El poeta Juan Marinello conoció al soldado cubano Policarpo Candón
durante las sesiones de II Congreso Internacional de Escritores
Antifascistas
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| Policarpo Candón |
Huellas de la Historia, 15.01.2013
El poeta cubano Juan Marinello conoció al soldado cubano Policarpo
Candón durante las sesiones de II Congreso Internacional de Escritores
Antifascistas realizado en Madrid en los primeros días del mes de julio
de 1937. Allí Marinello entrevistó a Candón y ese artículo fue publicado
en el semanario cubano Mediodía del 8 de noviembre de 1937. Candón
había participado de la toma del Cuartel de la Montaña en Madrid a los
inicios de la rebelión militar porque el cubano se encontraba en España
desde abril de 1936. Luego se enroló como miliciano del Quinto
Regimiento y participó en importantes batallas como las de Jarama,
Guadalajara, Brihuega, la toma del Cerro del Águila, Brunete y Quijorna,
donde recibió una herida de bala en el pecho. Después de recuperarse,
fue designado comandante de la Primera Brigada Móvil de Choque
perteneciente a la 46º División de Valentín “El Campesino” González pero
murió el 25 de enero de 1938 durante la batalla de Teruel. Marinello,
al enterarse de la muerte del comandante Candón, escribe unas palabras
para su despedida que son publicadas en la revista cubana Facetas de
Actualidad Española del mes de abril de 1938. A continuación, el
artículo de Marinello sobre Policarpo Candón, el soldado del pueblo.
Policarpo Candón, Soldado del Pueblo
Por Juan Marinello
Especial para Facetas
Ya no vive Policarpo Candón. Gentes que lo vieron muerto sobre el
mismo campo de batalla lo atestiguan. Ha quedado rota prematuramente una
existencia preciosa, una energía entera y osada, una fuerza llamada a
grandes destinos. Con esta muerte queda quebrado el más singular ligamen
entre la España y la Cuba populares. Porque Candón era el morir el
cubano de mayor graduación y autoridad en el Ejército Popular y él
significaba y exaltaba como nadie una profunda identificación entre
masas lejanas en la geografía y cercanísimas en la avidez de la
justicia.
Candón era nuestro valeroso y alerta unido con la España universal de
ahora. Pero era esa unidad en su mejor significado, en su más hondo
sentido. Porque Policarpo Candón era raigalmente hombre-pueblo y su
carrera de superaciones múltiples señalaban un caso ejemplar. Nacido en
la invalidez y en la miseria, acechado por todas las tentaciones,
víctima de todas las injusticias, fue ascendiendo en sí mismo hasta ver
claro su camino, hasta descubrir una verdad que sólo el pueblo puede
imponer. La gran lucha española lo encontró ya soldado del pueblo. Eso
ha sido hasta su muerte, de modo insuperable. Ese será su recuerdo
trascendente. Así, soldado del pueblo gustaba mucho de llamarse el
mismo. Soldado del pueblo en la más honda y lata significación: hombre
venido de la masa -en Cuba, en España, en China, en la India…- fiel a su
origen y a su destino; hombre lo bastante fuerte para desembarazase de
un peso de siglos y lo bastante libre para llegar a sus hermanos y
quitarles de los hombros el mismo peso. Pueblo vencedor por su dolor
claro, por su impulso insobornable al mal y a la violencia. Pueblo
salvador de su fuerza y dueño de ella.
Yo no puedo imaginar inerte, ni aún en la tierra ensangrentada de su
gloria, a Policarpo Candón. Su recuerdo me llega siempre cargado de
impetuosa y vigilante actividad. Cierto que lo ví en días duros y
grandes del Madrid insuperable, al frente de sus muchachos prodigiosos.
Abrazé [sic] al Comandante Candón, jefe de la Primera Brigada Móvil de
Choque, en un cuartel modelo que llevaba, por razones de justicia y de
amistad fiel, el nombre de Pablo de la Torriente Brau. Todo un día
pasamos juntos, andando y hablando; andando por entre los pabellones
relucientes del cuartel; hablando sobre los rumbos de la guerra española
y el presente cubano. Confortaba y mejoraba oir a Policarpo Candón. Era
la fe que no confía demasiado, el optimismo lastrado de procupaciones
[sic], el impulso audaz, rico de recelos útiles. Parecía, por todo ello,
hecho para mucho tiempo, nacido para dominar y mandar en firme, para
apuntalar de cautelas defensivas lo que ganase su mano de héroe. Por
ninguna parte se le veía el fracaso ni el final anticipado. Y ha muerto
en la plenitud de sus potencias, -a la misma edad que Pablo de la
Torriente Brau, su gran amigo entrañable,- el primero entre sus soldados
de choque. Muerte de sesgo irónico, vencedora de la fuerza y de
astucia, del arrojo y de la ciencia, del cuidado y del descuido. Sólo
una muerte así pudo contra tal hombre.
Llegará el día en que haya de escribirse largo y bien de Policarpo
Candón. Entonces será un capítulo obligado el que diga su camaradería
con Pablo de la Torriente. Tengo en mi poder el cuaderno íntimo de
Pablo, sus notas de cada día, de cada hora, de cada minuto. El nombre de
Candón salta por todas las páginas como el de un hermano admirado y
querido. Se anotan sus frases, sus hazañas, sus gestos. Hay una devoción
entrañada, unísona, por el Jefe amigo. Candón era para Pablo un pedazo
de Cuba dando un ejemplo de valor y calidad guerrera, un aliento cubano
anticipado a su rol isleño. En mis largas conversaciones con Candón sólo
se le ensombrecía el rostro y se le alteraba la voz dura cuando
recordaba a Pablo. De él supe mil cosas sobre la acción de nuestro gran
camarada y los detalles precisos de su muerte en acción dirigida por
Candón sobre las nieves ingratas de Romanillos. La memoria de Pablo era
un culto enérgico y vivaz en el cuartel que llevaba su nombre. Como para
que todos lo supieran, Candón había hecho pintar en la alta tapia que
miraba hacia Alcalá el nombre del amigo en enormes letras rojas. A sus
tres mil muchachos heróicos [sic] (Brigada de choque en la División de
choque del “Campesino”) se les hablaba de Pablo y de sus hechos
diariamente. Pablo era para ellos la representación perfecta, ejemplar,
de la ayuda internacional a España, de la solidaridad popular con el
gran pueblo en armas. Candón era aquella misma ayuda, aquella
solidaridad cálida, por el costado guerrero. En aquella gran casa de la
justicia, sus tres mil habitantes vivían con la mente en una isla lejana
que había dado a su obra una gran pluma y una gran espada. Ser cubano
allí, en medio de aquellos leones adolescentes, era una gloria y un
orgullo.
Ahora la gran espada duerme junto a la pluma poderosa. Para hablar de
la vida y de la muerte del soldado sólo era buena aquella pluma
ennoblecida en igual obra y quebrada por la misma injusticia. Ella está
muerta también, como la mano pura y empuñaba. Callemos la nuestra.
Callémosla en el dolor de su pobreza y de su infidelidad. Y reposémolas
en el orgullo de aquella sangre y de esta, de la de Pablo, de la de
Policarpo, pioneros de una unidad superior, de una injusticia cabal que
ganó en ellos, por aquella pluma, por aquella espada, la más ilustre
hazaña.
Facetas de Actualidad Española, número 12, año 1, abril de 1938, Habana, Cuba.
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