martes, 11 de marzo de 2014

Jornadas sobre Memoria Histórica (Murcia)


LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN LA REGIÓN DE MURCIA


"La represión franquista en la región de Murcia" es el tema de la conferencia que impartirá Antonio Martínez Ovejero, en su juventud militante de la JOC y de la USO, de la que fue secretario de Organización en la Comisión Ejecutiva y desde la que trabajó activamente en la unidad desl sindicalismo socialista USO-UGT. Ingresó posteriormente en erl PSOE, siendo elegido senador por Murcia y concejal en el Ayuntamiento de Cartagena npor este partido, y formando parte de la administración socialista en distintas responsabilidades de los gobiernos de Felipe González.
Ingeniero Técnico Industrial por la Universidad Politécnica de Cartagena y licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid, trabaja en la recuperación de la Memoria Histórica y en la historia del PSOE en la región de Murcia.




LUNES, 10 DE MARZO
19,00 HORAS
SALÓN DE GRADOS DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UMU 
CAMPUS DE LA MERCED - MURCIA

Antonio Martínez Ovejero
Público asistente a la conferencia

 AMHC  11 Marzo 2014

En su conferencia, Martínez Ovejero destacó el relevante papel de los historiadores de la Región de Murcia en el rescate de la Memoria Histórica.

Entre otras cuestiones, a lo largo de la charla, el ponente destacó el papel de las mujeres, las formas de represión sufrida por éstas, las normas no escritas que aseguraban el silencio, etc... aspectos que nos dieron información acerca de un período de la historia más reciente, cuyo conocimiento se nos ha ido negando hasta ahora.

El acto registró una enorme afluencia de público, que llevó a cabo numerosas intervenciones durante el coloquio que siguió a la conferencia

Virgilio Peña: “Los republicanos fuimos ejemplo de solidaridad en los campos de concentración”

En Buchenwald sobrevivió 23 meses hasta que él y otros presos lo liberaron en 1945



