc., que, en Euskal Herria y otros lugares, venimos reclamando verdad, justicia y reparación, además de garantías de no repetición.
En este sentido, creemos que, ante la falta de interés en el Estado español por investigar los crímenes fascistas, es necesaria la creación de una comisión de la verdad que saque a la luz los crímenes de lesa humanidad del franquismo.
En esa misma línea de esclarecimiento, es importante la existencia de precedentes internacionales como la resolución de la Cámara Federal Argentina, que por primera vez permitirá juzgar los delitos y crímenes de la dictadura franquista española en un país extranjero.
Esta Cámara Federal plantea también que la investigación se extienda del 17 de julio de 1936 al 15 de junio de 1977 (después de 1977 también, ese Estado heredero de Franco, ha seguido utilizando el crimen y el delito; GAL, Batallón Vasco Español, guerra sucia, torturas sistemáticas, etc.). Además, los denunciantes instan a los jueces a que envíen un exhorto al Gobierno español para determinar en qué estado se encuentran las investigaciones de los crímenes cometidos por el franquismo exigiendo los nombres de ministros, dirigentes de Falange o de otras fuerzas represivas que fueron parte de la dictadura y que llamen a declarar a víctimas y testigos.
Algunos dicen que la mayoría de los represores están muertos. Y no es cierto, si ahora se investigara solo hasta 1977, imaginemos la cantidad de ministros, jueces y miembros de las Fuerzas Armadas que podrían ser imputados. La pregunta es: ¿se atreverá algún juez español a realizar, de verdad, alguna investigación de este tipo?
Siguiendo con la resolución de la Cámara Federal, en el caso de que Argentina solicite la extradición de responsables de los crímenes franquistas, ¿qué hará el Estado Español? ¿Se negará? Si así fuera, todos los que sean acusados en este proceso no podrán salir de sus fronteras, porque correrían el riesgo de ser detenidos. España se convertiría en su único refugio.
Esto podría crear a nivel internacional una imagen negativa muy fuerte con respecto a la “democracia española”, que haría crecer, a nivel interno y externo, el clamor de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición .
También es necesario recordar los llamamientos de la Amnistía Internacional y Derechos Humanos de la ONU al Gobierno español, recordándole que “siguen sin cumplir sus compromisos con la legalidad internacional” al no incluir en su modificación del Código Penal el delito de desaparición forzada conforme a la definición de la Convención de Naciones Unidas para la Protección de las Personas ante la Desaparición Forzada.
Hay que tener en cuenta que la Ley de “autoamnistía” de 1976 no será un impedimento, porque esa ley no puede proteger este tipo de delitos. Además de crímenes políticos, son crímenes de lesa humanidad. No hay un obstáculo legal en el Estado Español, sino uno político y otro judicial que son inexplicables e inasumibles.
Queremos saber qué pasó con nuestros familiares y dónde están sus restos. Queremos saber quiénes fueron los responsables de su asesinato. Queremos que se haga justicia y sobre todo queremos que los responsables militares y políticos de ese genocidio sean, por fin, juzgados por un tribunal, si es internacional mejor, que repare esta injusticia histórica.
Por todo ello, realizamos un llamamiento a todas las instituciones públicas para que den los pasos necesarios en este sentido, facilitando el cierre de las heridas, todavía abiertas 75 años después. Los cientos de miles de víctimas del terrorismo franquista merecen justicia y nosotros no descansaremos hasta que se haga realidad.
En esta línea, de recuerdo y reivindicación, nos volveremos a reunir el próximo 17 de septiembre en el Boulevard donostiarra (Boulevard Víctimas del Franquismo) para seguir reclamando verdad, justicia y reparación, incluidas garantías de no repetición. Os esperamos.
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2011/09/06/opinion/colaboracion/verdad-justicia-reparacion-y-garantias-de-no-repeticion

jueves, 8 de septiembre de 2011

«La represión franquista fue un plan de exterminio»

Paul Preston

PAUL PRESTON
«La represión franquista fue un plan de exterminio»
Es uno de los grandes hispanistas británicos, quizá el último de esta influyente corriente de historia y literatura. Con el coste emocional de quien sufre el dolor ajeno, Preston desgrana en una entrevista exclusiva para Diario de León «el holocausto» que padeció España durante la Guerra Civil e inmediata posguerra, temas centrales de su último ‘best seller’. Pretendía ser el adelanto de su inminente visita a León, pero un contratiempo personal aplaza el encuentro con su público hasta la próxima primavera.

Familiares de victimas de la represion franquista posan con fotografias que relatan el genocidio mientras realizan una asamblea para coordinar la concentracion permanente por la justicia universal y en apoyo al juez Baltasar Garzon en la Facultad de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense.

Familiares de victimas de la represion franquista posan con fotografias que relatan el genocidio mientras realizan una asamblea para coordinar la concentracion permanente por la justicia universal y en apoyo al juez Baltasar Garzon en la Facultad de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense.GUILLERMO SANZ


