viernes, 25 de julio de 2014

LA MUERTE DEL CHIPÉ (CARTAGENA)

Antonio Vera

Cartagena. Por sus calles camina, con su navaja en el bolsillo, el gitano Juan Vicente Fernández, más conocido como “El Chipé”. Con un metro sesenta de altura, delgado y poca cosa era uno de los más temidos delincuentes de Cartagena.
Reincidente y con algún que otro asesinato a sus espaldas (entre otros la muerte de su cuñado) y varias temporadas encarcelado, es conocido por toda Cartagena su función de guardaespaldas y salvaguarda de las derechas de la ciudad. Desde el triunfo de éstas en 1933, hasta la actualidad ha defendido a sus protectores en varias ocasiones.
Mediodía del 19 de Julio de 1936. La gente se agolpa en la Plaza de San Sebastián para obtener información, dada por Capitanía General del curso de los acontecimientos en África.
Alguien se acerca a El Chipé y le dice que los sublevados van ganando terreno. El Chipé, alentado por las noticias y viendo que en un futuro pueden estar sus protectores de nuevo en el poder, se va al Molinete (lugar muy frecuentado por él) a celebrarlo en un bar de la Calle Balcones Azules.
Más tarde llegan nuevas noticias. La rebelión está siendo contenida, son unas escasas capitales de provincias y Marruecos los que se han sublevado.
Al oír éstas, los jóvenes socialistas Patricio Zaragoza Mira y Leopoldo Satorre Reverte se dirigen al bar donde está El Chipé para detenerlo por cómplice en el levantamiento y traición a la República.
El Chipé, diestro en el uso de la navaja hiere de gravedad a los dos jóvenes que habrán de ser atendidos en el Hospital de Caridad. Se forma un gran revuelo en el bar, durante la pelea El Chipé es golpeado en la cabeza y cae al suelo semiinconsciente.
Es detenido por la Guardia de Asalto y llevado a Comisaría (En la Subida de San Diego).
Al poco toda la ciudad conoce los hechos. El Chipé, el mejor sicario de la derecha cartagenera desde hace tres años está detenido en Comisaría. Todos los odios, toda la sed de venganza. el ansia de justicia, la necesidad de buscar una válvula de escape a la situación tan tensa que se vive en las últimas jornadas en relación a la Derecha se centra en una única persona, en El Chipé. El Chipé se convierte a ojos de los cartageneros en la derecha.
Es el momento de hacerle ver el odio y rechazo que se le tiene. La multitud se agolpa en la puerta de comisaría. Más de dos mil personas solicitan que se les entregué a El Chipé para lincharlo. Comisaría se niega.
Un grupo de ciudadanos, ante la negativa se dirige al Ayuntamiento. Solicitan al alcalde, César Serrano, que les entregue a El Chipé.
Por supuesto, el alcalde se niega. Las cosas se están saliendo de madre. Decide que El Chipé debe ser trasladado enseguida a la cárcel de San Antón (inaugurada en Febrero de ese año).
Para ello manda a Manuel Martínez Norte en un coche celular para realizar el traslado. Al llegar el coche a Comisaría observan a la multitud sedienta de sangre de El Chipe agolpados en la puerta. Se consigue introducir a malas penas a El Chipé en el coche.
El coche se pone en marcha. Lento, la multitud encierra el coche y lo zarandea. Se encuentra frente a la entrada del patio trasero de la Misericordia , en calle Sor Francisca Armendariz.
La situación empeora, el coche no puede avanzar y amenaza con volcarse. No permitirán que El Chipé llegue a San Antón.
Ante la difícil situación. Manuel Martínez Norte se decide. Según sus propias palabras, sacó su y dijo:
-Chipé, te voy a hacer un favor.
Y le disparó en la base del cráneo. El Chipé muere en el coche.
Martínez Norte abrió la puerta y el cuerpo inerte se desplomó en la calle.
La multitud se detuvo. El Chipé está muerto. No hay más que hacer. Algunos se van. Otros, unos 300, continúan con ganas de darle su merecido a El Chipé, de desahogar la tensión.
Atan una cuerda al cuello de El Chipé y comienzan a arrastrarlo. La cabeza golpea los adoquines en una macabra sinfonía. Van al Paseo de Alfonso XIII (de los Mártires de la Libertad , en aquella época) y lo arrastran hasta la Plaza de España para mostrárselo al veterinario Ramón Mercader, hombre de derechas protector de El Chipé.
Gritando la gente intenta, sin conseguirlo que el veterinario salga a la ventana. Cansados de no ver respuesta continúan arrastrando el cadáver. Calle del Carmen, Puertas de Murcia, Calle Mayor, Plaza del Ayuntamiento, Muelle. La gente se horroriza al ver la salvaje comitiva.
Hace calor en este día de verano cartagenero. El Chipé necesita un baño. Lo sumergen con la cuerda en las aguas de la bahía.
En uno de los establecimientos de ocio del muelle, La Palma Valenciana , cuelgan el cadáver como muestra de justicia popular.
Se han cansado de arrastrarlo desde la cabeza. Le atan la cuerda a los pies y continúan la marcha. El Chipé sigue recorriendo Cartagena.
Paseo del muelle, Cuesta del Batel y Puertas de San José(Actual Plaza Bastarreche). Al ver la gasolinera que allí se encontraba alguien tiene otra idea, rocían el cadáver con gasolina y le prenden fuego, apenas arde por lo mojado que está.
Desanimados porque no arde comienza a disolverse la comitiva macabra. Allí queda el cuerpo destrozado de El Chipé, simbolizando el odio visceral entre los de izquierdas y derechas. Allí permanecerá hasta que, a la mañana siguiente, recoja el cuerpo la Cruz Roja. Allí queda el cuerpo, anunciando la inminente Guerra Civil que comienza a posar su manto sobre la vieja piel de toro.