FEDERACION FOROS MEMORIA-Ortiz-Peña-PedreñoRivas2006
Virgilio Peña



 Cordópolis, 09-03-2014

Dejemos que se presente él. “Mi nombre es Virgilio Peña. Puedes poner Córdoba si quieres, como segundo apellido, pero por Peña ya me conocen todos. Nací en Espejo el 2 de enero de 1914. Voy a cumplir 100 años”. Arquea una ceja, guiña un ojo y sonríe con la malicia divertida que le da el tener un siglo de vida.
No hace falta decir mucho más. Virgilio respira, suda y transpira puro siglo XX. Delante de los ojos de El Rubio, apodo que heredó de su padre -un obrero de ideas libertarias- han pasado las revueltas campesinas contra los señoritos que vio de niño, la bandera tricolor que enarboló siendo adolescente el 14 de abril del 31, militó en las juventudes comunistas, defendió la República con las armas y luchó en el Ejército Popular hasta su derrota y el exilio. Enrolado en la resistencia francesa, hizo la guerra a los nazis -”esos cabrones no me iban a joder”- y cayó prisionero por el chivatazo de un compatriota. Tres días en un tren de muerte le llevó al infierno: los campos de concentración alemanes. En Buchenwald sobrevivió 23 meses hasta que él y otros presos lo liberaron en 1945.
Tras más de 60 años en Francia, Virgilio habla con un suave rastro francés en sus vocales y en su vocabulario. Pero todo lo entrevera con los giros propios de la campiña y su acento original. Relata su vida como si todo le acabase de pasar, recordando datos, conversaciones, fechas y nombres como si las tropas franquistas acabasen de dar un golpe de estado o los nazis fuesen a tomar París mañana. Sus ojos brillan y su genio delata que tuvo hombres a su mando en las situaciones más duras. Y mantiene un humor -en muchas ocasiones negro tizón- inalterable.
Virgilio Peña es el siglo XX. Y ahora, nos lo va a contar.
PREGUNTA. ¿A qué se dedicaba su familia en Espejo?
RESPUESTA. Mi padre era obrero del campo, jornalero.
P. ¿Su madre también?
R. No, mi madre era señora de casa… ¿Cómo se dice en español? Ama de casa. Y más tarde, cuando murió mi padre en 1925, aprendió el oficio de churrera que aquí decimos jeringuera. Y estuvo haciendo jeringos unos 50 años. A mi madre se la conocía en Espejo como Elisa la de los jeringos.
P. ¿Fue usted a la escuela?
R. No he ido… bueno, fui tres meses. ¿Quieres que te diga por qué?
P. Sí.
R. Porque estuve hasta los 14 años sin bautizar. Es que mis padres fueron de los primeros en mi pueblo que se casaron civilmente, no por la Iglesia. Y ni mis hermanos ni yo fuimos bautizados.
P. ¿Sus padres eran de ideas de izquierdas?
R. Mi padre era de ideas sindicalistas. Se llamaba Rafael y fue uno de los organizadores de los sindicatos obreros del campo en mi pueblo y estuvo muchos años al frente de ellos junto a otras personas.
P. ¿De qué sindicato hablamos?
R. Entonces, en el pueblo era el Sindicato de Obreros del Campo, adherido a la CNT. Más tarde, en el año 31 o así, el sindicato dejó a la CNT porque hubo una mayoría de afiliados que eran socialistas y comunistas; así que se adhirió a la UGT. Todos en el sindicato respetaban mucho a mi padre, El Rubio Peña. Cada vez que había una reunión importante se recorrían los 10 kilómetros que había hasta el pequeño cortijo donde vivíamos, en El Castillejo, para pedirle que fuese a la reunión. Y eso pasó incluso cuando, al final, él tenía menos relación con los sindicatos. Pero cuando se convocaba una huelga, por ejemplo, los propios patronos reclamaban que El Rubio Peña estuviese en la negociación.
A mi padre le detuvieron. Los guardias entraron en casa, sacaron muchos libros y los quemaron en la plaza del pueblo. Más de 30 libros, todos lo que tenían un origen progresista
P. Era un buen negociador.
R. Sí, sabía negociar. Según me han contado, mi padre hizo mucho por los trabajadores y le querían mucho en el pueblo. La propia burguesía le respetaba. Y todo eso, a pesar de que mi padre no aprendió a leer y a escribir hasta los 16 años. Verás, él trabajaba en un cortijo en Santa Cruz y un día pasó un vendedor ambulante al que le compró un polvorón o un mantecado, no sé, que tenía algo escrito en el envoltorio. Mi padre le pidió a un compañero de la cuadrilla un poco mayor que se lo leyese. “No”, le respondió, “no tienes más que aprender”. Y mi padre le dijo que al año siguiente ya leería igual que él o mejor. Y así hizo. Aprendió. Entonces, empezó a leer muchos libros y periódicos. No tenía librería pero hacía canastos con las varetas de los olivos, iguales a los que usaba para recoger la aceituna. Y estaban llenos de libros de gente como Víctor Hugo. Y también de periódicos, aunque mi madre los terminó usando para envolver los jeringos. Es que aquello de la higiene, entonces, era distinto, ¿sabes…?