marco romero | león 04/09/2011
Manuel Santamaría Andrés, profesor de Literatura en el Instituto de León, fue encarcelado a finales de julio del 36 en la infausta cárcel de San Marcos. Sólo por ser un miembro destacado de Izquierda Republicana. El 4 de septiembre era condenado junto al entonces gobernador civil, Emilio Francés Ortiz de Elguea, y otros 29 hombres más. Su esposa y varios parientes viajaron a Burgos para que su pena de muerte fuera conmutada por años de cárcel. Lo consiguieron. Pero la noticia llegó a León antes que ellos y fueron recibidos con una lluvia de balas. Las autoridades militares obligaron a revocar la conmutación y los 31 prisioneros eran ejecutados el 21 de noviembre de 1936. Monseñor José Álvarez de Miranda, obispo de León, a pesar del entusiasmo que mostró al inicio del golpe militar, quedó consternado por las matanzas y empezó a interceder con las tropas de la región en favor de algunos prisioneros. Por cuestionar un tribunal del Ejército, al obispo le impusieron una multa de 10.000 pesetas. Y años más tarde, el Régimen le haría pagar su debilidad con un burdo montaje que desacreditaría su carrera para siempre.
Leyendo y hablando con el hispanista británico Paul Preston (Liverpool, 1946) cobran sentido las descripciones realizadas por Victoriano Crémer en el Libro de San Marcos tras su experiencia en el terrorífico campo de concentración— «‘¡Comeos los unos a los otros!’, nos aconsejaban piadosamente los guardianes, ‘y así tendréis más sitio’»—, los aterradores testimonios recogidos a pie de fosa durante las exhumaciones de cadáveres y el desesperado lamento de los que sobrevivieron a la tragedia.
La inmersión de Preston en el holocausto español —primera vez que no se habla solamente de matanzas o genocidio— ha logrado revisar los datos y los hechos acontecidos en la retaguardia durante la Guerra Civil e inmediata posguerra desde una perspectiva imparcial, analizando la represión en ambos bandos. Su ensayo concluye que por cada muerte en zona republicana se registraron tres en la rebelde. Y que el dolor sufrido por el pueblo español, fuere del bando que fuere, justifica de sobra el dramático concepto introducido en el título de su último libro, El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, publicado por Debate (859 páginas). Más de mil libros leídos, casi veinte años de dedicación y un coste emocional irreparable preceden la última publicación del Premio Príncipe de Asturias en Historia Contemporánea, a su vez excelente embajador del humor inglés, al que define como una «mezcla de retranca gallega y mala follá granaína».
Paul Preston, acostumbrado a convertir en best seller cada uno de sus ensayos o biografías, atiende personalmente el teléfono en su vivienda de Londres. El pretexto para entrevistarle era su inminente visita a León. El próximo viernes estaba previsto que el afamado escritor se sentase en el Parador de San Marcos para conversar con su público, en un acto organizado por las librerías Artemis y el grupo editorial Random House Mondadori. Pero han surgido contratiempos familiares obligan a posponer este encuentro, quizá hasta la próxima primavera, aventura el autor de Las tres Españas del 36, Juan Carlos, el rey de un pueblo, La política de la venganza o Biografía de Franco. Aún sabiéndolo, el director del Centro Cañada Blanch para el Estudio de la España Contemporánea de la London School of Economics and Political Science, accedió a ser entrevistado. Incluso dos veces por culpa de los duendes que habitan en las grabadoras digitales y borran las conversaciones sin que nadie se lo pida.
—¿Por qué este trabajo? ¿Cómo lo justifica?
—Mi deber es explicar la Historia a los anglosajones, con lo cual eso me empuja a temas grandes. Si yo hiciera un libro sobre los aparceros de Castilla La Vieja no sobreviviría muchos años en la universidad inglesa. Por eso me dedico a asuntos como la Guerra Civil, Franco, la Transición, Segunda República… Desde mi primer libro La destrucción de la democracia en España, [lo escribió en los años 70 y desmenuza la Segunda República], siempre me ha interesado el destino de los vencidos, por así decirlo. Durante los largos años que hice la biografía de Franco me interesaron mucho los orígenes de su dictadura, su política de guerra, que era más bien una política de exterminio. A los diez o doce años decidí que tenía el deber de estudiar a fondo lo que pasó en la retaguardia durante la Guerra Civil. Pero a lo largo del trabajo entendí que no podría limitarme a estudiar lo que hicieron sólo los rebeldes militares, sino que también tenía que estudiar la violencia en la retaguardia republicana, y de todo eso salió el libro. No sé si eso le justifica a usted mis años perdidos.
—No le pedía exactamente que se justificara…
—Te estoy tomando el pelo.
—Lo siento, pero no pillo el humor inglés.
—Te vendría bien. Es una cosa muy enriquecedora para ponderar los sinsabores de la vida.
—No conozco muchos británicos, la verdad.
—Pero España tiene otras cosas, como la retranca gallega. Añadiendo algo de la mala follá granaína se va acercando al humor inglés.
[El entrevistado parace tener habilidades magistrales para romper la frialdad que impone una charla telefónica]
—Volviendo a su libro, ¿por qué introduce el término holocausto? Hasta ahora en España para referirse a las víctimas de la Guerra Civil y la represión posterior se hablaba de matanzas, como mucho de genocidio. Incluso en la versión en inglés de este ensayo, todavía sin publicar, se está pensando en incluir el concepto Inquisición.
—No se sabe si finalmente saldrá así. Jugar con la palabra Inquisición podría ser interesante para un público como el de Estados Unidos, que no sabe nada de la Historia española del siglo XX. Pero también podría tener connotaciones de que hay algo especialmente sangriento de los españoles, y eso no se puede pensar bajo ningún concepto. Parto de la base de que muchas de las cosas que ocurrieron en España pasan en todas las guerras civiles, aunque el elemento exterminio que había por parte de los rebeldes militares no lo tienen todas.
—¿Es consciente de que estos conceptos le alejan de cierto público, por ejemplo el de derechas?
—Eso tendrías que preguntárselo al lector de derechas. Pongamos que estuviera hablando como ese lector: diría que este holocausto incluye a personas de izquierdas y de derechas, porque hubo víctimas de ambos lados, eso por un lado. Por otro, no se puede negar que murieron cientos de miles de españoles como consecuencia del golpe militar. La excusa que utilizaron los militares en el 36 y que utilizaron muchos de los que les apoyaban fue el estribillo de la dictadura durante 40 años, y es que el alzamiento se hizo para salvar España. Personalmente no puedo concebir una manera de salvar tu país a base de matar a medio millón de sus habitantes. Osea, si realmente la finalidad era esa, lo podrían haber hecho muy fácilmente poniendo sus servicios a disposición del Gobierno de la República. Pero es que había mucho más que eso; decir que trataban salvar España del desorden se puede desmontar enseguida.
[Aunque no es el asunto central del libro, las cifras siempre son polémicas. Preston abre el prólogo afirmando que «durante la Guerra Civil española, cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales. [...] Por esa misma razón, al menos 300.000 hombres perdieron la vida en los frentes de batalla (p. 17)].
—La recopilación de datos sobre las matanzas lejos del frente y en los frentes de batalla es muy precisa. También novedosa porque aumenta las cifras que se conocían hasta ahora. Pero hay quien ha dicho que son cifras exageradas.
—Para obtener las cifras hay que tener los nombres de los muertos, con lo cual es más fácil llegar a cifras fidelignas respecto a los muertos en zona republicana que en zona rebelde. Yo no pretendo decir que tengo las cifras exactísimas, porque eso es imposible para cualquiera. Igual un historiador de un pueblo lo puede hacer, pero en toda España requeriría un equipo masivo de cientos de historiadores locales. Volviendo al tema, en el caso de los muertos en la zona republicana es más fácil por varias razones. Primero, en el momento de ocurrir las atrocidades, las autoridades republicanas intentaron identificar los cadáveres y comunicarlo a las familias, aunque no siempre fue posible. Eso ya ayudaba a la identificación de las víctimas. Cuando los militares tomaron cada plaza, ya empezaron a conocer los detalles ‘frescos’, por así decirlo. Y después de la conquista del territorio nacional entero se montó toda una operación con los recursos del Estado para identificar y localizar a las víctimas. Eso fue la Causa General. Franco había dicho en un discurso que las víctimas eran 400.000. Eso es ridículo. Montó la Causa General y logró la cifra de 85.000. Nunca se publicó esa cifra porque le habría dejado en ridículo. Pero luego, en los últimos años, esas cifran ha sido sometidas al escrutinio de historiadores locales y se ha descubierto que hay muchas duplicaciones. Es decir, un hombre que era de Jaén pero que murió en Madrid cuenta dos veces, porque cuenta entre las víctimas de Madrid y cuenta entre las víctimas de Jaén. De manera que muchos estudios muy detallados han llegado a la cifra de 50.000. Es sólo indicativa, pero bastante exacta en cuanto a las víctimas en zona republicana. En zona rebelde es mucho más difícil porque nunca hubo una investigación semejante, las autoridades no querían que se supiera el nivel de la matanza, había problemas de gente que murió lejos de sus pueblos, que no llevaba papeles y eran difíciles de identificar. Pero a base de las investigaciones de historiadores locales se han llegado a descubrir los nombres de 130.000 personas. Hay bastantes provincias, sobre todo en Castilla La Vieja, donde apenas se ha hecho investigación y hay otras, incluso en el sur, donde sólo se han hecho investigaciones parciales. Todos los investigadores están de acuerdo en que esas 130.000 son sólo el comienzo, por lo que se llegaría, como mínimo, a 150.000, es decir tres veces más.
[Es necesario reseñar que Preston se ha documentado con un abundante grupo de historiadores locales, a los que dedica un amplio capítulo de agradecimientos. En León colaboraron el profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de León Javier Rodríguez, el archivero Alejandro Valderas y los también historiadores José Enrique Martínez Fernández e Isabel Cantón Mayo]