martes, 22 de julio de 2014

Ana Messuti: " No dar respuestas a las víctimas del franquismo, una forma de amparar los crímenes"

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Me he encontrado con la imposibilidad de llorar.Me golpeó conocer la participación de la población en la represión. © Juanjo Delapeña


– 21 JULIO, 2014
Enriqueta de la Cruz || Periodista y Escritora.
Juanjo Delapeña || Fotógrafo.
“La impunidad hay que verla no sólo enfocando lo que le sucede al autor del crimen, sino a la víctima… Impunidad es el haberle podido hacer lo que se le hizo sin que hubiese ningún tipo de reacción ante ello; impunidad es mucho más que no castigar al culpable, es no dar respuesta a las víctimas… aunque no esté ya vivo ningún criminal, hablamos igualmente de hacer justicia, porque hacer justicia es mucho más que aplicar una pena”. Habla Ana Messuti.
Lleva el peso (nos aclara ella que junto al equipo de abogados que integra) de más de 300 querellas contra los crímenes del fascismo y ante la inmensidad del horror que vuelcan en su cuerpo y en su mente todas las víctimas, y los hijos y nietos y biznietos de estas víctimas y de los resistentes, y los mismos resistentes aún vivos, no puede ya llorar; solo seguir y seguir hasta acabar con la impunidad que nos define perfectamente; hasta lograr la justicia y la reparación máxima posible, y que se sepa la verdad de este genocidio, crimen de lesa humanidad, imprescriptible. Y lo conseguirá.
Dice que hay muchos imputados pendientes y que la querella argentina ha abierto algo en España que es imparable, porque la memoria es ya activa, está en la calle. Dice que hoy la impunidad, debe verse desde la víctima, con muy amplias miras, para dar respuesta a todas las víctimas, a todos los delitos; y nos habla del deber ineludible de los Estados de perseguir los crímenes de lesa humanidad y el genocidio, que se llaman crímenes internacionales por su gravedad, que es tal que despierta el interés de toda la comunidad internacional en que no queden impunes, no queden sin respuesta. También nos habla de la complicidad que supondría que hoy los jueces no den esa respuesta necesaria, ineludible, a las víctimas del genocidio español.
Combates la impunidad, eres la abogada, ante un tribunal argentino, de las víctimas y resistentes del franquismo, ¿cómo comenzaste tú con todo esto?
Comencé analizando otros temas de derecho penal. Mi tema central era el tiempo, el tiempo de la pena. ¿Por qué cinco años, por qué 10, por qué 20, por qué 40, por qué 1.000 (ese absurdo de 1.000 o de 200, cuando se muere la gente mucho antes…). En 2008, en el momento de los autos de Garzón, y todo ese proceso frustrado, me propusieron en Salamanca el tema de Memoria Histórica y lo acometí; me costaba porque era un tema que yo había eludido prácticamente, el de la impunidad, tal vez porque yo misma me fui de la Argentina, en realidad como exilio preventivo, porque estaban ya desapareciendo compañeros (se refiere al periodo de la dictadura militar); y yo estaba en una situación muy difícil, ya me habían echado de la Universidad, de la Facultad en la que ejercía la docencia antes incluso del golpe militar, con Isabel Perón, y se dio una circunstancia que me permitió irme con mis hijos pequeños. Y claro, al tener tantos compañeros y algunos familiares desaparecidos, el tema me tocaba muy de cerca… En mis escritos me ocupaba sobre todo de las personas que estaban en la cárcel por delitos comunes, intentaba reivindicar el problema de las condenas a largos años de prisión, a largas penas, por delitos que no eran tan graves, y que, sin embargo, arruinarían la vida para siempre al condenado, y claro, al pasar a ese otro tema, en cierto modo, lo sentí como un desafío, me costaba ver cómo podía abordarlo, y yo no veía por dónde, como cuando uno tiene un objeto que no sabe por dónde asirlo. No sabía en qué forma abordar el tema de la Memoria (un tema como éste, que parece que se diluye en miles de otros conceptos), desde el punto de vista jurídico, donde los conceptos tienen que ser tan precisos. Entonces, después de haber estado meses sufriendo el polvo de los archivos de Salamanca y fotocopiando las sentencias del Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo (me han dicho que ahora están digitalizadas), analizando todo esto, dije: “no, esto es como el gato que se come la cola, entonces yo no puedo seguir dentro del orden jurídico español, tengo que ir afuera, al derecho internacional, porque es la única forma de ver la posibilidad de juzgar los crímenes internos. Bueno, siempre puedes interpretar la ley, la Constitución; pero lo importante era trasladarse al derecho internacional. Porque eran crímenes de lesa humanidad los que se habían cometido aquí, genocidio; eso era evidente, y ello te llevaba al Derecho Penal Internacional, al derecho penal de los derechos humanos; todo ello lleva a buscar en un sinnúmero de diferentes instrumentos, en la jurisprudencia de varios tribunales internacionales, en la doctrina para ver la necesidad de que esos delitos sean imprescriptibles, inamnistiables.
Dices en tu último libro y en tu tesis doctoral que hay “un deber ineludible, la obligación internacional del Estado de perseguir penalmente los crímenes internacionales”. Cuéntanos qué es la Justicia Universal, a ver si puedo entender yo lo que sostiene el ministro español del ramo, que opina que renunciar a ella no es dar el “sí” a la impunidad.
Lo que es la Justicia Universal, fuera de las definiciones de la doctrina etc., me lo enseñan todos los días los querellantes de los que aprendes tantísimo, porque aprendes una dimensión que no es imaginable: la dimensión del sentimiento de Justicia. Hay algunos autores que hablan de la “conciencia jurídica universal” (que plantea problemas también porque no es un concepto preciso). Cuando tú estás en contacto con la gente que busca justicia te das cuenta de cuánto más amplio es el término y las situaciones que abarca, y tienes que tener esto presente porque para la señora que quiere desenterrar a su padre y darle una digna sepultura la justicia es conseguir eso, no es sólo que vaya una persona a la cárcel… Para la persona a la que robaron el niño, la justicia es recuperar a su hijo y que vaya alguien a la cárcel es algo marginal, pues su objetivo principal es el primero. Hay que tener en cuenta esos diversos sentidos de justicia que tiene cada uno. Y, por supuesto, para el que fue torturado por una persona que está viviendo a 200 metros de su casa y que lo único que ha recibido hasta ahora fueron premios, la justicia será que esa persona vaya a la cárcel.