P. ¿Y qué pasó con los libros?
R. Muchos los quemó la Guardia Civil cuando el movimiento del 18 [Virgilio se refiere aquí al inicio del conocido como Trienio Bolchevique de 1918, una etapa de tres años en la que el campo andaluz se levantó como reflejo de la Revolución Rusa de un año antes]. A mi padre le detuvieron. Los guardias entraron en casa, sacaron muchos libros y los quemaron en la plaza del pueblo. Más de 30 libros, todos lo que tenían un origen progresista. Años más tarde, cuando yo aprendí a leer, con mi padre ya muerto, clasifiqué los libros que quedaban y que eran muchos. Y mi madre, ya sí, compró una librería.
P. Virgilio, volvamos a la escuela, ¿por qué estudió allí solo tres meses?
R. Me da vergüenza decirlo, pero en fin… Verás, en aquella época la Iglesia mandaba misioneros a los pueblos. Algunos de ellos visitaban a mi madre y le insistían en que nos bautizara. De tanto insistir, mi madre decidió bautizar a mis tres hermanos más jóvenes (dos chicas y un chico), pero a mi hermano pequeño y yo, que era el mayor, nos dio libertad. Así que los dos solos, siendo niños todavía, decidimos que nos bautizaran porque a pesar de todo, íbamos a seguir con las mismas ideas que nuestro padre. Pero el maestro de escuela del pueblo dijo que aquello de bautizarse sin saber leer ni escribir, era algo erróneo y pasamos tres meses en la escuela. Y ahora quiero contarte una anécdota, ¿puedo?
P. Por favor.
R. Hay en mi pueblo un castillo que es de los Duques de Osuna. Pues bien, la dueña de entonces vino al cortijo donde yo estaba; vino atravesando el río montada en una bestia para decirnos que si nos bautizábamos, ella se hacía responsable de darnos una carrera de lo que quisiéramos elegir. Y mi hermano y yo le dijimos que no, que se fuera a freír leches porque no queríamos saber nada ni de ella ni de sus carreras. Mi hermano y yo fuimos tontos en ese sentido. Y al final, resulta que nos bautizamos por nada.
Tengo el orgullo de ser de los primeros que en mi pueblo gritó libremente ¡Viva la República!
P. ¿Cuándo comenzó su actividad política?
R. Oficialmente, comenzó a partir de 1932.
P. Con la República ya asentada.
R. Sí. Y si quieres te cuento una cosa de la República, ¿quieres?
P. Claro.
R. Para lo que te va a costar (ríe).
P. Yo estoy aprendiendo Virgilio. Lo que usted me está contando, lo que usted vivió, ya solo se puede leer en los libros.
R. Pues mira, cuando en el año 31 entró la República ya se había creado en España, y también en mi pueblo, la llamada unión de izquierdas, con todos los sindicatos y los partidos. Y cuando el 14 de abril del 31 estalló la República -así es como lo decíamos en mi pueblo, no decíamos proclamación, decíamos estallido- yo ya era simpatizante, aunque no estaba afiliado a ningún partido. El caso es que por aquel entonces estaba un poco malucho y estaba en casa de mi madre para que me cuidara. Me había prohibido que viajase -antes llamábamos viajar a irnos los 15 o 20 días a trabajar al campo- y me quedé con ella para engordar, porque yo estaba así de flaco [muestra su dedo meñique]. Pero en aquellos días, siempre que terminaba de comer me iba a la sede de la unión de izquierdas, donde yo era el más joven de los siete u ocho que lo formaban. Pues bien, un día llegó un cartero y preguntó por el encargado, que cojeaba de una pierna y llamábamos el Cojo de Romanones [juego de palabras con el Conde de Romanones] el famoso político… “Me han dicho que le entregue este telegrama en mano”, le dijo el cartero. Y cuando el encargado lo abrió, dijo: “Se proclama la República”. Entonces, otro chico y yo cogimos la bandera republicana que ya teníamos preparada en una caña y la sacamos a la calle. Y tengo el orgullo de ser de los primeros que en mi pueblo gritó libremente ¡Viva la República! E inmediatamente, pusimos la bandera en el balcón de nuestra sede.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Jornadas sobre Memoria Histórica (Murcia)