—El estudio de Salas Larrazábal estima que en el frente de batalla murieron 167.000 personas. Usted casi duplica esa cifra.
1397058884Es que ese estudio no está hecho a base de nombres, sino con la Causa General y estimaciones. Salas Larrazábal es un gran historiador militar, pero ese libro ha sido bastante desacreditado entre los investigadores de este tema.
[No ha sido menos polémica su aportación sobre las consecuencias del golpe de Estado, concluyendo que hubo ‘violencia institucionalizada’ en la zona rebelde y ‘violencia espontánea’ en la zona republicana. Los casos que introduce sobre la provincia leonesa se incluyen en el capítulo titulado ‘El terror de Mola’ (p. 253-306), en el que se relatan, entre otras atrocidades, las que padeció el magisterio].
—¿Qué diferencias hubo entre las víctimas de una misma guerra?
—Por un lado, hay una diferencia cuantitativa de tres a uno. También hay otra gran diferencia de intencionalidad. En zona republicana todo lo que pasó fue en contra de los deseos de las autoridades republicanas y realmente las matanzas habían acabado alrededor de diciembre del 36, porque habían vuelto a imponer el orden. ¿Quiénes eran los culpables ahí? Había incontrolados porque se habían abierto las cárceles, había grupos políticos como los anarquistas que creían que había que acabar con todos los representantes de la vieja sociedad en aras de crear otra nueva, con lo cual asesinaron al clero, a los ricos, si les encontraban, y a los militares, si les pillaban. También hubo grupos de comunistas y algún socialista que hizo eso. Pero siempre en contra de las autoridades republicanas y, en el caso de los socialistas, en contra de los deseos de la dirección del partido. En cambio, en la zona rebelde, la eliminación del pueblo republicano, por así decirlo, de la gente asociada a las ideas progresistas de la república, los maestros, las maestras, todo el que había participado en un sindicato, en un municipio; todo el que estuviera de alguna forma relacionado con la república o participado en acciones sindicales que suponían un desafío a los terratenientes eran las víctimas predestinadas por el plan de exterminio que había. Había un plan previo de eliminación del enemigo y eso no tiene parangón en la zona republicana. Lo que sí hubo en ambas zonas fueron los bajos instintos humanos. En ambas zonas hubo casos de gente que aprovechó la situación para vengarse de alguien, para robar lo que codiciaban: y eso era la mujer, la casa, la propiedad, la empresa. Había mucho de eso; gente que, por la situación, podía violar, robar y matar impunemente. Y eso es algo que ocurre en todas las guerras civiles. Pero las grandes divergencias entre los dos tipos de víctimas son la intencionalidad y las diferencias cuantitativas.
—¿Falta arrepentimiento?
—Depende de quién se hable, porque evidentemente en el caso de los republicanos lo que había era la amargura de la derrota. Los exiliados tenían como primer cometido sobrevivir en países donde no entendían el idioma, con problemas tremendos. Y los de dentro: el sufrimiento de los que quedaban en campos de concentración, cárceles, las ejecuciones… Sí que había algún intelectual que en lo privado se arrepintió, pero más bien había intentos de culpar a otros por la derrota. Y en la zona victoriosa o vencedora no había nada, más bien lo que había era una propaganda para disminuir al derrotado y dividir la sociedad entre vencedores y vencidos, incluso de mantener una especie de miedo por lo que podría suponer la vuelta de los rojos pidiendo venganza. No es que hubiera la mínima posibilidad, pero ésa era la propaganda del Régimen. Oficialmente hubo muy poco arrepentimiento. Muchos intelectuales republicanos escribían denunciando esas atrocidades, pero en la zona franquista había individuos [la parte final del libro aborda ampliamente este tema] que tenían sentimiento de culpabilidad, que tenían problemas dramáticos por todo lo que habían visto y en lo que habían participado. Es muy difícil generalizar, pero en general ha habido poco arrepentimiento.
—¿Y la Iglesia?
—En los años 70, los obispos hablaron de que la Iglesia no se había comportado con espíritu cristiano, pero esa declaración fue derrotada en el seno de la jerarquía eclesiástica. Ha habido arrepentimiento, pero oficial nunca.
[Las conclusiones del hispanista sobre los dramáticos sucesos de Paracuellos implican directamente a Santiago Carrillo, pese a su silencio. Preston considera que decir que no tuvo nada que ver es tan absurdo como hacerle el único responsable. «Es inconcebible que tales decisiones fueran tomadas aisladamente por tres políticos tan jóvenes como Carrilo, de 21 años, Cazorla, de treinta años, y Serrano Poncela, de veinticuatro» (p. 466)].
—¿Qué puede decir de Santiago Carrillo?
—Yo he escrito el libro con afán de llegar a la verdad de lo que pasó, caiga quien caiga, por así decirlo. Mi intención no era poner mal a Santiago Carrillo, pero intentando descifrar lo que había pasado en Paracuellos del Jarama y en Madrid durante el asedio de octubre y noviembre es evidente que Carrillo tenía una responsabilidad, pero lo que no se puede decir es que fuera el responsable. Lo que intento mostrar en el libro son los diferentes niveles de cómo se tomaban las decisiones y quiénes tenían la responsabilidad de organizarlo y todo eso, dentro de lo cual una parte importante de la responsabilidad de la implementación de las decisiones corría a su cargo. Lo que pasa es que Carrillo mismo, por haber negado lo obvio durante tantos años, ha sido cómplice de los que dicen que ha sido el único responsable. Yo creo que parte del problema es precisamente eso, negar cosas absolutamente evidentes. Ha dado muchísimas entrevistas, que si se juntan todas cae por su propio peso porque en una entrevista contradice lo que dijo en otra. Por su cargo, era casi como un ministro de Gobernación dentro de la Junta de Defensa de Madrid, tenía la responsabilidad de los presos y de lo que pasó con ellos. Y los que implementaron sus decisiones informaron diariamente, por eso decir que él no sabía nada es un absurdo.
—¿Lloró? En el capítulo de las gratitudes dice que Gabrielle, su esposa, «es la única que conoce el coste emocional que ha supuesto la inmersión diaria en esta crónica inhumana».
—A lo largo del libro me provocó indignación ver la muerte de personas inocentes en ambas zonas, pero lo que realmente me emocionó fue el tratamiento a las mujeres y a los niños, y especialmente las cosas que pasaron a las mujeres que llegaban a la cárcel con sus hijos pequeños o embarazadas. Había una población bastante amplia en las cárceles, donde las condiciones eran inhumanas para estas mujeres con niños. El tratamiento de esos niños fue espantoso, incluso se los robaban a las mujeres jóvenes. Eso me ha emocionado mucho. También había casos de pueblos donde mataron a familias casi enteras. Lo hicieron con los adultos, dejando en la calle a niños de tres, cuatro o cinco años totalmente desamparados. Cualquier ser humano se emociona con estos casos.