Qué impunidad
Impunidad, que no quede impune nada.
Claro, es que todo te lleva a otro concepto de lo que es la impunidad, a ir profundizando, a mí por lo menos me lleva a eso; no podría estar trabajando con esto sin profundizar en los conceptos gracias a la experiencia con cada caso. Para mí la impunidad no significa solamente que no hay castigo; impunidad significa que se ha podido hacer daño a las personas de las diversas maneras en que se ha hecho daño y que no suceda nada después. Que no hay ninguna respuesta, ni reacción ni nada a ese daño: ni castigando a la persona que hay que castigar, ni dándole una respuesta a la persona que ha sufrido el daño. Si ha podido alguien proceder impunemente en su momento y la víctima se ha quedado sin ningún tipo de resarcimiento, de reparación, ni nada, ahora, porque ha muerto el verdugo, ¿no nos vamos a ocupar más de su caso? Tenemos que seguir ocupándonos de su caso, porque en ello reside también la imprescriptibilidad de esos crímenes.
Tú hablas entonces de un concepto mucho más amplio, además, por lo que se refiere a la impunidad.
Claro, porque con un concepto restringido dejaríamos sin cobertura legal, jurídica, todos los casos en que no habría imputables. No es impunidad solamente que no vaya a la cárcel una persona, porque si no tenemos a nadie que vaya a la cárcel (porque ha muerto) de cualquier forma tenemos que ocuparnos de la víctima, darle una respuesta, intentar la exhumación…, algún tipo de reparación; lo que cada uno nos pida.
Pero es justo lo que aquí no se quiere entender.
Además, hay una cosa interesante: un progreso del derecho penal fue la prescripción de la acción penal o del delito: es una garantía para el delincuente. El principio de legalidad en sentido estricto también es una garantía para el delincuente; para nosotros, así entendido, es un obstáculo. Todas las cosas que pedimos en el ámbito del derecho penal internacional, de la justicia universal, parece que van contra los progresos del derecho penal, que van contra los progresos logrados.
Pero dándole la vuelta al argumento, y en este caso de crímenes de lesa humanidad, no se puede argumentar tal cosa, porque sería amparar a los verdugos.
Claro, parecería que tú estuvieras protegiéndolos. Con un principio de legalidad estricto, como el aplicado aquí, los estarías protegiendo. El argumento que nos daban en la Audiencia Nacional para denegar las extradiciones era que se trataba de casos de tortura aislados, que ya han prescrito. Las torturas no eran aisladas, dado que se practicaban de manera sistemática, y que junto a los demás delitos eran delitos instrumentales para cometer crímenes de lesa humanidad o genocidio (en la querella figuran los dos términos).
Entonces que no hay más remedio que actuar como se hace.
No hay más remedio que hacerlo así porque si no lo que permanece es la impunidad. Hay una figura del derecho romano que me interesa mucho: el homo sacer, que era una personaa la que se podía matar impunemente porque estaba fuera de la jurisdicción humana y fuera de la jurisdicción divina, a la que no se le podía aplicar ni una norma ni otra; cualquiera por la calle la mataba y no pasaba nada. Pareciera que haya sido así durante toda la dictadura: los rojos podían ser asesinados impunemente, eran los homo sacer del derecho español.
Incluso ahora lo que ocurre vuelve a victimizar, a hacer víctimas, a los descendientes de esas víctimas porque no tienen peso en la sociedad, porque son objeto de burla y ninguneo, porque no se respetan sus derechos, hay como un señalamiento y castigo.
Justamente un progreso del derecho penal es que no se transmite la culpa a los herederos, a los descendientes; en cambio, la victimización sí se transmite porque reconocemos la facultad que tiene un nieto o incluso un biznieto (hemos logrado que la jurisprudencia argentina admitiera esa posibilidad), se presenten a denunciar o a querellar, por crímenes cometidos contra sus ascendientes; o sea que la victimización sí se transmite, la calidad de víctima se transmite. Este es un concepto clave de la Memoria Histórica.
El castigo sigue…
Sí, el castigo también se ha transmitido.
Incluso creo que es eso la persecución a jueces, abogados, a quienes pretenden entrar a juzgar la corrupción, por ejemplo (hija de la impunidad franquista, heredera de eso, que viene de ese poso histórico), indica que de alguna manera siguen las advertencias a quien quiera romper con la impunidad, que sigue el crimen, y que continúa por los herederos (no nominales, aunque también, en casos, sino herederos del franquismo en su sentido amplio). Es que esto me parece que daría lugar a nuevas querellas. Y bueno, que está claro que continúa el delito por las desapariciones, etc…
Continúa el delito
Continúa, exacto. Continúa el delito pues continúa la desaparición forzada; continúa el delito de desaparición forzada y de denegación de justicia permanentemente.
Bueno, es todo muy interesante y clarificador. Aparte de lo que nos comentes sobre la querella argentina que llevas adelante contra los crímenes del franquismo, ¿qué posibilidades ves de que triunfe la justicia, aquí en España?
Lo más natural, lo ideal es que la justicia se realice aquí, eso por supuesto. Y en cuanto a la querella, es un proceso penal en uno de los juzgados federales argentinos, que es la misma justicia que está juzgando a los criminales en la Argentina, a los genocidas, y es muy importante eso porque lo que están haciendo los jueces cuando juzgan a los genocidas argentinos es aplicar también el principio de jurisdicción universal, porque para mí la jurisdicción universal se define no porque los componentes tengan un autor, una víctima o un territorio extranjeros, sino por la gravedad del crimen: el crimen es tan grave que la comunidad internacional no puede permanecer indiferente; tiene la obligación de juzgar.
Ana Messuti en la Fosa a los Marinos Republicanos (Cartagena 2013)