LA EDUCACIÓN DURANTE LA II REPÚBLICA


Con esta conferencia comienzan las Jornadas Sobre Memoria Histórica que se extienden desde el martes, 4 de marzo, al miércoles, 2 de abril, y que tendrán lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Derecho de la Universidad de Murcia.

Antonio Viñao Frago
El catedrático de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Murcia, Antonio Viñao Frago, es Doctor en Derecho y ha sido Decano de las Facultades de Filosofía, Psicología y Pedagogía y Director del Departamento de Teoría e Historia de la Educación de dicha universidad, así como miembro del Comité Ejecutivo de la Intarnational Standing Conference for the Histoy of Education (ISCHE) y Presidente de la Sociedad Española de Historia de la Educación.
Este estudioso de la relación entre las culturas escolares y las reformas educativas, apasionado defensor de la Enseñanza Pública, y notable erudito e investigador de la Historia de la Educación, impartirá su charla sobre el más notable de los sistemas educativos en la historia de nuestro país: el que se implantó durante el breve período de tiempo de la II República Española.
El sistema educativo republicano supuso una valiente apuesta por la alfabetización con carácter universal, por la total escolarización gratuita y por la educación de calidad.
De todo esto nos hablará el próximo martes, y en torno a ello podremos dialogar al final de la conferencia.
Esperamos vuestra asistencia.

MARTES, 4 DE MARZO
19,00 HORAS
SALÓN DE GRADOS DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UMU 
CAMPUS DE LA MERCED - MURCIA

GALERIA FOTOGRÁFICA

Presentación del ciclo de conferencias a cargo del catedrático Pedro Mª Egea Bruno

Asistentes a la 1ª conferencia sobre Memoria Histórica. En la primera fila el catedratico Antonio Viñao Frago
 

domingo, 2 de marzo de 2014

Homenaje a las víctimas del crimen de la carretera Málaga - Almería 1937

Reportaje fotográfico  
La marcha llega Almería 2 Marzo 2014



Enrique J. Nicolás (MHC)
 Luis Gabriel Naranjo. Director General  Memoria Democrática Junta de Andalucia

sábado, 8 de febrero de 2014

NORMAN BETHUNE, EL ALMIRANTE BASTARRECHE Y LA MASACRE DE LA CARRETERA MÁLAGA - ALMERÍA


Plaza de Cartagena presidida por el busto del Almirante Bastarreche

enposidonia.blogspot.com/
 
El nombre del Almirante Bastarreche es ostentado por  una de las plazas de Cartagena, presidida por su busto, plaza que hoy ocupa el espacio de lo que en su día se denominó Puertas de San José. 
A los requerimientos de la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, para que tanto la placa con su nombre, como el busto, sean retirados de esta plaza, el Ayuntamiento de la ciudad responde que se trata de un benefactor de la ciudad, que trajo hasta ella las aguas del Taibilla.

Pero, aparte de que el proyecto de traída de las aguas se debiera al gobierno de la II República, quiero resaltar cuál fue el mayor mérito de este fascista a quien incomprensiblemente nuestra corporación municipal quiere continuar honrando: 

El Almirante Bastarreche,1º por la izquierda,
junto a altos cargos del ejército nazi
Francisco Bastarreche comandó los buques Canarias, Baleares y Almirante Cervera en el ataque a la población civil en el crimen de la carretera de Málaga a Almería, secundado por tropas nazis y fascistas italianas.
15.000 ancianos, mujeres y niños cayeron bajo los cañones de Bastarreche.

 Quisiera hoy, en los umbrales del mes de febrero, muy próxima la fecha del aniversario de esta matanza, documentar esta afirmación con un fragmento del relato al respecto realizado por Norman Bethune acerca de lo acaecido el 7 de febrero de 1937:

Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos.
Imaginaros ciento treinta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí más de doscientos kilómetros… huyendo entre declives de más de treinta metros. Un camino encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar…hay que andar cuarenta o cincuenta kilómetros al día, una caminata de cinco días con sus noches… Y no encontrarán alimento en los poblados por donde pasan ni medios de transporte. Tienen que caminar, caminar, mujeres, ancianos y niños… tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar.
“Es una inmensa hilera humana que se estira de Málaga a Almería… aunque menos conocido que otros fue el hecho más criminal de la guerra civil: más que las matanzas de Badajoz, más que el bombardeo de Guernica…
Norman Bethune
   