—¿Contribuye este libro a la reconciliación o, por el contrario, cree que reabrirá viejas heridas?
—Yo no creo que este libro pueda reabrir heridas porque aparte yo reconozco que hay muchos españoles que ya ni piensan en eso; se exagera bastante. Oigo a políticos hablar de la posibilidad de una nueva guerra civil o que el país está dividido. Eso es un absurdo. Hay generaciones enteras que ni saben quién era Franco y mucho menos Negrín. Pero sí espero que sea una contribución al entendimiento porque parto de la base de que no se puede pasar a una plena reconciliación si no se reconoce lo que ha sucedido en ambos lados. En ese sentido, la idea de hacer un libro que pudiera contar con detalle los orígenes de la violencia y también las víctimas en ambos bandos era para que la gente que todavía siente odio pueda ver que no eran los únicos, que había sufrimiento en toda la sociedad. En ese sentido espero que sea una contribución.
—¿Cuál sería entonces la manera de restablecer moralmente a las víctimas de este holocausto? Porque no le he oído hablar todavía de memoria histórica.
—Habría que hacer una revisión de las sentencias de los tribunales militares. Puede que hubiera procesos de personas que habían cometido delitos, pero la gran mayoría no. Eso sería importante. También lo sería que se estableciera una ayuda estatal para las excavaciones y que las autoridades locales no puedan impedir, como pasa en muchos sitios, las conmemoraciones que quiere hacer la gente. Eso ha pasado a Granada, donde se quitan constamente placas a las víctimas. De la misma forma que en Alemania es ilegal negar lo que pasó, haría falta una cierta legislación porque hay cosas que se dicen en tiempos medios sobre lo que pasó que en otros países, incluso en Inglaterra, que no sufrió nada de eso, serían ilegales. El Estado tendría que tomar mano en este asunto, pero es algo utópico porque nunca va a pasar.
—¿Quiere decir que la democracia en España es todavía inmadura?
—La democracia en España nació en unas circunstancias muy difíciles y, evidentemente, hay déficits en la Transición, pero yo no soy de los que lo critica porque fue la mejor transición posible en aquel momento, en un contexto en el que todos los soportes básicos de la dictadura, sociológicos o institucionales, como el Ejército, la Policía Armada, la Guardia Civil o la Falange seguían funcionanado. El problema de ahora no es que sea madura o no. La democracia española tiene graves problemas, como la corrupción. Pero en cuanto a la memoria, el gran problema es que el Régimen de Franco montó una operación de lavado de cerebro del pueblo. A través de su control férreo sobre los medios de comunicación y el sistema de educación impuso a España una versión del pasado, la versión de que su acción militar había sucedido para salvar España, que España era un país en el que vivían buenos y malos y que los buenos eran los vencedores, claro. Todo eso durante 40 años creó un franquismo sociológico. Y de la misma manera que en la ex Unión Soviética 20 años después de la caída del comunismo hay todavía un comunismo sociológico, pues en España hay un franquismo sociológico. Hay gente que se crió en ese caldo de cultivo de las ideas franquistas. Como la democracia no pudo contestar eso con otro lavado de cerebro desde el otro lado, ése es el gran problema. En el libro no hablo de memoria histórica porque creo que es un término cargado de muchas connotaciones, pero diría que el franquismo creó e impuso una memoria histórica, la suya. Sin embargo, los familiares no tienen una memoria histórica única, hegemónica, como la franquista. El problema del legado de la propaganda franquista durante 40 años es que afectará, como mínimo, a tres o cuatro generaciones.
—¿Se ha imaginado alguna vez cómo sería una España que no hubiera padecido la Guerra Civil?
—Es muy difícil. No se puede cambiar solamente un término. Si no hubieran ganado los franquistas, ¿qué habría supuesto? Pues incluso podría haber supuesto que no hubiera pasado una Segunda Guerra Mundial. Hay un juramento hipocrático de los historiadores de no meterse en especular sobre lo que habría pasado porque es imposible saberlo.
—¿Por qué hay tantos hispanistas británicos?
—No es que seamos tantos, lo que pasa es que en Inglaterra el sistema de educación no concibe la Historia como un cuerpo de datos que hay que saber, como otros países, casi siempre centrados en la Hisotria nacional. Aquí se pone mucho énfasis en la Historia como método de análisis, de pensamiento. Por lo tanto se puede aprender un tema tanto del Imperio Romano como de la Guerra Civil española o de la Revolución Francesa, con lo cual hay muchísimos historiadores que estudian otros países. Igual que hay hispanisas hay italianistas, lusistas, alemanistas, etcétera.
—Yo no conozco a muchos investigadores franceses o italianos tan interesados en la Historia Contemporánea de España.
—Fue uno de los grandes imperios de la Historia, por lo que en Inglaterra hay mucho interés en la España del Siglo de Oro y en el declive subsiguiente. Por otro lado, la Guerra Civil española y los acontecimientos del siglo XX fascinan mucho. La guerra todavía se ve como algo idealista. El hecho de que Franco fuese uno de los grandes dictadores de derechas y que sobreviviera 40 años después de ganar la guerra y 30 años después de la caída de Hitler y Mussolini hizo de la Historia Contemporanea de España un pozo de fascinación. Es una mezcla de todo eso: un sistema universitario que prima la Historia de otros países y la fascinación por la España del siglo XX.
—¿Y por qué tienen tanto impacto?
—Yo diría que, por un lado, es gracias al franquismo. La censura primó bastante al escritor extranjero porque tenían libertad para escribir una versión mucho más objetiva. Y luego que los primeros libros entraron de contrabando en España. El libro de Hugh Tomas [La Guerra Civil Española (1961)] ingresó en España por ferroviarios que venían del trayecto de París. Luego hay una diferencia en el sentido de que aquí también hay una tradición de historia narrativa y una creencia de que la historia tiene que ser atractiva. Ahora está cambiando mucho, pero hubo una época en que los historiadores universitarios españoles escribían para otros historiadores universitarios. Y sus libros no llegaban al gran público porque no eran amenos. Nosotros hemos sido no sé si punteros en establecer la idea de que la amenidad y la seriedad pueden ir juntas. Ahora hay magníficos historiadores españoles que hacen libros amenos: Santos Juliá, Julián Casanova, Ángel Viñas… Pero la gran época de los hispanistas era antes, quizá yo sea el último.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El silencio de las guerrilleras