O sea, Argentina está cumpliendo una obligación.
Exacto. Cuando me dicen que está devolviendo un favor, yo digo: “no; está cumpliendo una obligación”. Tiene todo su sistema jurídico preparado como para juzgar esos crímenes; está juzgando crímenes similares, entonces, ¿por qué se va a negar esa justicia a alguien que la reclama?, ¿porque viene de otro país, porque se cometió en otro lugar? No, porque el crimen nos repugna a todos, es un crimen cuyo castigo tiene carácter imperativo de derecho internacional (iuscogens) y para nosotros ha sido muy importante el viaje de la Jueza (se refiere a Servini que recientemente viajó a España para tomar declaración a las víctimas) porque lo importante de este viaje fue descubrir que hay en España ciertos jueces que están dispuestos a colaborar. He presenciado en Guernica las declaraciones de dos víctimas, dos hermanos (uno de los curas expresos de la cárcel de Zamora y su hermana, que había sido torturada). Y la jueza de Guernica, a la que se le había librado el exhorto, tomó ella misma la declaración y era la primera vez que lo hacía sobre los crímenes del franquismo. Y más notable aún es lo que está sucediendo en Mallorca, porque en Guernica y Sevilla se tomó declaración con la jueza argentina y  con los secretarios de la jueza y los abogados de la querella (un colega de Buenos Aires y yo) presentes. Pero en Mallorca, los exhortos (es decir, comisiones rogatorias) llegaron una vez que la jueza Servini ya estaba en Argentina, o sea, que los jueces podían haberse desentendido y, sin embargo, dos jueces citaron a declarar a los descendientes de víctimas mencionados en el exhorto. De modo que ellos solos asumen esto, aunque siempre en el marco de la causa argentina. ¡Es un progreso! Y lo de la Audiencia Nacional también, porque el juez Andreu tomó declaración a dos personas cuando estaba la jueza Servini. O sea que a ese compromiso de ella, que significó venir, respondieron; es interesante.

lunes, 14 de julio de 2014

El asesinato del Teniente José Castillo.