Norman Bethune
en su foto de graduación

Pero, ¿quién fue nuestro narrador? ¿quién fue Norman Bethune?
Henry Norman Bethune, natural de Gravenhurts (Ontario, Canadá) fue un doctor, un innovador médico del que actualmente sabemos que desarrolló el primer servicio móvil de transfusiones de sangre, en España, en 1936.
Matriculado en la Universidad de Toronto, en 1909, interrumpió sus estudios de Biología durante un año para dedicarse a impartir clases como voluntario en los campamentos de trabajadores inmigrantes.
Norman Bethune
en el campamento para inmigrantes

Retomó su formación, matriculándose en Medicina, para volver a abandonar al estallar la Primera Guerra Mundial, apuntándose voluntariamente como camillero.
Tras ser herido en Bélgica, volvió a su país y continuó los estudios, obteniendo el título de médico en 1916, para alistarse en la Royal Navy, como cirujano con el título de teniente, ejerciendo en el hospital Cathan (Sur de Londres)
Al llegar la paz se convierte en su país en un auténtico pionero en cirugía torácica con un gran prestigio en Canadá, pero cada vez se sentía menos motivado por los tratamientos quirúrgicos y más preocupado por el aspecto socioeconómico de la enfermedad, proponiendo al gobierno canadiense la creación de una red de asistencia sanitaria gratuita para los más desfavorecidos, red en la que tuvieran derecho todas las clases sociales a medicinas y tratamientos.
Consecuente con sus convicciones, fundó una clínica bajo esas condiciones, así como una escuela para que los hijos de los trabajadores pudieran recibir instrucción.

Al estallar, en 1936, la guerra civil española, la Comisión de Ayuda a la Democracia Española le invitó a encabezar la Unidad Médica de Canadá en Madrid, hacia donde partió en noviembre de ese año.
Norman Bethune en la Sierra de Guadarrama
Ante las frecuentes muertes por pérdida de sangre entre combatientes cuyas heridas no parecían graves, Bethune desarrolló las unidades médicas móviles para llevar a la práctica su idea de las transfusiones de sangre in situ, organizando un servicio para recoger la sangre de los donantes y trasladarla al campo de batalla.
Norman Bethune y el equipo de la Unidad de Transfusiones

En febrero de 1937, ante las noticias de lo que estaba ocurriendo, se trasladó a Almería para socorrer a los refugiados huidos de Málaga, población civil que huía de la represión fascista, siendo testigo de uno de los episodios más brutales de la guerra civil española.
El masivo asesinato de la población civil que huía desde Málaga hacia Almería es mucho menos conocido que los hechos de Badajoz o de Gernika, pero mucho más cruento, más aterrador...
Ese domingo, 7 de febrero, todo un pueblo en fuga escapaba de la ciudad de Málaga que estaba siendo ocupada por las legiones de italianos y alemanes y por los moros del tercio.
Al comprobar Bethune la dimensión de la tragedia, decidió desmontar los utensilios médicos de la ambulancia y utilizarla para transportar a los niños y los ancianos, tarea que durante tres días, sin descansar ni siquiera por la noche, realizó en compañía de sus ayudantes Hazen Size y Allan May.
Norman Bethune
junto a la unidad de transfusiones

Unas población mayoritaria de civiles desarmados huye despavorida de las columnas italianas, mientras que, sin piedad, es atacada desde el aire por la aviación alemana y desde el mar por los buques franquistas, comandados por el asesino Bastarreche.