Un documental recuerda la represión sufrida por las colaboradoras del movimiento armado antifranquista.



Foto: Familia Rodríguez López, de Soulecín (O Barco), con la futura guerrillera Chelo en el centro.-


El País / DIANA MANDIÁ - Santiago - 06/09/2011

Carmen Jerez murió embarazada y a tiros. Los falangistas la sacaron de su casa de A Fervenza (O Barco) en 1944 y la violaron durante meses. Los carteles que sus asesinos colgaron con la imagen de su cadáver en los escaparates de Ponferrada daban a entender que había caído a manos de la guerrilla antifranquista a la que protegía. La de esta mujer es una de las seis historias de As Silenciadas, el recuerdo documental de la represión sufrida por las guerrilleras de la chaira, las colaboradoras necesarias de los otros guerrilleros, los del monte, que sí dejaron nombres en los libros de Historia. El documental, una obra a cuatro manos de la filóloga Aurora Marco y del cineasta Pablo Ces, madre e hijo, recorre estos días los municipios de Galicia, a pocas semanas de la publicación de una obra más extensa, un libro en el que la primera lleva cinco años trabajando y en el que aparecen citadas más de 200 mujeres.
"Fueron torturadas, violadas, parieron en la cárcel y sufrieron después el exilio interior", describe Marco, que empezó a interesarse por los enlaces femeninos de la guerrilla durante una investigación anterior, la que desembocó en su Diccionario das mulleres galegas (2007). El compromiso de algunas con la resistencia antifranquista era conocido -es el caso de la maestra Enriqueta Otero, presa durante 19 años- pero en la mayoría de los casos la represión vino seguida de un olvido casi total. "Fueron el eje invisible del acontecimiento histórico, la columna vertebral de la guerrilla. No estaban solamente para labores de emergencia, combatieron y pasaron a la clandestinidad como ellos", sigue Marco.
La revisión de las denuncias que las llevaron a la cárcel muestra que su tarea no era en absoluto menor. "Tenían conocimiento desde hace algún tiempo de donde se ocultaba una partida de rojos huida de la que formaba parte el marido de Celia (Valle) hasta que fue detenido, a la que prestaban en diversas ocasiones servicios, facilitándoles vendas, productos farmacéuticos y alimentos necesarios para su subsistencia", recoge el documento. Encausadas aparecen tres mujeres más de la misma familia de Casaio (O Barco) porque la guerrilla implicó a familias enteras y tejió una amplia red de apoyos, materializada en guaridas clandestinas, o chozos, como se los conocía en la zona de Valdeorras, en los lugares más insospechados. Uno de ellos era la mina de wolframio de Casaio: aunque al servicio de los alemanes, que necesitaban el mineral para el revestimiento de sus obuses, sirvió de forzoso lugar de encuentro entre los presos comunistas obligados a trabajar el yacimiento. En los montes de la misma parroquia resistió hasta mediados de los años cincuenta la Cidade da Selva, que acogió importantes reuniones de guerrilleros de toda Galicia.
Más modesta era A Fortaleza, la casa que los Rodríguez López prestaban a los rebeldes de la zona. La familia de Consuelo Rodríguez, Chelo, profundamente anticlerical, perdió a varios de sus miembros en el monte. Los primeros fueron los padres, fusilados cerca de su vivienda de Soulecín una mañana de octubre de 1939. A su hermano Sebastián, encarcelado y condenado a muerte, Chelo le pasó armas para que "al menos muriera luchando, como era su ideal". Combatió en el monte y vio caer a su pareja, Arcadio Río. En abril de 1949 consiguió entrar en Francia. "No tenía ningún papel, solo la pistola que llevaba en el bolso, por si alguien me pedía la documentación responder con mi pistola", recuerda Chelo en el documental. Hoy vive en la Bretaña francesa y está a punto de cumplir los 92 años.
El perfil de la guerrillera de la chaira es el de una mujer de pueblo, hija, madre, hermana o novia que da alimentos, armas y refugio a los que resisten en el monte, lo que no quiere decir que, detrás del compromiso familiar, no exista una meditada militancia política. "Eran mujeres muy ideologizadas, la mayoría comunistas, y pasaron por las cárceles más duras de entonces", recuerda Marco. El régimen franquista las encerró durante años, en ocasiones más de una década, en prisiones alejadas de Galicia, como Las Ventas, Alcalá de Henares, Málaga o Segovia. "A los nietos no nos dejaron sin abuelos, nos dejaron también sin padres", asegura en el documental una de las nietas de Carmen Rodríguez, enlace de Alvaredos (Quiroga), que buscó refugio en A Coruña al salir de la cárcel. Cuando el dictador veraneaba en Meirás, la Guardía Civil pasaba siempre por su portal.
http://www.elpais.com/articulo/Galicia/silencio/guerrilleras/elpepiautgal/20110906elpgal_15/Tes

sábado, 3 de septiembre de 2011

España y el franquismo, una ‘memoria histórica’ a medias

AI considera insólito juzgar a un magistrado por buscar justicia y reparación para más de 100.000  víctimas de un delito imprescriptible
Desaparecidos durante el franquismo



