miércoles, 26 de agosto de 2015


ITINERARIOS MEMORIALISTAS POR CARTAGENA (3)
 
Espartaco, Plaza de la Serreta y La Caridad
 



Referente cultural de la izquierda durante la Transición ha sido ESPARTACO, librería fundada por la HOAC, y que fue objetivo de atentados ultras,  sufriendo todo tipo de ataques fascistas (rotura de cristales, pintadas, cócteles molotov, e incluso recibir, desde el cercano Parque de Artillería, el disparo de un cetme, hecho del que durante años quedó como testigo el impacto de la bala en una de las paredes). Espartaco ocupa un lugar muy importante en la memoria de cualquier persona luchadora de la época.

 

 

Hoy, derrumbado el edificio en cuyo bajo se albergó la librería, en su lugar sólo quedan fragmentos de cascotes y  de ladrillos.

Siguiendo calle abajo, hacia el puerto, nos encontramos con la Plaza de La Serreta, que antaño era conocida como Fuente de la Serreta, cambiando su nombre en 1921 por la del General Cabanellas, en honor al militar cartagenero Miguel Cabanellas Ferrer, para finalmente denominarse Plaza de la Serreta.

 
Actual Plaza de la Serreta

Marruecos fue el destino que lanzó el prestigio militar de Cabanellas y donde tuvo a sus órdenes al que, posteriormente, dirigió –desgraciadamente- los destinos de este país, Francisco Franco.

 

Los posicionamientos políticos  de Cabanellas no pudieron ser más  controvertidos. Siendo gobernador de Menorca fue depuesto en 1926, y pasado a la reserva, por oponerse a la dictadura militar de Primo de Rivera. Republicano, masón y liberal, con la llegada de la República fue rehabilitado militarmente, llegando a ser diputado, por el Partido Radical de Lerroux, durante el Bienio negro. Tuvo varios cargos de relevancia durante la República (Presidente de la Comisión de Guerra, Inspección General de Carabineros, Inspector General de la Guardia Civil,..) siendo el último, antes de las elecciones decisivas de febrero de 1936, la de Jefe de la V División Orgánica en Zaragoza.

 
General Cabanellas con el dictador.

A partir de aquí, Cabanellas cambia su actitud, al considerar que la República había evolucionado hacia una anarquía que destruiría el país, tomando una posición favorable a la sublevación militar del 18 de julio, en la suposición de que ésta  no derivaría en una dictadura militar. Pero su posición anterior favorable a la República, su condición masónica,  el conocimiento sobre la personalidad de Franco y su oposición a que éste fuera designado como jefe del estado del bando sublevado, aunque fuese nombrado Presidente de la Junta de Defensa Nacional, como militar más antiguo de los rebeldes, hicieron que  pronto fuera relegado y apartado de todo poder.

 


El odio del dictador hacia Cabanellas  se extendió hasta después de su muerte (1938), hasta el extremo de ordenar a las autoridades locales de Cartagena cambiar el nombre a la plaza, que volvió a ser denominada como Plaza de la Serreta.
Pasada la Plaza, y siempre en dirección al puerto, se encuentra la iglesia de La Caridad, donde se produjo también un hecho notable durante los primeros sucesos de la guerra civil española. El 25 de julio de 1936  una multitud, exaltada por los efectos de los bombardeos fascistas, asaltó  edificios religiosos, prendiendo fuego a las imágenes, afectando a  templos como los de Santa María de Gracia y de Santo Domingo. En lo que respecta a La Caridad, acaeció todo de diferente manera, gracias, sobre todo, a la intervención de algunos notables personajes de izquierdas,  y a la presencia de varias prostitutas del Molinete (el barrio de los prostíbulos) dirigidas por Caridad la Negra. En la memoria colectiva, sin embargo, ha quedado grabada la acción de las prostitutas, olvidándose la decisiva intervención de los miembros del Frente Popular.
Iglesia de la Caridad.
 

De Caridad la Negra (afamada “madame” de Cartagena, que ofrecía los servicios sexuales a lo más granado de la burguesía cartagenera) se dice que, en 1947, puso un ramo de rosas negras a los pies de la patrona como desagravio por las ofensas recibidas, viniendo de allí la costumbre de los portapasos de La Piedad de llevar a cabo este acto cada lunes santo.
La salvación de la iglesia de la quema no responde sólo a la actitud de las prostitutas, que si bien fue un hecho añadido, no constituyó el principal motivo de que el edificio religioso escapase a la profanación. Más bien se debió a la acción decidida de personas como José López Gallego (fundador de Izquierda Republicana en Cartagena y concejal del Ayuntamiento desde agosto de 1936)  y Manolo Martínez Norte (concejal anarquista en el mismo Ayuntamiento y posterior delegado de Orden Público en el Municipio de Cartagena), entre otros activos del Frente Popular, con la implicación posterior de marinos y guardias de asalto.
 Era lógico el empeño en defender la iglesia, no sólo por tratarse de un edificio religioso, sino por su proximidad al Hospital de la Caridad, contiguo a la basílica, que habría resultado afectado por el  posible incendio con que amenazaban. Un nuevo hospital  se había construido en terrenos de la barriada de Los Barreros  (el hoy  conocido como  Hospital de los Pinos) que respondía a las mayores necesidades de población y de camas, pero aún no se había comenzado  a trasladar a los enfermos al nuevo hospital, y el edificio contiguo a la basílica continuó funcionando hasta 1938.
En este punto quisiéramos apuntillar dos cuestiones: el porqué de esa ira popular y la actitud de las Instituciones Republicanas. Para ello hacemos uso de uno de los historiadores que más ha estudiado el posicionamiento de la Iglesia durante la República, Julián Casanova, extrayendo y dando forma a algunos de sus párrafos.
Pese a las revoluciones liberales del siglo XIX, en España el estado confesional había permanecido intacto, siendo el catolicismo la única religión existente que, además, estaba perfectamente identificada con el conservadurismo político y con el orden social. Tras la Restauración borbónica en 1875, la monarquía abre a la Iglesia nuevos caminos de poder social e influencia,  siendo la aristocracia terrateniente y las buenas familias burguesas las que dieron  nuevos impulsos al renacer católico con numerosas donaciones de edificios y rentas a las congregaciones religiosas.
El anticlericalismo, presente ya en el siglo XIX entró con fuerza en el siglo XX, dispuesto a reducir la influencia clerical y a eliminar a la Iglesia como rama de gobierno, como poder público. Pero la jerarquía eclesiástica, convencida de que era la única fuente de verdad absoluta y de que su función básica e irrenunciable era la preservación del orden social, había hecho durante la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera un generoso uso de su monopolio de la enseñanza y de su control de la vida de los ciudadanos, a los que predicaba unas doctrinas conectadas con la cultura más conservadora (obediencia sumisa a la autoridad, redención a través del sufrimiento y confianza en la recompensa en el cielo).
Crucifijos en las escuelas. Hoy todavía quedan.
 