El Almirante Cervera, uno de los buques
que bombardeó a la población civil

Los recuerdos de los horrores que presenció le persiguieron hasta el final de sus días.
"España es una herida en mi corazón - decía - Una herida que nunca cicatrizará. El dolor permanecerá siempre conmigo, recordándome siempre las cosas que he visto".
En su diario escribió todo lo que vio durante esos días. Narra lo que fue esa evacuación en masa, y lo cuenta todo después de esos tres interminables días con sus noches. Al día y la noche siguientes comenzó a relatarlo todo bajo una especie de ataque de furia. Cuando terminó, se asomó a la ventana con el cristal roto del hospital de niños, mirando la ciudad de Almería, aún humeante bajo la luz del amanecer.
Podéis, a continuación, leer el relato completo al que pertenece el fragmento citado más arriba, el relato que hizo Norman Bethune tras las más de setenta y dos horas de duración del holocausto que pudo presenciar:
Huída hacia Almería


“Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros  tiempos. Habíamos llegado a Almería el miércoles 10, a las cinco de la mañana. Traíamos de Barcelona un camión con  sangre preparada para transfusiones con destino a los heridos de Málaga. En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que siguiésemos nuestro camino, porque se tenía por seguro que Motril había caído también.  Entonces resolvimos  ir a ver en qué condiciones se estaba llevando a cabo la evacuación de heridos. Salimos por el camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde, y a unos cuantos kilómetros nos encontramos con los que encabezaban la desventurada procesión. Venían primero los más fuertes, los que habrían podido transportar sus cosas en burros, mulas y caballos. Luego, el espectáculo se hacía más lastimoso. Miles de niños (contamos cinco mil menores de diez años), y por lo menos mil de entre ellos descalzos y cubiertos apenas con  harapos. Las madres los llevaban echados al hombro o tiraban de ellos por la mano. Pasó un hombre con sus dos pequeños a la espalda, niños de uno y dos años, y cargando además con cacerolas y trastos, y recuerdos queridos de su hogar… Había mujeres que no podían dar un paso más: la sangre de las úlceras de sus piernas hinchadas teñía de rojo sus alpargatas blancas. Muchos viejos abandonaban toda esperanza y, tumbados en la cuneta del camino, esperaban la muerte.

Nuestro coche se abría paso a duras penas… Los refugiados pasaban al lado del camión, como si no lo vieran. Seguían caminando cansinamente, con los ojos entornados hacia el suelo como síntoma inconsciente de extenuación… Las  mujeres avanzaban lentas con sus vestidos oscuros… Tenían la cara y los ojos congestionados por el polvo y el sol de cuatro días, y levantaban hacia nosotros, en sus brazos cansados, los cuerpecitos de sus hijos…  Los niños llevaban solamente su pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo el sol… Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados: niños sin  zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio… cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar  en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y  cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras.
Huída hacia Almería

Al principio eran grupos dispersos… Después aparecían a intervalos más frecuentes, y por último una hilera continua, unos pisando los talones a los otros… Parecían haber nacido del suelo… Una fila interminable a lo largo del camino con el sol encima y el mar debajo. Entre el murmullo del mar y el eco de los montes el único ruido era el de las sandalias de esparto arrastradas sobre las piedras, el silbido de la respiración cansina y el lamento que salía de los labios agrietados. Eran de todas las edades, pero sus caras estaban dibujadas con los mismos rasgos de agotamiento.
Una mujer sujetando su vientre, sus ojos abiertos, aterrorizados. 
Pasaban al lado de nuestro camión sin expresión... Sise detuvo el camión. Yo salí y me paré en medio de la carretera… No tenían fuerzas para seguir, pero temían detenerse. Decían que los fascistas venían detrás de ellos. ¿Málaga? Sí, Málaga había caído…  
Volví al camión… Yo pensaba en Málaga. En algún lugar habría nuevas defensas… Al final del camino habría lucha, heridos moribundos que necesitarían la sangre que habíamos traído desde Madrid.
Aceleramos la marcha. La carretera se inclinaba y la línea de refugiados se hacía más ancha. Llegamos a una curva en dirección al interior, una pequeña subida,  y de repente una bajada hacia una llanura. Sise sorprendido, pisó el freno bruscamente… Una muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de la carretera…. La llanura se extendía tan lejos como la vista podía alcanzar, y por ella serpenteaba una hilera de treinta kilómetros de seres humanos, como un gusano gigantesco con innumerables pies que levantaba una nube de polvo que se extendía hasta más allá del horizonte a lo largo de la árida llanura y se elevaba hasta las montañas… La carretera  ya no se veía en ningún sitio. Estaba desbordada por los refugiados. Comenzamos a descender lentamente. Sise tocaba la bocina sin parar… Ellos no prestaban atención… Simplemente fluían a los lados del coche con la vista baja golpeándose contra los costados y después ocupando de nuevo todo el ancho de la carretera… Una rápida mirada a lo largo del camino le producía a uno un fuerte escalofrío: kilómetros de gente, y en medio miles de niños.
Ancianos y niños subiendo a la ambulancia