Marino Aguilera Peñalver / Diario de Guerra

Llama la atención de la figura del teniente Castillo su escasa divulgación histórica a pesar de protagonizar uno de los acontecimientos de mayor trascendencia de la historia reciente de España, el atentado detonante de la Guerra Civil. Podemos encontrar explicación a este injusto hecho en el resultado mismo de la guerra, con una izquierda que perdía la República y con ella el recuerdo de los “mártires” entre los que se encontraba Castillo, cuya memoria fue aniquilada por el franquismo. Pero resulta paradójico que una vez muerto el dictador y tras treinta años de democracia todavía se siga dando esta situación. Es necesario por tanto iniciar un proceso de recuperación de la memoria del teniente que lo posicione en los libros de historia como el republicano cuyo asesinato inició una guerra, y esta tentativa biográfica pretende iniciar el camino aunque sólo sea en el reducido ámbito de la población natal del teniente. A pesar de faltarnos datos, documentos, fechas y un sin fin de reflexiones sobre su vida y obra, creo que las siguientes líneas serán suficientes para acercar al lector a un personaje marcado por su tiempo, defensor de unos ideales y ejemplo de virtud y arrojo en una época en la que expresar unas ideas suponía una condena a muerte, algo que le fue reconocido allá donde resistió la República durante la guerra. El 1 de abril de 1939 su recuerdo se pierde. Muere el mito y nace una sombra en la que el franquismo se ensañó hasta no dejar de ella rastro alguno. El teniente Castillo pasaba así a convertirse en el gran olvidado de la Guerra Civil Española.
José del Castillo Sáenz de Tejada nació en Alcalá la Real un 29 de junio de 1901. Era hijo de Valeriano del Castillo, un importante abogado de reconocidas ideas liberales con domicilio en la calle Caridad, y de Cariño Sáenz de Tejada. Su madre descendía de una destacada familia aristocrática de raíces vascas, la de los Condes de Ripalda, y mantenía parentesco con Doña Concepción Sáenz de Tejada, madre de Don Jaime de Marichalar. Otras fuentes aseguran que por esta misma línea materna emparentaba con José Antonio Primo de Rivera Sáenz de Heredia, fundador de la Falange Española e hijo del general del mismo apellido. Completaban la familia sus hermanos Valeriano, Pedro y Francisco y sus hermanas Atocha, Griselda, Dolores y Laura.
La infancia y adolescencia de José transcurrieron entre Alcalá y el colegio del Sagrado Corazón de Granada, prestigioso centro en el que ejercía la dirección D. Joaquín Alemán, gran amigo de su padre, y en el que se educaba el futuro poeta y dramaturgo Federico García Lorca. A falta de localizar su expediente académico parece ser que sus resultados fueron brillantes, pero una vez acabado el bachiller optó por la carrera militar en vez de la universitaria siguiendo los pasos de sus hermanos Valeriano y Francisco.
Tras abandonar Granada y Alcalá, ciudades de las que se iría desvinculando paulatinamente, ingresa en la Academia Militar de Toledo. Desconocemos la fecha de este acontecimiento pero podemos apuntar el año 1919 teniendo en cuenta que es en 1922 cuando concluye su formación académica y es destinado a combatir en la guerra de Marruecos como alférez de Infantería dentro del grupo Tetuán 1, con base en Melilla. Allí pasó tres años en los que se destacó dentro de las harkas, unidades equivalentes a una compañía de soldados, donde coincidió con un impetuoso pontevedrés llamado Fernando Condés Romero que a partir de entonces se convertiría en su mejor amigo en el frente y en la vida civil, persona determinante para entender la evolución ideológica, y tal vez masónica, de José del Castillo en su posterior etapa madrileña.
Una vez concluida la guerra en 1925 con victoria española José logra el ascenso a teniente por méritos militares. Su nuevo destino se fija en el regimiento de Infantería de Alcalá de Henares, tal vez solicitado voluntariamente debido a que buena parte de su familia se había trasladado a Madrid poco tiempo antes. A partir de la llegada de la II República en 1931 comienza a forjarse el José del Castillo que pasaría a la historia. La apertura de libertades por el gobierno de Azaña y el traslado a Madrid de Fernando Condés espoleó al joven teniente a participar en la vida política, mostrando a partir de entonces abiertas simpatías hacia el socialismo y la masonería, pero a partir de este punto nos movemos en un mar de dudas sobre sus movimientos políticos y militares en Alcalá de Henares y en Madrid. Aún así podemos esbozar una línea secuencial de sus actos siguiendo las referencias de autores como Gibson que han investigado la vida del teniente aunque de forma secundaria.
El punto de inflexión de la carrera de Castillo tiene lugar con la revolución de octubre de 1934, en la que el PSOE lideró al grupo de izquierdas que se alzó contra la coalición de centro-derecha que gobernaba la República desde el año anterior. El teniente ordenaba una sección de morteros que fue destinada a la localidad de Cuatro Caminos para sofocar una de las muchas manifestaciones y actos a favor de los revolucionarios que combatían en Asturias, principal foco del conflicto. Cuando llegó la unidad a bordo de las camionetas de Infantería la multitud obrera reaccionó violentamente, pero a pesar de la gravedad de la situación y de la orden de disolver a los manifestantes Castillo se negó a intervenir. "Yo no tiro sobre el pueblo" fue la orden que oyeron los tiradores de boca del teniente, acto de rebeldía juzgado por consejo de guerra que le costó un año de cárcel en la prisión militar de Alcalá de Henares junto