ALEJANDRO TORRÚS
Madrid
11/05/2014
Él ya no cree en dios. Dejó de creer en esta posibilidad
durante la Guerra Civil española. Ahí conoció por primera vez la
crueldad que acompaña de manera intrínseca al ser humano. No fue esta la
única vez. José Marfil (Rincón de la Victoria, 1921) conoció con
apenas 20 años una Guerra Civil, el exilio forzoso, los campos de
concentración franceses, la II Guerra Mundial y varios campos de
concentración de la Alemania nazi. Sin embargo, ninguna de estas
experiencias se puede comparar en crueldad a lo que vivió y conoció en
el campo de Mauthausen y de Gusen (Austria).
"Allí ya no eramos hombres. Eramos gente a eliminar", asegura.
Con
este curriculum y con 93 años, José Marfil, viudo desde hace unos años,
afirma esperar tranquilamente la llamada de la muerte. Él está en paz y
aunque ya no crea en dios sí que tiene una conversación pendiente con
él. Afirma que si algún día el apóstol San Pedro le abre las puertas del
cielo, él pedirá una audiencia privada con el dios todopoderoso. "
Lleva 2.000 años prometiendo un mundo bueno y no ha hecho nada.
Quiero decirle que lo haga, que cumpla con sus promesas porque esto que
tenemos ahora ni es mundo ni es nada", señala José Marfil en una
entrevista concedida a Público.
Marfil ha acudido a España, quizá
por última vez, para ver la obra de teatro El triángulo azul, que se
representa hasta el 25 de mayo en el Teatro Valle Inclán de Madrid. La
obra narra cómo los españoles de este campo de concentración fueron
capaces de esconder las fotografías que más tarde sirvieron para mostrar
al mundo el horror de la barbarie nazi. Mención especial en esta obra
tiene su padre, de idéntico nombre, que ha pasado a la historia como el
primer español que falleció en los campos de la muerte nazis y a cuya memoria se dedicó un minuto de silencio en el mismo campo de Mauthausen.
"Mi
padre era inspector de Aduanas y seguía al Gobierno de la República. Sé
que hizo todo lo posible para tener un gobierno republicano en España y
cumplió con su deber hasta el final", asegura Marfil, que señala que en
el campo le contaron que su padre "impuso disciplina" recordando a los
españoles que
"no eran presos comunes" sino "soldados de la República".
Marfil
lamenta que a él, el fascismo, le robó la época más bonita de su vida.
La época en la que más tenía que haber reído y donde debía descubrir,
entre otras cosas, la sexualidad. Recuerda entre risas cómo con 20 años
se le acercó una joven y él no sabía qué tenía que hacer. "Estaba parado
como un palo", ríe. La suya fue, sin duda, la generación peor parada de
todo el siglo XX. José fue movilizado por el Gobierno de la República
entre 1938 y 1939 en la llamada Quinta del Biberón.
"La guerra ya estaba perdida cuando me llamaron", asegura. Después se exilió a Francia y acabó en el campo de internamiento de Argelès-sur-Mer.
Poco
después, con la Alemania nazi amenazando al gobierno republicano de
Francia, Marfil se enroló en las filas del ejército francés en la Novena
Compañía que se formó para ser incorporada al 22 Regimiento de
Ingenieros. Fue en este regimiento donde se reencontró con su padre, que
había caído en otro campo francés. Juntos volverían a luchar contra el
fascismo. Esta vez en Bélgica, pero para su desgracia, padre e hijo
volvieron a perder. Capturados por el ejército nazi, Marfil recorrió
varios campos de concentración de prisioneros de guerra para
después ser enviado a Mauthausen con el resto de españoles.
"En Mauthausen todo era diferente. Allí se iba a morir"
Su
padre, por contra, fue enviado a este campo nada más ser capturado ya
que no tenía fuerzas ni para andar. Cuando José Marfil, hijo, llegó al
campo su padre ya había fallecido. "Cuando nuestro regimiento cayó me
mandaron a un campo de prisioneros de guerra. Allí no sufrí tanto.
Trabajé como carpintero y salía del campo para trabajar. La comida no
era abundante pero estaba bien. En Mauthausen todo era diferente. Allí
se iba a morir. Nos dijeron que íbamos a morir todos.
Cuando yo llegué, mi padre ya estaba muerto", recuerda.
En
su honor, los españoles del campo guardaron un minuto de silencio. José
Marfil hijo llegaría meses más tarde a Mauthausen y escucharía "con
orgullo" las historias que el resto de presos le contaban de su padre.
Eran las navidades de 1940 y le tocó pasar la cuarentena en el bloque
17, donde los colchones y las mantas estaban llenas de piojos. Ahí José
se contagió de sarna y en un control de las SS fue clasificado como
sarnoso y el oficial de turno de la SS pidió que lo eliminaran.
El alemán que le salvó la vida
Por
suerte para José, el jefe del bloque 17 se apiadó de él e intervino
para señalar que el preso en cuestión "aún era muy joven" y podía
"trabajar bien". Finalmente, el secretario no apuntó su nombre en la
lista de presos que debían ser enviados a las duchas. Aquel alemán del
que nunca más ha vuelto a saber nada le salvó la vida. "Yo no hablaba
nada alemán pero lo miraba y seguramente él pudo comprender que
yo le estaba diciendo 'gracias, gracias, gracias'",
recuerda este hombre, que recuerda que aquel jefe de bloque le servía
una doble ración de comida dos veces por semana. "Eran cucharadas extra
del fondo de la cazuela. El resto de la comida era como agua, pero
aquellas cucharadas del final estaban más densas.
Era como gasolina en mi cuerpo", recuerda hoy.
"Eramos apátridas. No teníamos patria, nadie nos quería"
Ese
mismo jefe de bloque fue el que terminaría destinando a José al comando
especializado de carpintería, su verdadera profesión fuera de los
campos de concentración. Primero fue asistente, después le nombraron
titular. Así, día tras día, semana tras semana, la Alemania nazi perdió
la guerra y los campos de concentración fueron quedando vacíos. Allí,
sin embargo, quedaban los españoles. Los que nadie reclamaban. Los que
no tenían un país al que volver. "Eramos apátridas. No teníamos patria,
nadie nos quería.
Franco no quiso recuperarnos y nosotros eramos gente a liquidar.
Finalmente, han reconocido que fuimos soldados que lucharon en el
ejército francés y me han hecho la carta de combatiente", señala José.
Alerta fascista
Desde
que terminó la II Guerra Mundial, José ha vivido en Perpignan como
carpintero. A pesar de toda una vida en Francia, este hombre no se
siente francés
"pero tampoco español". "No me siento de
ninguna parte", asegura José, que cierra su discurso advirtiendo del
avance de la ideología fascista en Francia, en particular, y en Europa,
en general.
"Hay que tener cuidado porque hay criminales que están formando grandes partidos"
"Siento
que el devenir es peligroso para la juventud. Hay que tener cuidado
porque hay criminales que están formando grandes partidos. Tenemos que
ser conscientes de lo que son capaces de hacer. Se comienza eliminando
al molesto y se termina con seis millones de muertos. Es una evolución.
Está gente de la que hablo puede estar ahora en el Gobierno. Lo temo.
Nadie dice nada. Nadie recuerda nada, pero yo estuve allí y sé lo que
fue aquello", advierte Marfil, que cierra su discurso asegurando que los
criminales "siempre se esconden" como en la II Guerra Mundial: "El papa
también se escondió cuando Alemania perdió la guerra. Parecía que nadie
sabía nada de lo que ocurría en los campos de concentración".