…¡Venían de Málaga, andando  durante cinco días y cinco noches…! 
Después la masa de gente caminante cambió casi imperceptiblemente, como un manantial que de pronto se torna lodo. Juré en voz baja: ¡Militares! Al principio unos pocos, pero un kilómetro más allá venían a cientos. A miles. Sus uniformes estaban rotos; sus armas inservibles; las caras, con barbas de días; los ojos, hundidos por la derrota… Eran refugiados como el resto, en silencio, tristes, huyendo… Teníamos que maniobrar entre los carros rotos y los camiones abandonados. Los burros moribundos habían sido arrojados a las playas, donde la  gente yacía también, con  la lengua inflamada en sus bocas secas… Paramos un momento… y fuimos engullidos por una multitud de súplicas, de manos intentando alcanzar el camión, gente pidiendo agua y transporte.
Les dimos nuestras cantimploras y seguimos avanzando… Pronto se  hizo  la  noche.  A  nuestro  lado  oíamos  el  paso  apretado  de  los refugiados. Sin luces era imposible conducir…, y al fin nos detuvimos…  Un grupo de militares se acercó a nosotros. – Los fascistas avanzan deprisa hacia el este -  nos dijeron. La siguiente ciudad era Motril, y ya debía estar en manos enemigas… No había frente. No había resistencia. Toda la región costera estaba cayendo en manos de las tropas extranjeras de Franco…

Resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más desvalidos… Descargamos el equipo y las existencias de sangre…, para hacer sitio y mandar el material con la primera ambulancia que pasase…, después abrimos las puertas traseras. Se podía ver la excitación en los rostros de  los refugiados. Todos esperaban,  pero sin saber si tendrían posibilidades…
Unidad de transfusiones
 Una multitud de padres y madres se apretó alrededor del coche. Decidimos transportar a  las familias que tuviesen más niños, y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos treinta o cuarenta personas en cada viaje.
Así estuvimos cuatro días y cuatro noches yendo y viniendo, trabajando esforzadamente para evacuar a la población que quedaba de toda una ciudad…. Sise estuvo al volante durante cuarenta y ocho horas mientras  yo me quedaba en la carretera preparando el siguiente grupo. Nuestras caras estaban ya partidas por falta de sueño. Perdimos la noción del tiempo.
Vivíamos con el dolor de los que se quedaban atrás… Trabajábamos sabiendo que cada viaje podía ser el último y con el miedo de que los últimos evacuados fueran aniquilados por los fascistas… En cada viaje a Almería Sise se detenía para pedir ayuda de camiones, carros o cualquier otro medio para acelerar la evacuación. En la ciudad no quedaba ya nada que se moviera sobre ruedas… 
En el Hospital del Socorro Rojo de Almería, los refugiados recibían atención médica, alimento y ropa.  Al incansable esfuerzo de Hazen Sise y Thomas Worseley se debe la salvación de muchas vidas. Iban y venían alternando, día y noche, durmiendo a campo abierto entre los turnos, sin más alimento que naranjas y pan.