Manu Mediavilla. Blogs de AI. 31 ago 2011

La justicia española asume su competencia sobre crímenes contra el derecho internacional en otros países, pero se abstiene de investigar los cometidos en el propio. AI considera insólito juzgar a un magistrado por buscar la verdad, justicia y reparación para más de 100.000 ‘desaparecidos’, víctimas de un delito imprescriptible
“¿Dónde están los derechos de miles de víctimas de desaparición forzada?“, se preguntaba Amnistía Internacional ante el procesamiento por presunta prevaricación de Baltasar Garzón, “el único juez que ha intentado dar respuesta a víctimas y familias” de ese crimen contra el derecho internacional que no solo “es imprescriptible” y “no  amnistiable”, sino que “entorpecer su investigación es un delito”. La organización consideraba “insólito que un magistrado pueda ser juzgado por buscar la verdad, la justicia y la reparación para más de 100.000 personas desaparecidas durante la Guerra Civil española y la posterior dictadura franquista”.
Al rechazar la invocación de la Ley de Amnistía 46/1977 para justificar ese proceso sin precedentes –un auténtico ‘aviso’ disuasor a otros jueces en cualquier país–, AI recordaba que en el derecho internacional “los crímenes contra la humanidad no son susceptibles de amnistía, indulto o prescripción”, y que “el Estado español no puede sustraerse a la obligación de investigarlos y poner fin a la impunidad” de sus responsables. Y subrayaba también la terrible paradoja de que “los tribunales españoles hayan asumido su competencia para investigar y perseguir los crímenes más graves de derecho internacional cometidos en países como Chile y Argentina”, sin aceptar la validez de leyes de amnistía o medidas de perdón, y en cambio “se abstengan de investigar crímenes similares cometidos en su propio país”.
Para Amnistía Internacional, que viene publicando desde 2004 varios informes sobre la necesidad de “poner fin al silencio y a la injusticia” y de “garantizar los derechos de las víctimas de desaparición forzada” durante la Guerra Civil y el franquismo, “las exigencias de verdad, justicia y reparación no se cierran por el paso del tiempo, sino con la realización de tales derechos”. Más aún, advierte, el Estado que margina a las víctimas para imponer “la lógica del olvido” en crímenes contra la humanidad, “se coloca fuera de la legalidad reconocida internacionalmente y socava su propia legalidad”.
España no es ni puede ser una excepción. Por eso AI lleva años insistiendo en la “deuda pendiente con las víctimas”. Y por eso analiza muy críticamente la llamada “Ley de Memoria Histórica” 52/2007, de 26 de diciembre. Denominada oficialmente “Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, la considera apenas “un ligero paso adelante” que, al desarrollarse solo lenta y parcialmente, sigue dejando al Estado español lejos de sus obligaciones internacionales de garantizar la verdad, justicia y reparación a quienes sufrieron graves violaciones de derechos humanos.
Podía haber sido peor, porque el Proyecto de Ley inicial del Gobierno incluía dos  mecanismos de impunidad –permitían ocultar la identidad de presuntos autores de crímenes contra el derecho internacional– que le hicieron merecer de Amnistía Internacional el calificativo de “ley de punto final”. Finalmente quedaron desechados en el trámite parlamentario, pero el texto definitivo siguió, en palabras del director de AI-España Esteban Beltrán, “sin garantizar los derechos de las víctimas” más allá de “meras declaraciones de intenciones o disposiciones ambiguas, cuya efectividad deberá demostrarse en la aplicación de la Ley”. Otra asignatura pendiente.
Mucho por hacer
Un año después de aprobada la norma, el primer balance de AI rebosaba de expresiones desalentadoras como “decepción y preocupación” por la respuesta estatal, “incertidumbre y postergación” para los derechos de las víctimas, y “utilización por el Ministerio Fiscal y otras autoridades como argumento para oponerse a la obligación del Estado de investigar en sede judicial los crímenes del pasado”. De hecho, la fiscalía solicitó el archivo del auto de Garzón que en octubre de 2008 admitió a trámite las denuncias presentadas dos años antes por la Plataforma de Víctimas de Desapariciones Forzadas, sobre la base de que “las pretensiones de verdad, reconocimiento y reparación de las víctimas deberán encontrar únicamente su satisfacción a través de los mecanismos establecidos por la Ley 52/2007? de Memoria Histórica.
Amnistía Internacional desmontaría esa línea argumental al corresponsabilizar al Ministerio Fiscal de “la falta de compromiso de las diferentes autoridades con el dolor de las familias”, que tuvieron que  buscar y recuperar por su cuenta y con medios precarios “los restos de sus seres queridos detenidos ilegalmente” y hechos desaparecer. Y remacharía su denuncia con la severa advertencia –apuntada por el Grupo de Trabajo de la ONU sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias– de que “en estricto rigor jurídico internacional, las desapariciones forzadas que aún no han sido esclarecidas, se siguen cometiendo en la actualidad, por lo que se trata de un delito continuado y no de un asunto del pasado”.