con un buen número de compañeros militares de izquierdas que también habían apoyado a los insurrectos, incluido Condés. Pero la condena no sirvió para redimir el ímpetu del teniente. De la cárcel saldría en noviembre de 1935 convencido de la necesidad de desempeñar un papel más efectivo en la defensa de la República, algo que le era imposible en Infantería, y decide ingresar en la Guardia de Asalto una vez vence el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Éste era un cuerpo de seguridad netamente republicano, creado por los gobiernos de izquierdas y con un ámbito de actuación exclusivamente urbano una vez desplazado el grueso de la Guardia Civil a poblaciones inferiores y a zonas rurales. El 12 de marzo de 1936 la Dirección General de Seguridad acepta su solicitud y es destinado a la 2ª Compañía de Especialidades, sita en el madrileño cuartel de Pontejos, donde coincidiría con varios compañeros de prisión que habían sido liberados gracias a la amnistía decretada por el nuevo gobierno. También se enrola en la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), desde la que se encargó de instruir a las milicias de las Juventudes Socialistas y participó de forma clandestina en el transporte y distribución de armas para las mismas milicias.
Su ingreso en Asalto coincidió con una oleada de atentados contra diversos cargos de la izquierda y con la detención y encarcelamiento de José Antonio Primo de Rivera como presunto instigador de éstos. Era el inicio de la Primavera Negra en Madrid, augurio de la guerra que se aproximaba y en la que izquierdas y derechas plasmaron en asesinatos selectivos los odios recíprocos que sentían. Las huelgas y manifestaciones, muchas de ellas espontáneas, se incrementaron de forma alarmante y solían terminar con altercados en los que se producían víctimas, que a su vez provocaban nuevos odios y venganzas en una espiral violenta ante la que el gobierno del Frente Popular se mostró impotente y carente de autoridad. Castillo comenzó a formar parte de estos odios cuando es destinado a cubrir con sus hombres muchas de las manifestaciones, teniendo que intervenir duramente contra las derechas. Especial relevancia tuvo su intervención en el entierro del alférez de los Reyes el día 16 de abril, guardia civil fallecido dos días antes en los incidentes que se produjeron en la celebración del V aniversario de la República. El entierro se convirtió en una manifestación de las derechas contra el gobierno del Frente Popular y el resultado fue de un muerto a manos de uno de los hombres de la sección de Castillo y de un herido grave por disparo realizado por él mismo. El muerto era nada menos que Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera, y el herido un joven carlista estudiante de medicina llamado José Llaguno Acha al que los rumores dieron por muerto durante varias horas. Según relatan los testigos entrevistados por Gibson, Castillo había perdido los nervios cuando disparó contra el joven carlista y estuvo a punto de ser linchado por la masa furiosa que se abalanzó contra él. Afortunadamente los hombres de su sección lo rescataron y lo condujeron a la Dirección General de Seguridad para prestar declaración por lo sucedido. Fue puesto libertad a las pocas horas. A partir de ese día el teniente se convirtió en una prioridad para las centurias de Falange, que llegaron a situarlo en el número uno de su lista de objetivos a eliminar.
Las amenazas de muerte no se hicieron esperar y sus superiores le propusieron un traslado urgente a Barcelona que rechazó. A finales de abril fue integrado en la guardia personal del presidente de la República Diego Martínez Barrio durante la visita oficial que realizó a la feria de Sevilla, medida con la que pretendían apartarlo del clima de amenazas que vivía en Madrid. Pero todo fue en vano. A su vuelta sufrió dos intentos de asesinato de los que salió ileso y que obligaron a las milicias socialistas que entrenaba a escoltarlo sin que él se diera cuenta durante los trayectos entre su domicilio y el cuartel de Pontejos.
El 12 de julio Castillo asistió a la plaza de toros de las Ventas para presenciar el festejo de la tarde. Allí la militante socialista Leonor Menéndez le advirtió que esa noche pretendían atentar contra él, a lo que respondió que no pensaba estar escondido siempre y que iba a presentarse a su trabajo como de costumbre. Tras el festejo fue a dar un paseo con su mujer Consuelo, con la que había contraído matrimonio civil el 20 de mayo, y tras dejarla en el domicilio de la calle Augusto Figueroa tomó la calle Fuencarral para descender hasta el cuartel de Pontejos. Eran las diez de la noche y nunca llegaría a su destino. Cuando apenas llevaba andados unos cincuenta metros, a la altura del oratorio de Santa María de Arco, fue abatido por cuatro desconocidos que se dieron a la fuga. Castillo intentó empuñar el arma que llevaba en el bolsillo pero todo fue inútil, se desplomó y en su caída arrolló a Juan de Dios Fernández Cruz, periodista natural de Cabra de Santo Cristo que escuchó sus últimas palabras: "Lléveme con mi mujer, que hace poco se ha separado de mí". El mismo Juan de Dios lo trasladó al cercano centro asistencial de la calle Ternera, donde ingresó cadáver.