Se echó la culpa a la República de perseguir obsesivamente a la Iglesia y a los católicos cuando, en realidad, el conflicto era de largo alcance y hundía sus raíces en décadas anteriores.
La violencia anticlerical que se desató desde el primer momento donde el golpe fracasó corrió paralela al fervor y entusiasmo que mostraron los clérigos allá donde triunfó. No se trataba de arrebatos de ira insólitos o inexplicables. Fue el golpe de Estado el que enterró las soluciones políticas y dejó paso a los procedimientos armados, sintiéndose la Iglesia encantada de que fueran las armas las que aseguraran el orden material (el representante de los obispos, el integrista Isidro Gomá, calificó a la sublevación como “providencial”; y a Franco, cuando la Junta de Defensa Nacional le hizo entrega de todo el poder, con el título de “caudillo”, la jerarquía eclesiástica lo calificó como un santo, salvador de España y de la cristiandad).
 

Es indudable que el clero y las cosas sagradas fueron el primer objetivo de las iras populares. ¿Cómo se puede explicar esto (nunca justificar)? Creemos que las líneas  anteriores dan una idea, pero el antropólogo británico Gerald Brenan lo definía como la expresión de un pueblo intensamente religioso (es decir, con necesidad de referentes morales) que se sentía engañado y abandonado, que acusaba al clero de haber traicionado al Evangelio y que había hecho dejación de los rasgos originarios de fraternidad y pobreza. Maurici Serrahima, abogado y miembro de Unió Democrática, que brindo refugio a once capuchinos y ayudó a sacar del país al cardenal Vidal i Barraquer (el que ya no se atrevería a volver por su posición crítica al régimen franquista), dijo sobre la furia popular que en el fondo se trataba de un acto de fe, un acto de protesta porque la Iglesia, a ojos del pueblo, no era lo que debía ser, se trataba de  una protesta contra la sumisión de la Iglesia a las clases acomodadas, en lugar de la idea evangélica de estar al lado de los pobres.
El conflicto lo resolvieron las armas a partir de una sublevación militar,  la misma que bendijo la Iglesia desde el primer instante. Escudarse en ésta manifiesta el fracaso de la Iglesia de atraerse a las capas rurales y urbanas más pobres, que la identificaron con el sistema imperante de relaciones de clase y de propiedad.

 

La Iglesia sufrió una tremenda persecución por la ira popular y no por las Instituciones Republicanas, las cuales intentaron ponerle freno y reprimir los desmanes provocados por la sublevación militar (en gran parte conseguido tras los dos primeros meses de contienda), porque la violencia no estaba institucionalizada en el lado republicano. Los hechos acaecidos el 25 de Julio en La Caridad lo demuestran. No fue así en el lado rebelde, donde los bandos, las misivas, las proclamas, iban dirigidas a la limpieza ideológica absoluta. La iglesia supo pagar con creces su persecución y la mitología montada en torno a los mártires de la Iglesia anuló cualquier atisbo de sensibilidad hacia los vencidos y atizó las pasiones vengativas del clero, que no cesaron durante largos años.
Después de la guerra, las iglesias y la geografía española se llenaron de memoria de los vencedores, de placas conmemorativas de los “caídos por dios y por la patria”, mientras se pasaba un tupido velo por la limpieza que en nombre de Dios habían emprendido y seguían llevando a cabo gentes piadosas y de bien. Los otros muertos, los miles y miles de  rojos e infieles asesinados, no existen, porque no se les registraba o se falseaba la causa de su muerte, asunto en que obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima.
Hoy son las  asociaciones memorialistas las  principales encargadas de homenajear la memoria de los que defendieron la República y los ideales de libertad y democracia. Exigimos, por tanto, de las Instituciones Públicas de cualquier ámbito, que sean ellas las que lideren el respeto a  nuestra Memoria y la honra para todos nuestros mártires.
 
Monolito en el cementerio de Los Remedios
en Santa Lucía (Cartagena).

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