AI considera que la “Ley de Memoria Histórica” se queda muy corta en el necesario reconocimiento del triple derecho a la verdad, justicia y reparación de las víctimas de crímenes contra la humanidad durante la Guerra Civil y el franquismo. En el primero, las autoridades han trasladado a asociaciones y familias la responsabilidad estatal en la exhumación e identificación de personas desaparecidas. En el segundo, la fiscalía y la Audiencia Nacional han esquivado el asunto apelando a la Ley de Amnistía de 1977 o remitiendo a los afectados los juzgados territoriales. Y en el tercero, las disposiciones oficiales han tenido más simbolismo que significado y efectos reales.
En ese contexto, y aunque persisten voces partidarias de “pasar página” sobre los crímenes del pasado, AI insiste en los derechos de las víctimas y en que “nada puede justificar que se les dé la espalda”. Así lo subrayaba ya en su informe de 2005 “España: Poner fin al silencio y a la injusticia“, en el que constataba “que durante la Guerra Civil fueron cometidos abusos graves atribuidos a autores pertenecientes a ambos bandos” y reclamaba “el máximo respeto por todas las víctimas que padecieron actos inhumanos en dicho período de la historia, independientemente de afinidades ideológicas, políticas, religiosas o de otra índole”. Dicho lo cual, hacía notar “el ostensible trato desigual hacia las víctimas que fueron desaparecidas y ejecutadas extrajudicialmente por parte de los alzados en armas y sus aliados, y luego por el régimen franquista”. Ese aspecto, añadía, “no fue tomado en cuenta como punto elemental de justicia a resolver durante la transición y los años posteriores”, y en la práctica significó que “para aquellas víctimas y sus familias que fueron privadas de derechos, los años transcurridos no tienen otro significado que el de una prolongada injusticia”.
http://blog.es.amnesty.org/50aniversario/espana-y-el-franquismo/?origen=fbk&org_kwd=franquismo

viernes, 2 de septiembre de 2011

“La Leyenda Roja. Los voluntarios cubanos en la guerra civil española”

De Denise Urcelay-Maragnès. Prólogo de Mirta Nuñez Díaz-Balart



La Librería de Cazarabet, - 2 Septiembre 2011
285 páginas. 15,00 euros. Lobo Sapiens
Dudo que los centenares de cubanos que vinieron a luchar por la República española tuvieran en cuenta las palabras de Cyrano de Bergerac: “J´ai decidé d´être admirable, en tout et pour tout”. Pero, lo cierto es que la decisión de centenares de cubanos de incorporarse a una lucha lejana geográficamente pero cercana en muchos otros sentidos, convierte a estos combatientes en esos frutos hermosos de nuestra especie que existen, han existido y existirán para dar fe de la nobleza de la raza humana.
Denise Urcelay-Maragnès ha elegido a aquellos cubanos que deciden acudir a la España sangrante del 36, para realizar una investigación exhaustiva de sus hombres y mujeres que puede ascender, según lo aquí desarrollado, a unos mil voluntarios. Esta galería de hombres realmente ilustres tiene su contrapunto en personajes como Rolando Masferrer, que tras haber sido brigadista, se incorpora entre los esbirros de las sucesivas dictaduras cubanas.
Desde su residencia en la caribeña isla de Guadalupe, la profesora Urcelay-Maragnès ha saltado de isla en isla, del continente americano al europeo, para seguir a estos combatientes en su viaje colectivo de ida y vuelta que no todos pudieron culminar. Pablo de la Torriente Brau y otros, dejaron su vida en tierra española, donde participaron en su defensa al tiempo que auscultaban el latido dificultoso de un país ahogado por las múltiples formas de la traición.
Denise que sabe de solidaridades internacionales por su propio padre, un vasco que vibraba por la causa republicana, atiende a una historia de Cuba que no siempre pasa a las líneas impresas. En rico entramado de organizaciones sociales, políticas y culturales donde hervía el puchero de la lucha contra la dictadura, la labor de “joven Cuba” destacará por delante del propio Partido Comunista Cubano y servirá de punto de partida para el núcleo más importante de voluntarios.
La Cuba que dejaban atrás los voluntarios no estaba exenta de conflictos. De hecho, muchos de ellos combatían en España lo que previamente habían peleado en Cuba a través de organizaciones de izquierda. Esto hace preguntar a la autora si “el combate de España no era un combate de sustitución?” La lucha por la liberación nacional, social y antimperialista que había sido asumida por muchos jóvenes cubanos organizados actúa de brasa para otros combates.
El mundo palpitaba aceleradamente en los años treinta pero fue en una España que había estrenado, por primera vez en el siglo XX, la democracia real, donde sale el corazón por la boca de la lucha popular. Entre ellos, Denise descubre la incorporación de más de veinticinco militares cubanos que habían sido expulsados del ejército entre los años 1933 y 1935, por la lucha antimachadista, Gerardo Machado, conocido popularmente como “el asno con garras”, fue una de las primeras movilizaciones políticas de la izquierda cubana, moralizadora contra la corrupción imperante que germinaría entre los voluntarios de primera hornada, lanzados a una lucha transoceánica por la libertad de los pueblos hermanos.