A los pocos minutos una multitud de periodistas y de compañeros del teniente se congregaron en los estrechos pasillos del centro para interesarse por lo sucedido. Los gritos de venganza no se hicieron esperar, la muerte de Castillo había colmado la paciencia de la Guardia de Asalto. Se culpó automáticamente a Falange de lo sucedido y en ese mismo lugar se puso en marcha una amplia operación policial cuyo objetivo era detener la creciente agresión fascista que desde hacía tiempo se estaba cebando con los oficiales afectos al Frente Popular. Esta operación desencadenó el secuestro y posterior asesinato del líder de las derechas y diputado José Calvo Sotelo tres horas después a manos de un grupo ajeno al operativo, organizado y liderado por Fernando Condés Romero, que ante el cadáver de Castillo y entre lágrimas había jurado venganza. La Guerra Civil había comenzado, se había encendido la mecha que detonaría el conflicto cinco días más tarde en un acuartelamiento de Melilla, ciudad donde comenzó el alzamiento y primer destino del teniente Castillo.
Sobre los autores del asesinato se ha estado especulando con numerosas autorías hasta 1986, año en el que Gibson publica la segunda edición de su obra sobre el asesinato de Calvo Sotelo. Hasta entonces se habló de la implicación de Juan de Dios Fernández Cruz por su condición de católico tradicionalista, del falangista Ángel Alcázar de Velasco y hasta de la masonería por parte del franquismo. Gibson recoge el testimonio anónimo de uno de los integrantes del comando que revela que no fue Falange ni mucho menos la masonería, sino un grupo de requetés pertenecientes al Tercio de Madrid en represalia por los disparos que el teniente Castillo efectuó sobre el militante carlista Llaguno Acha en el entierro del alférez de los Reyes. Quedaba resuelto así uno de los crímenes más determinantes de la historia de España y se desmontaba la teoría franquista de que el asesinato de Calvo Sotelo fue un crimen de Estado, planeado y ejecutado por la masonería y el Frente Popular.
El recuerdo de Castillo se mantuvo latente durante toda la Guerra Civil. El mismo Indalecio Prieto, líder de una rama del PSOE, elogió su figura en una columna de El Liberal y lo mostró como ejemplo de valentía pocos días después de su entierro. El día 14 Alcalá la Real se despertaba con la noticia de la muerte de su ilustre paisano. Aquí llegó la noticia a través del periódico Ideal y el Ayuntamiento acordó poner su nombre a la actual calle Santo Domingo de Silos, algo que se repitió en numerosas ciudades mientras permanecieron en zona republicana como Madrid, Castellón y Valencia. Las milicias que entrenaba y que portaron el féretro en su entierro se constituyeron en un batallón llamado "Teniente Castillo" que participó en la defensa de Toledo y tal vez anteriormente en la de Talavera, pero que se disolvió o fue aniquilado antes de la defensa de Madrid. El Socorro Rojo Internacional bautizó con su nombre a uno de los grupos que atendían a los heridos en el frente, reconocimiento seguramente auspiciado por Carlos del Castillo, primo del teniente y abogado de la institución.
Por el contrario, el régimen se ensañó con el teniente incluso una vez muerto, hecho que ha de orientarnos sobre el grado de importancia que Castillo tuvo en su tiempo y entre su gente. El Ayuntamiento de Madrid le retiró el rango militar en su tumba, rezando en la lápida un lacónico “Castillo MCMI-MCMXXXVI” hasta que ya en democracia el mismo encargado del cementerio civil lo restituyera añadiendo “Teniente” a lo permitido por el franquismo. El juicio que se celebró para aclarar las circunstancias de su muerte fue una farsa que poca gente creyó. Según la versión oficial del régimen, que no tenía el más mínimo interés en aclarar el asesinato, la masonería, de la que formaban parte numerosos miembros del gobierno, ordenó a Castillo matar a Calvo Sotelo. Éste se negaría a hacerlo y fue asesinado por Condés y otro compañero utilizando al mismo tiempo su muerte para justificar la del diputado derechista.
Pero la peor parte de la persecución se la llevó su viuda Consuelo, que sufrió las represalias que su marido hubiera recibido de haber continuado con vida durante la dictadura. Cuando el teniente murió estaba embarazada de varias semanas, algo que ambos desconocían, y en enero de 1937 dio a luz a una niña que moriría tres años después víctima de una dolencia cardiaca. El parto se produjo en Valencia porque la familia de Consuelo había decidido huir de Madrid cuando Franco amenazaba con tomar la ciudad en noviembre, pero regresaron una vez finalizada la guerra y a su vuelta Consuelo fue denunciada y condenada a nueve meses de cárcel en la prisión de mujeres de Ventas. Se la empezó a conocer como "Castillo" por el personal de la prisión, hecho esclarecedor de los motivos del encarcelamiento. Una vez en libertad su lucha se centró ante los tribunales por lograr la paga extraordinaria de viudedad, el sueldo íntegro de su marido, algo que sólo se concedía a las esposas de aquellos militares fallecidos en acto de servicio. En 1964 los tribunales desestimaron su petición y tiene que esperar a la llegada de la democracia para solicitar la revisión del caso. En 1983, cuarenta y siete años después del asesinato del teniente, el Tribunal Supremo reconoce la muerte en acto de servicio y concede la paga esperada, algo de lo que se hicieron eco los medios de comunicación. Hasta entonces se mantuvo con tan solo una cuarta parte del salario de su esposo. En 1994 fallece tras una larga enfermedad en el hospital militar Gómez Ulla de Madrid.
Bibliografía:
Gibson, Ian: "La noche en que mataron a Calvo Sotelo". Plaza & Janés. Barcelona. 1986.
Cervera, José Luis: "En los preludios de la Guerra Civil. El capitán Condés". Revista de la Guardia Civil, nº 29, edición digital.
Cierva, Ricardo de la: "¿Quién mató al teniente Castillo?". Nueva Historia, nº 2, Madrid, 1977.
Alcázar de Velasco, Ángel: "Los siete días de Salamanca". G. del Toro, Madrid, 1976