Durante el día trabajamos entre nubes de polvo, bajo el sol que quemaba la piel, con los ojos enrojecidos y con las tripas haciendo ruido. De noche, el frío era insoportable y deseábamos el calor de nuevo. Un profundo silencio reinaba entre los refugiados. Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos, descansando sobre las rocas o  vagando temblorosos sin rumbo con la mirada vidriada y perdida por la alucinación. Los muertos estaban esparcidos entre los enfermos, con los ojos abiertos al sol.
Los aviones alemanes

Entonces, unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y Heinkels alemanes. Se lanzaron  hacia la carretera y, como una maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban dibujos geométricos entre los refugiados que huían…

De nuevo vi el camión que  volvía. Cargamos a cuantos pudimos. Esta vez subí yo también, llevando a un niño en mis brazos, que gemía y me miraba con ojos febriles. Probablemente meningitis... Yo esperaba llegar a tiempo a Almería. Me quedé dormido… Cuando desperté vi el camión bajando lentamente la cuesta del último kilómetro… Decenas de miles de refugiados surgían de entre las montañas y se extendían como un abanico. Parecía un enorme enjambre sobre las colinas, la carretera, las playas. Algunos caminaban en el agua para llegar antes a la ciudad. A la entrada de la ciudad el camión avanzaba al mismo paso que la multitud apretada, centímetro a centímetro. Pero al fin estábamos en Almería. 

Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de su caminata interminable, el día 12 de febrero, cuando el pequeño puerto de Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes  e italianos, desataron sobre la población nutrido bombardeo…  arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados.
Cuando se habían alejado los aviones, levanté del suelo los cadáveres de tres niños… La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían. En la oscuridad, los quejidos de los niños heridos, los gritos de las madres agonizantes y las maldiciones   de los hombres, se alzaban en un  lamento de masa hasta hacerse intolerable… Aquella noche fueron ametrallados, desde los aeroplanos, cincuenta paisanos, y hubo más de cincuenta heridos… 
Almirante Bastarreche

A la luz de los edificios ardiendo se veían multitudes de gente que surgían de cualquier sitio, corriendo sin saber hacia dónde, escapando de las bombas o pasando bajo paredes que se tambaleaban, cayendo en los  enormes hoyos que las bombas habían hecho en el suelo, agarrándose y gritando mientras desaparecían… No había ruido de bombas en la dirección del puerto. ¡Los bombarderos no estaban interesados por el puerto!
Iban siguiendo presas humanas. Iban tras los cien mil que habían conseguido huir de ellos en Málaga, que habían rehusado vivir bajo los fascistas, y que estaban ahora acorralados aquí y que hacían un blanco perfecto. Durante una semana habían dejado tranquila Almería… Ahora que la dura marcha desde Málaga había terminado, ahora que los refugiados estaban recogidos entre unos cuantos bloques de ciudad, donde el asesinato en masa requería un mínimo de bombas, ahora Franco estaba saciando su sed de venganza. No importaba nada el puerto. Un puerto no puede pensar, ni desafiar al fascismo,  ni sangrar. Sólo la gente tenía cerebro, corazón, valor. ¡Matadlos, mutiladlos, mostradles las garras despiadadas del fascismo!...

De pronto el bombardeo cesó y  el rugido de los aviones se perdió en el cielo. Las llamas iluminaban las caras de los hombres y mujeres paralizados por el horror… El ataque había pasado, pero quedaban los muertos y los moribundos. Até las heridas de la gente con  tiras de tela sacadas de sus propios vestidos. 
En el centro de la ciudad llegué hasta un círculo de mujeres y hombres en silencio. Dentro del círculo había un enorme cráter abierto por una bomba. Dentro del cráter había tuberías retorcidas, ropas rasgadas, una masa aplastada de lo que una vez fueran seres humanos…
¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento? Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del capitalismo. Alguien pregunta por qué no se quedaron en Málaga a esperar la entrada de los fascistas. Porque bien sabían lo que había de sucederles. Bien sabían lo que habría de ser de sus hombres y de sus mujeres, puesto que ya ha sucedido muchas veces en otras ciudades capturadas por ellos.  Todos los hombres de quince a sesenta años que no pudiesen probar que se les había forzado a apoyar al Gobierno legítimo, serían fusilados sin más trámite…



Bastarreche junto a Franco