jueves, 1 de septiembre de 2011

« “Escuchar, hacer, explicar”: El candidato Rubalcaba ante el genocidio franquista

Por qué los familiares de los desaparecidos del franquismo siguen siendo víctimas de gravísimas violaciones de los derechos humanos por parte del Estado español
Miguel Ángel Rodríguez Arias


Miguel Ángel Rodríguez Arias, 30 agosto 2011
El trato inhumano que no cesa: Por qué los familiares de los desaparecidos del franquismo siguen siendo víctimas de gravísimas violaciones de los derechos humanos por parte del Estado español, aunque a ninguna alta autoridad española parezca importarle.
Los familiares de los desaparecidos no ocupan la misma posición que los familiares de víctimas de otros delitos. Por execrables que estos últimos delitos sean.
La razón es muy sencilla: la desaparición forzada fue específicamente diseñada con dicho propósito cuando esta atrocidad fue inventada “oficialmente” por los nazis con el Decreto “noche y niebla” dado por Hitler para el Mariscal Keitel en su invasión de la Europa del Este. “La otra” gran aportación nazi al horror, junto a las cámaras de gas.
La razón de los nazis para hacer desaparecer personas a gran escala no era una mera crueldad, infinita, o la simple voluntad de destruir a las que ellos consideraban grupos humanos inferiores, “vidas sin valor vital”. Para ello no necesitaban de la fórmula de la “desaparición”.
El recurso a la desaparición forzada surgió ante todo de un frío cálculo y una necesidad mucho más elaborada.  Como instrumento de paralización grupal y social. Con ese propósito fue concebido.
Y dentro de su propia lógica inhumana en el fondo no resulta difícil de explicar: matar a 10 a 100  civiles en la plaza del pueblo por cada nazi abatido por los guerrilleros de las inmensas zonas ocupadas del Este no era otra cosa que una represalia draconiana que no iba más allá. Se les abatía de manera cierta y visible, se les enterraba, y nuevos partisanos (hermanos, padres, esposas…) brotaban a continuación por cada víctima de tales ejecuciones extrajudiciales.
Para la estrategia nazi no traía cuenta. Y no era cuestión de detraer ingentes tropas de la cabeza de avance alemana en el frente Este para destinarlos labores de control de población en los inmensos territorios de la retaguardia conquistada. Al revés, interesaba el máximo control posible al mínimo coste de tropas de ocupación.

Pero otra cosa muy distinta era hacer desaparecer a todo sospechoso, o sin serlo, “en la noche y la niebla”, no sólo ejecutarlo sin corte marcial, para sembrar el terror y a los fines de “paralización social” era preciso hacerlo además en medio de la noche, sin información alguna sobre su paradero o su inminente destino, sin prisiones oficiales. Simplemente se les retenía, se los llevaban de sus propios hogares, sin certezas ni explicaciones; sierviendose de la propia duda y la ansiedad de los propios familiares como elemento de tortura y de control.
Y de esa manera sí que se producía el efecto contrario. Paralizaba el entorno familiar-social de cada desaparecido.
Un desaparecido suponía la neutralización de 10, 15, 20 personas.
Familiares directos, familia política, amigos de toda la vida…una cuestión meramente matemática.
De modo que quizá si  se comportaban de modo ejemplar el desaparecido, que no se sabía ni donde estaba, ni bajo el control efectivo de que unidad, no sufriese represalias.
Quizá, incluso, con un poco más de “colaboración” del entorno familiar demostrarían que esa familia era gente pacífica que no se metía  en problemas y el ser querido prisionero sería mejor tratado.
El “desaparecido” debía resultar para sus familiares y a todos los efectos ni muerto, ni vivo, ni todo lo contrario.
La familia desaparecida y prisionera con él, entre el presagio funesto de la perfecta conciencia interior en torno a la verdadera suerte de su ser querido, la culpa – sí la culpa, devoradora, más atroz si cabe – por no haber hecho lo suficiente para impedirlo, y la esperanza irracional de que de alguna manera el ser querido volviese.
Porque ese es, justamente, uno de los sentidos del rito de la constatación física de la muerte  de l ser querido y del enterramiento del cadáver del ser querido: formar la difícil convicción de su muerte, su pérdida inaceptable, y permitir la elaboración del luto.
Eso era la desaparición, o de eso se trataba. Una situación envenenada e inhumana desde todo punto de vista.
El mismo tipo de  lógica perversa, de optimización sistémica de la muerte y el dolor ajeno que dió lugar a la puesta en marcha de las cámaras de gas. Una mera cuestión de logística industrializada, racional y calculada, al servicio de la muerte y la destrucción.
El problema es que, por así decir, los nazis olvidaron ponerle mecanismo de “apagado” al “invento”.
Tanto el sistema de la desaparición forzada empleado por los dirigentes fascistas durante el genocidio español y su “Totalkrieg” (guerra total) contra la población civil española, como aquel otro sistema nazi estaba planteado únicamente para abrir aquella situación; en ningún caso para cerrarla y ponerle fin.
Y la razón es muy sencilla: simplemente no contaban con deber ponerle fin frente a nadie… frente a nadie a quien unos y otros pudiesen considerar “persona”. Iban a triunfar y a depurar el mundo a su antojo.
Y así, a modo de auténticas minas emocionales antipersona (anti familia, anti sociedad…) dejadas tras de si a la estela de los antiguos conflictos ese mismo dolor, angustia, parálisis emocional  – y cóctel de sentimientos enfrentados a la espera de la resolución del conflicto no resuelto  el paradero del desaparecido – continúa hoy en el caso español.