.http://buscameenelciclodelavida.blogspot.com.es/2014/07/el-asesinato-del-teniente-jose-castillo.html

viernes, 4 de julio de 2014

Los seis meses de guerra civil vistos por un miliciano. Miguel Hernández


Grupo de milicianos entre ellos Miguel Hernández

2 Julio 2014

Medio año de lucha contra el fascismo nos ha dado una honda experiencia a los hombres de las trincheras. La sangre de millares de compañeros, la diaria muerte de los mejores hombres del 5º Regimiento. Regimiento de Madrid, de España entera, no ha recorrido en balde a nuestro lado, sobre nuestros pies, por los surcos barbechos. Esa sangre ha ido acumulando fortaleza y serenidad de veteranos de la guerra en nuestros puños y nuestros fusiles; odios implacables contra los verdugos de Italia y de Alemania y los generalazos españoles, pagados a ellos en nuestro sentimiento; austeridad, generosidad, alegría de vivir y morir por una causa noble en nuestro corazón.
Aquí estamos, cada día más hechos al plomo, a la metralla, a los accidentes buenos y malos de la guerra; cada día más curtidos en la pólvora, con más cicatrices en la carne y más hierro y firmeza en la decisión, en nuestra decisión de combatientes populares.
Salimos al aire de la guerra en los últimos tiempos del mes de julio. Aquellos primeros días de lucha van adquiriendo en nosotros un sabor denso y sangriento cada vez mayor. Sonreímos al recuerdo de los sucesos primeros, de su pintoresquismo dramático... Estalló la sublevación, y el pueblo improvisó un ejército que se lanzó por la Sierra y a los demás frentes entre compañeros que, a falta de un arma más ofensiva, llevaban al hombro un trabuco tatarabuelo o un estoque carcomido de vejez. El entusiasmo sustituyó al arma en numerosos casos y los cuerpos caían bajo la astuta bala del legionario y el moro por puro entusiasmo. No se sabía qué cosa era la muerte, en realidad, y el enemigo hallaba abundante pasto para su ira en los cuerpos de los milicianos, ingenuos y generosos. Llegaba la aviación facciosa sobre nosotros y la contemplábamos sin resguardarnos de ella. Insultándola, escupiéndola, disparándola nuestros fusiles... Su munición dejaba nuestros campos llenos de muertos y heridos. La sangre vertida cotidianamente, inútilmente muchas veces, nos fue aleccionando, moldeando, endureciendo, en las tareas combativas. Las patrullas se fueron convirtiendo en compañías, las compañías en batallones.

El 5º Regimiento inició una labor de preparación y dirección de los milicianos, que comenzó a dar gloriosos frutos en los campos de combate. Se dedicó, además de a la labor de adiestrar a los trabajadores en el manejo del fusil, al descubrimiento de hombres de mando, que fueron surgiendo y cuajando en el calor de la lucha; a la creación de batallones de fortificaciones, a la propagación de folletos guerreros, a la exaltación de los héroes del pueblo.  Nuestros muertos, los que hemos ido enterrando en la línea de fuego, nos han ido indicando con su silencio, nos han ido trazando el camino a seguir. Hemos visto muchas energías malgastadas, mucho valor desperdiciado, mucho fracasado ardor. Y hemos comprendido en nuestra marcha por las trincheras y los cuarteles la necesidad del mando único, de la obediencia a una sola voz principal en estos momentos decisivos; a una sola voluntad que evite derramamientos estériles, heroísmo estéril. El Ejército Popular está levantado potentemente ya, y sus pasos son cada día más firmes, más victoriosos.

Miguel Hernández, de la 1ª Brigada de choque
Milicia Popular número 163
19 de enero de 1937

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